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lunes, 13 de febrero de 2012

Ἀντιγόνη


Antígona, hija y hermana de reyes, mira espantada el final del camino por el que guió los pasos, hasta su muerte, del rey que, ciego, marchó al exilio. La menor de cuatro hermanos que la antecedían en la línea sucesoria; nieta de Yocasta, su madre, desposada premonitoria y trágicamente con Edipo, su padre, Antígona es la gran heroína de la cultura occidental y su figura ejemplifica de forma embrionaria el lento nacimiento del sujeto moderno.


¿Y por qué Antígona?


Porque Antígona es el espejo donde deberían mirarse los hombres de hoy en día; porque la nuestra es una cultura erigida sobre el gesto trágico de su heroísmo; porque la suya es esta mirada que ha de guiar nuestra cultura y porque su valor para sobreponerse a lo dado ha de servir de ejemplo a todas las generaciones que, tras su llanto, han de enfrentar la vida con los ojos abiertos de par en par.


La pobreza de nuestra experiencia, diagnostica por Benjamin, y la decadencia de nuestra cultura obligan, de alguna manera, a reeditar los pasos que nos llevan a la prolífica variación temática de la escena trágica en el mundo clásico, pese a aquella estructura formal tan delimitada, para advertir que la nuestra es una cultura que tras sus aspiraciones de universalidad pretende reducir, como si de una aspiración metafísica se tratase, tal y como opera nuestra ciencia, la vida a un mínimo común denominador. Nietzsche tuvo el valor de escribir una tesis sobre este asunto, y, por cierto, casi le cuesta su carrera.


Yo no soy especialista en el mundo clásico, de hecho, en su momento, cuando tuve que estudiar a aquellos primeros filósofos de la naturaleza, nunca los tomé en serio. Más tarde, descubrí, leyendo a Nietzsche u otros pensadores del siglo xx, la gran pérdida que supone nuestro desconocimiento de los presocráticos. Y fue más tarde, también, cuando descubrí el amplio sentido de la vida que tuvieron aquellos individuos: inmersos en un mundo en transición, que ya no era su mundo, pero que tampoco, entonces, podía ser el nuestro. Me fascina esa capacidad para llevar a representación la amplitud de conflictos a los que está abocada la condición humana, y la humanidad de su mirada. Y, de todos ellos, siempre, me fascina el de Antígona; porque mi heroína escenifica como nadie el nacimiento de esta nueva episteme, tan cercana a nuestra experiencia, que al mismo tiempo no puede otra cosa que ser representada mediante estrategias o lugares comunes a una vieja forma de representar el mundo y al individuo frente al mundo; porque Antígona, a quienes ahora la leemos, nos habla de una tragedia que pasó de largo para los románticos, puesto que no supieron ver en ella más que una tensión esencialmente moderna (el del individuo enfrentado a la Ley), cuando éste es un conflicto posterior al de una subjetividad que está en camino, en proceso, de ser eso.


Y Antígona es este conflicto.


Siempre siguiendo, cómo no, el texto de Sófocles (a su lado, las obras dramáticas de Víctor Hugo pueden parecer infantiles representaciones para todos los públicos), Antígona, nuestra heroína, se halla inmersa en la querella que enfrenta a sus dos hermanos, Eteocles y Polinices, ambos herederos alternos al trono de Tebas. Porque Eteocles no cumple con esta alternancia, rompe el pacto, y Polinices, que reclama el trono, acude a Argos, una ciudad rival a Tebas, y forma un ejército para vencer al hermano y destronarlo. Tal y como estaba predicho, ambos mueren enfrentados en la batalla, por lo que su tío, Creonte, asume el trono y decreta que Polinices, acusado de traición por encabezar a una ejército enemigo contra la ciudad, sea privado del derecho (y la exigencia divina) a ser enterrado con honores fúnebres, arrojando su cuerpo fuera de las murallas de la ciudad, expuesto a la intemperie.


