Nosotros, que somos modernos, guardamos una relación ambigua con la idea de “origen”. Tenemos la disparatada tendencia a percibir el presente como si éste fuera una pisada, la huella que nos remite a un momento perdido; como si el momento presente, siempre, fuera la expresión degradada de un origen precioso, único, perfecto, irrecuperable.
Toda la tradición occidental ha pensado ese origen, del que nuestro presente es deudor, con cierta melancolía y cualquier doctrina ontológica o epistemológica ha estado desde entonces orientada a la ambiciosa restauración de ese orden perdido.
Quién no ha soñado con regresar a la infancia, a ese olor recurrente en la memoria o aquella luz que lo significaba todo.
Pero nosotros, los modernos, ese es nuestro infortunio, sabemos que no hay regreso –ni origen−; sabemos que estamos condenados a la errancia del pueblo judío, la promesa cristiana de un reino de los cielos o la posibilidad ilustrada de un mundo mejor. Ser moderno es eso: carecer de un hogar/origen al que regresar y vivir bajo una promesa orientada hacia el mañana.
Sólo Asklepios, el último de los griegos, pudo evitar esta tragedia; a nosotros no nos quedó otra cosa que inventar una palabra: nostalgia.
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“Nóstos” (νόστος) es un término con origen en la raíz indoeuropea nes. El indoeuropeo es una hipótesis filológica, de modo que el sentido de sus raíces viene del sentido dado en las lenguas posteriores que derivan de ella. Tiene la acepción de regreso al origen/hogar o hace referencia a la idea de restablecer un orden perdido. De esta raíz también derivan nósphi (νόσφι), adverbio utilizado para ubicar algo que esta apartado, alejado o separado, y nēsos/nisos (νήσος), concepto vinculado a la idea de “isla”.
Los griegos de la época arcaica acuñaron el concepto de “nóstos” para designar el final del viaje y el regreso de los héroes que, en el siglo XVII, se echaron a la mar y protagonizaron las guerras de las que se hace eco el compendio de poemas que dieron lugar a lo que hoy es conocido como el ciclo Troyano. Aquellos poemas venían a ser una amalgama o un cajón de sastre de elementos históricos −de historia antes de la Historia−, teogonías o testimonios etnológicos con los que se pretendió salvaguardar para la historia el legado cultural de las sociedades palaciegas del final de la Edad del Bronce. De todos ellos sólo nos quedan (completos) dos: La Iliada, que narra los últimos meses de un asedio que, según estos documentos, duró diez años, y La Odisea, que, pese a ser el nóstos por excelencia, contiene ya elementos que no forman parte del campo semántico del término arcaico y expresa cierta modernidad.
Aquella fue una antología de textos escritos, a partir de epopeyas orales, que narraba el eclipse de una época y el final de un mundo. Y, para cualquier griego que se precie, todo final sólo tiene un destino, que no es otro que el origen, el lugar o el estado del que se parte y, a partir del cual, se re-inicia la Historia, una y otra vez.
Los griegos no vivimos de promesas; los griegos se enfrentan y entregan a su destino.
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La compilación, la forma en que se disponen los versos, las versiones de los mismos o la unificación que se hace de ellos, no fue inocente. Homero, o el grupo de personas que los transcribieron bajo el nombre de Homero, separaron un nóstos del resto de nóstoi.
Cronológicamente anterior a la narración de La Odisea (su escritura es posterior) −y perdido− existió otro poema épico llamado Nóstoi (“Regresos”) que, al parecer, narraba el regreso a casa de los héroes de la guerra de Troya. La razón por la que esto fue así nos es desconocida. No tenía por qué haber sido así y el regreso de Odiseo podía haber sido narrado junto con el del resto de héroes que participaron en la campaña; sobre todo si tenemos en cuenta que Odiseo no era un personaje especialmente admirado en el siglo VIII. De hecho, en época de Homero o del grupo de personas que escribían bajo el nombre de Homero, existían dos formas para referirse al héroe griego: Odysseus (Oδυσσεύς) u Olysseus (Oλυσσεύς). La versión latina, Ulysses, deriva de la segunda variante, pero, al parecer, Homero, o el grupo de personas que escribieron bajo el nombre de Homero, se decantaron por la primera porque mantenía cierta semejanza etimológica con la raíz del verbo odýssomai (“odioso”).
Así que tenemos a un tipo odioso, que a veces se comporta de manera extraña, casi ominosa, para un griego, y sin ascendencia divina alguna que pudiera justificar sus extravagancias, pero que pasa a formar parte de la Historia porque alguien decide dar especial importancia a su regreso en detrimento del regreso de los otros héroes.
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En 1688 Johannes Hofer publicó una tesis doctoral bajo el nombre Dissertatio Medica de Nostalgia, Oder Heimwehe. Su intención era analizar un fenómeno novedoso que, en alemán, era denominado heimwehe (“dolor por el hogar”). Para ello creó un neologismo compuesto con las raíces griegas nóstos y álgos (ἄλγος), nostalgia, entendido como el sentimiento o el dolor por la “imposibilidad” de regresar al hogar o de volver a un origen en el que el mundo o el sentido de las cosas guardaba un orden seguro e inquebrantable, ahora perdido.