antígona. Y, ¿cómo no, pues? ¿No ha juzgado Creonte digno de honores sepulcrales a uno de nuestros hermanos, y al otro tiene en cambio deshonrado? Es lo que dicen: a Etéocles le ha parecido justo tributarle las justas, acostumbradas honras, y le ha hecho enterrar de forma que en honor le reciban los muertos, bajo tierra. El pobre cadáver de Polinices, en cambio, dicen que un edicto dio a los ciudadanos prohibiendo que alguien le dé sepultura, que alguien le llore, incluso. Dejarle allí, sin duelo, insepulto, dulce tesoro a merced de las aves que busquen donde cebarse. Y esto es, dicen, lo que el buen Creonte tiene decretado, también para ti y para mí, sí, también para mí; y que viene hacia aquí, para anunciarlo con toda claridad a los que no lo saben, todavía, que no es asunto de poca monta ni puede así considerarse, sino que el que transgreda alguna de estas órdenes será reo de muerte, públicamente lapidado en la ciudad. Estos son los términos de la cuestión: ya no te queda sino mostrar si haces honor a tu linaje o si eres indigna de tus ilustres antepasados.


Ésta es la tensión a la que se enfrenta Antígona, según interpretaban los románticos: Antígona, como si ya representara una subjetividad moderna, no puede faltar al amor que procesa a su hermano y a su familia, pese a que la Ley la obliga a ello. Éste es el agón (γών) del sujeto moderno, uno de los primeros en formalizarlo fue Pascal con aquel aforismo (“El corazón tiene razones que la razón ignora”), pero no olvidemos que éste fue el argumento que usó también Lutero cuando se negó, frente a la máxima autoridad eclesiástica y civil, a retractarse de sus doctrinas (argumentó que era en razón a su conciencia por lo que no podía renunciar a sus palabras y los actos que las habían acompañado).


Pero, de forma previa a este conflicto, nos hallamos en un cruce de caminos sin retorno; porque para enfrentarse a ello, Antígona ha de saber y haber mirado en su interior para advertir que no es ninguna ley “externa” la que la impele a desobedecer la ley. Y para expresar con palabras esta otra tensión anterior, para decir lo que, a falta de palabras, en ese momento, no podía ser dicho, ha de recurrir al lenguaje con el que, antes del sujeto moderno, el sujeto clásico expresaba una subjetividad que no era tal, pero que, con la voz de Antígona, ya apunta a una subjetividad emergente.


creonte. Y, así y todo, ¿te atreviste a pasar por encima de la ley?

antígona. No era Zeus quien me la había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos, perfiló nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo fue que aparecieron. No iba yo a atraerme el castigo de los dioses por temor a lo que pudiera pensar alguien: ya veía, ya, mi muerte –y ¿cómo no?—, aunque tú no hubieses decretado nada; y, si muero antes de tiempo, yo digo que es ganancia: quien, como yo, entre tantos males vive, ¿no sale acaso ganando con su muerte? Y así, no es, no desgracia, para mí, tener este destino; y en cambio, si el cadáver de un hijo de mi madre estuviera insepulto y yo lo aguantara, entonces, eso sí me sería doloroso; lo otro, en cambio, no me es doloroso: puede que a ti te parezca que obré como una loca, pero, poco mas o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura.


El sujeto clásico solía atribuir lo que nosotros consideramos afecciones del espíritu a demonios o espíritus externos, que habían, de algún modo, intervenido en su psique o entrado, sin consentimiento, en su cuerpo; gran parte de lo que nosotros consideramos pasiones humanas, de forma inmanente, eran, casi, privativas de las historias que narraban los mitos acerca de la vida de los dioses (en la mayoría de casos con una función moral). Y por esta razón, interpreto, Antígona, justifica su desobediencia en orden a la ley divina que, como tal, habría de imponerse al designio humano, al decreto de Creonte. Observamos una subjetividad emergente que carece de aparato lingüístico, del orden de un juego de lenguaje que designe aquello por lo que realmente, parece, justifica su negativa a obedecer la ley. Son los dioses quienes ordenan dar digna sepultura a los familiares, quizá porque sólo los dioses parecen sin grandes consecuencias ciertas pasiones según la cuales pueden obrar a su libre albedrío y son principio y guardianes del orden que todo lo rige. En otras palabras: existe una extrapolación. Antígona siente como sienten los dioses y es en razón a esa ley divina por la que ella proclama su derecho a desobedecer lo que, de ninguna manera, puede obedecer.


antígona. ¿Qué esperas, pues? A mí, tus palabras ni me placen ni podrían nunca llegar a complacerme; y las mías también a ti te son desagradables. De todos modos, ¿cómo podía alcanzar más gloriosa gloria que enterrando a mi hermano? Todos éstos, te dirían que mi acción les agrada, si el miedo no les tuviera cerrada la boca; pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que le venga en gana.

[…]

antígona. ¡Ay tumba! ¡Ay, lecho nupcial! ¡Ay, subterránea morada que siempre más ha de guardarme! Hacia ti van mis pasos para encontrar a los míos. De ellos, cuantioso número ha acogido ya Perséfona, todos de miserable muerte muertos: de ellas, la mía es la ultima y la más miserable; también yo voy allí abajo, antes de que se cumpla la vida que el destino me había concedido; con todo, me alimento en la esperanza, al ir, de que me quiera mi padre cuando llegue; sea bien recibida por ti, madre, y tú me aceptes, hermano querido. Pues vuestros cadáveres, yo con mi mano los lave, yo los arreglé y sobre vuestras tumbas hice libaciones. En cuanto a ti, Polinices, por observar el respeto debido a tu cuerpo, he aquí lo que obtuve... Las personas prudentes no censuraron mis cuidados, no, porque, ni se hubiese tenido hijos ni si mi marido hubiera estado consumiéndose de muerte, nunca contra la voluntad del pueblo hubiera sumido este doloroso papel. ¿Que en virtud de qué ley digo esto? Marido, muerto el uno, otro habría podido tener, y hasta un hijo del otro nacido, de haber perdido el mío. Pero, muertos mi padre, ya, y mi madre, en el Hades los dos, no hay hermano que pueda haber nacido. Por esta ley, hermano, te honré a ti mas que a nadie, pero a Creonte esto le parece mala acción y terrible atrevimiento. Y ahora me ha cogido, así, entre sus manos, y me lleva, sin boda, sin himeneo, sin parte haber tenido en esponsales, sin hijos que criar; no, que así, sin amigos que me ayuden, desgraciada, viva voy a las tumbas de los muertos: ¿por haber transgredido una ley divina?, ¿ y cuál? ¿De qué puede servirme, pobre, mirar a los dioses? ¿A cuál puedo llamar que me auxilie? El caso es que mi piedad me ha ganado el título de impía, y si el título es valido para los dioses, entonces yo, que de ello soy tildada, reconoceré mi error; pero si son los demás que van errados, que los males que sufro no sean mayores que los que me imponen, contra toda justicia.


Antígona no sólo es un ideal femenino o la representación de un conflicto moderno, Antígona muestra la transición, el no-lugar, hacia ese conflicto, puesto que concentra todas las contradicciones, disyuntivas y fortalezas de la condición humana. Antígona, desempeñando un acto de desobediencia, construye todo lo que hay de digno y bello en el sujeto contemporáneo. Y frente al gesto de Antígona, que es nuestro gesto, puesto que acapara todo lo humano, están los que no pueden más que avergonzarse de sí mismos o miran hacia otro lado (como su padre, Edipo), o quienes aguantan, con la sonrisa cómplice de quien comprende, su mirada, acompañando su acto, puesto que no olvidan, no pueden, no saben dejar de ser leales a sí mismos, y miran a la vida de frente.


"Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza en las nubes, ésa es la alternativa." Así proclama Adorno (en El ensayo como forma) la tensión del sujeto contemporáneo, sin advertir que no hay disyuntiva para el caso, puesto que es Antígona quien nos muestra que se puede vivir a un mismo tiempo con los pies en el suelo y la cabeza en las nubes.


Toda la suerte para quienes estos días saben vivir con los pies en el suelo y la cabeza en las nubes, pues su desobediencia ante el decreto inaceptable de Creonte allana el sendero, la única alternativa que resta en este conflicto recurrente ante el cual, una vez más, es el destino lo que está en juego.


viernes, 8 de octubre de 2010

El cielo abierto a nuestros pies


“La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos. Hemos de llegar a un concepto de la historia que le corresponda. Tendremos entonces en mientes como cometido nuestro provocar el verdadero estado de excepción; con lo cual mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. No en último término consiste la fortuna de éste en que sus enemigos salen a su encuentro, en nombre del progreso, como al de una norma histórica. No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de éste: que la representación de historia de la que procede no se mantiene.” Walter Benjamin, Tesis de Filosofía de la Historia, § 8.



El final de la segunda Gran Guerra, pese a como haya sido narrado en muchas ocasiones y a expensas de la autocomplacencia con que fue representado por el cine o la literatura norteamericana y británica (un paseo triunfal de las tropas aliadas y soviéticas por las principales avenidas y arterias de Berlín, agasajadas como libertadores por un pueblo repentinamente arrepentido de sus errores), no puede, de ninguna manera, ser presentado por los libros de Historia como un triunfo del Derecho, la Justicia o la Libertad –sobran mayúsculas, sea como sea-. Seamos francos y digamos que, en todo caso, con ello se dio paso a una nueva constelación de relaciones geopolíticas que promovieron, y continúan haciéndolo, el final de las soberanías nacionales para beneficio de determinadas instituciones supraestatales mediante las cuales el concepto ilustrado de Razón de Estado ha ido cobrando una amplitud significativa que oscurece, como la sombra siniestra de una guillotina proyectada sobre el suelo por el que más tarde rodarán nuestras cabezas, cualquier posibilidad de futuro.


La secuencia de hechos se somete a la lógica que siempre ha envuelto la conspicua, pero no menos oscura, relación entre vencedores y vencidos, cuyos roles se ven alternados en esta danza macabra que es la Historia.


(Y es que, a estas alturas, no podemos prometer si llegará el día en que lograremos escribir una hISTORIA –pequeñita- en la que los vencidos sea capaces de tomar la palabra sin ocupar el asiento de los vencedores para colmar sus ansias de revancha.)


Tras la gran ofensiva llevada cabo por las tropas aliadas contra el Tercer Reich, a finales de abril de 1945, la capital del que fue concebido como nuevo Imperio, Berlín, queda sitiada. El 29 o el 30 de ese mismo mes, tras contraer matrimonio con la que fuera su amante, Eva Brown, el que fuera autoproclamado Führer, según cuenta esa Historia, hizo que lo que tenía que hacer: ambos, al parecer, se suicidan (sus cuerpos no fueron encontrados entre las ruinas).


Berlín fue “ocupada” (el general alemán Helmuth Weidling entregó la ciudad al dar la guerra definitivamente por perdida), en un principio, por las tropas soviéticas el dos de mayo y Alemania se rindió pocos días después a los Aliados. Un mes más tarde, las potencias aliadas y los vencidos firmaron el documento que certificaría y daría carta de naturaleza al nuevo orden internacional que, a día de hoy, continúa vigente; por lo que atañía a Alemania, ésta quedó dividida en cuatro zonas. Apenas cuatro años más tarde, la zona soviética se constituyó en la hoy extinta Alemania Oriental (RDA) y las otras tres zonas dominadas por los Aliados se convertían en la Alemania Occidental (RFA). Berlín, también dividida, sufrió como pocas ciudades este reparto de poderes y fue una ciudad resquebrajada y ocupada militarmente hasta hace apenas dos décadas, cuando, por fin, fue restituida la soberanía del pueblo alemán (dentro de los márgenes limitados de soberanía que hoy disfrutan las potencias occidentales).