Fue un neologismo aceptado de inmediato, de gran éxito, que se extendió por toda Europa, por la sencilla razón de que toda Europa parecía estar aquejada por este sentimiento. Porque la nostalgia, entendedlo, es una experiencia esencialmente moderna. A principios del siglo XVIII todos los médicos de Europa diagnosticaban esta afección para describir el síndrome clínico que padecían los soldados en batalla después de meses alejados de sus pueblos o ciudades. Pero fueron los románticos, ¡cómo no!, un siglo más tarde quienes expurgaron el concepto de su carácter clínico para describir una afección espiritual, emocional, afectiva.
No había cabida para una experiencia de este tipo en la episteme griega.
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Para los griegos el tiempo tenía un carácter cíclico; no era lineal. La experiencia lineal del tiempo de nuestra cultura es una aportación judeocristiana. Ambas experiencias contienen la idea de un principio y un final, con la diferencia de que, para un griego, el final de un clico no podía ser otro que el retorno al punto de partida. Todo aquello que se entrega al devenir tiende a volver a su estado originario; todo movimiento es una aceleración hacia un estado de cosas anterior al movimiento mismo: todo movimiento (caos) tiende a la restauración de un orden y, por ello mismo, ese estado originario de las cosas permanece oculto en las cosas en su devenir.
Esta cosmovisión del mundo nos ha traído siglos de disputas y quebraderos de cabeza ontológicos y epistémicos, pero, todo hay que decirlo, evitó a los griegos la epidemia de neurosis que la edad moderna padece desde hace siglos. Porque, para un judío o para cristiano, la experiencia del tiempo se extiende hacia el futuro, en un constante fluir, y concluye con la muerte, la tierra prometida, el hogar del espíritu o el mañana mejor. Vivimos la trágica experiencia de mirar constantemente a un pasado al que no podemos regresar; la nostalgia es una condición de la modernidad. Y ha sido esta mirada moderna, esta experiencia del tiempo, la que nos ha llevado a adaptar –más que traducir− el término nóstos con un sentido de “regreso al hogar”. Aunque, para un griego, “final” y “regreso” eran términos que podían funcionar como sinónimos y nóstos viene a significar esa convergencia; porque el fin de cualquier movimiento no era otro que la vuelta al origen o el regreso al hogar. Su traducción más honesta sería: “final del viaje”.
Odiseo nunca quiso abandonar su hogar, de hecho fingió una folía para no tener que participar en la guerra de Troya, pues el adivino Haliterses le había vaticinado que, si partía a la guerra, no habría posibilidad de retorno hasta transcurridos veinte años. Odiseo resultaba “odioso” a ojos de los aqueos porque aquello que destacaba de él no era su fuerza, sino su astucia (polýtropos, epíteto que els trinxes de mi barrio más fanáticos de Homero traducen como “que tiene calle” –cualquier otra traducción heterodoxa les inflama−). Odiseo resultaba ominoso a ojos de los aqueos porque, entre otras conductas extrañas para un griego, llora desconsolado en la isla de Calipso, parece ser, por no poder regresar a su hogar, pese a saber que su viaje todavía no había acabado y aún restaban dos años para su regreso. Más que nostalgia, en mi opinión, lo que siente Odiseo es la exigencia del nóstos, que le impele a proseguir su viaje, por esa tendencia que tiene todo cuerpo en movimiento a volver a su origen.
Que Odiseo resultara odioso u ominoso a ojos de algunos griegos tiene que ver con esa incipiente modernidad que se le atribuye a La Odisea y es probable que exista una relación directa entre este fenómeno y el hecho de que el nóstos de La Odisea fuera compilado de forma separada del resto de nostoi. La sociedad que transcribió estos poemas ya no era la sociedad aquea; eran helenos. Homero, o las personas que escribieron bajo el nombre de Homero, constituyen una tradición que quiere dejar testimonio de esta transformación que culminará en el idealismo parmenidiano dos o tres siglos más tarde. Aun así, Odiseo no deja de ser un sujeto arcaico, un griego que, al final de su viaje, regresa al origen, al punto de partida, su hogar, para restituir el orden perdido con el viaje matando a los pretendientes de Penélope. Esta matanza es el elemento que cierra el ciclo y devuelve a los personajes a su orden originario.
El género trágico surge en el siglo VI, dos siglos después de que comenzaran a transcribirse aquellos relatos orales. Quizá Odiseo fue el primer héroe que trató de enfrentarse al destino, como más tarde harían los protagonistas de aquellas tragedias. Quizá por eso, a ojos de Homero o del grupo de personas que escribieron bajo el nombre de Homero, Odiseo producía admiración y rechazo a un mismo tiempo y, pocos siglos más tarde, sólo producía fascinación. Quizá por eso la figura de Odiseo es hipnótica, porque es como contemplar una fotografía de nuestra infancia: sabemos y no sabemos que somos nosotros; nos identificamos, pero nos cuesta reconocernos en ella.
Nosotros no podemos dejar de mirar a Odiseo bajo el prisma de la modernidad que nos alumbra. Por eso nunca sabremos si esa modernidad que, en ocasiones, observamos en él es real o impostada. Lo que no tiene sentido es presentar a Odiseo como un judío plañidero que deambula errante por el Mediterráneo culpabilizándose por estar vivo o por lo vivido.