Durante años apenas quedó testimonio de lo que allí ocurrió; la versión oficial fue aquella que “culpabilizaba” a toda la ciudadanía alemana de complicidad, silencio y colaboración con los crímenes cometidos. El fenómeno o los fenómenos por los cuales un pueblo de fuerte tradición ilustrada como el alemán fue capaz de esta connivencia con el aparato de poder y guerra nazi fue trabajado con anterioridad por Hannah Arendt. No es asunto que nos ocupe ahora; forma parte de la condición humana y sobra, para el caso, cualquier intento maniqueo de exculpación o condena. Pero recientemente ha sido publicado en castellano por Galaxia Gutenberg un estudio llevado a cabo por el británico Giles MacDonogh (Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra alemana) en el que se detalla esa otra historia que hasta ahora había quedado relegada al ostracismo: la historia en la que los vencedores se convierten en vencidos.


Los ciudadanos alemanes que inocentemente pensaron que con la ocupación de Berlín la vida ordinaria volvería a su cauce, que la guerra, por fin, había terminado para todos y que, de una vez por todas, podrían volver a sus hogares y comenzar a fraguar en la intimidad ese sentimiento de culpabilidad con que crecieron las siguientes generaciones, como era de esperar, se equivocaban: miles de alemanes fueron enviados a los mismos campos de concentración que unas semanas antes habían gestionado con diligencia germana y que habían sido previamente ocupados por todos aquellos que el Reich consideraba sus enemigos; cientos de mujeres fueron violadas (sistemáticamente) y asesinadas en los meses que siguieron a la ocupación; sus casas saqueadas o expropiadas; millones fueron expulsados y desplazados a otras regiones… todo un país fue humillado, torturado y sometido a un racionamiento estricto de alimentos similar al sufrido por los enemigos del Reich. Las cifras, como siempre, son escalofriantes: 16 millones de desplazados, 8 millones perdieron sus casas en los bombardeos, alrededor de 2 millones de niños habían quedado huérfanos y se contabilizan 200.000 nacimientos durante el primer año de ocupación a raíz de la violación masiva de la población.


En todo ello intervinieron tanto las tropas soviéticas como las aliadas. Aunque, al parecer, detalla MacDonogh, con algunas diferencias de forma que ya comenzaban a marcar las nuevas fronteras: mientras que en la Alemania Occidental, que había quedado en manos de las tropas americanas y británicas, el número de violaciones y torturas fue menor (al menos las denuncias a corto plazo; más tarde se supo la verdad), en la Alemania Oriental, ocupada por lo soviéticos, la brutalidad con que se nos presentan los hechos produce nauseas. Y todo ello no se debe, para quien ya estén frotándose las manos, a ninguna noción más amplia de Justicia por parte de los Aliados o a su carácter democrático; sencillamente, las razones cobran tremenda actualidad y no nos resultan tan lejanas: la extremada disciplina británica, el sometimiento de los soldados a sus oficiales, y el temor al caos o posibles revueltas, frenaron las violaciones y asesinatos (al menos los asesinatos posteriores; violaciones las hubo), la venganza y la revancha (porque ésta es una Historia, como todas las historias, de revancha y venganza), y por lo que atañe a los americanos…ya sabemos cómo se las gastan: no tuvieron que usar la fuerza, simplemente “compraban” los favores sexuales o la colaboración del pueblo a cambio de comida, tabaco, alcohol…


Alemania, esta potencia económica de hoy, ayer se moría de hambre y frío mientras su población, famélica y sumisa, sin apenas ya poder ofrecer ninguna resistencia, con la cabeza agachada y avergonzada, aceptaba ser la piel sobre la que quedaría grabado el nuevo mapa del “orden” internacional. Una industria que había probado su eficiencia como maquinaria bélica en las dos grandes guerras que hasta el momento ya había presenciado el joven siglo; las ayudas económicas aceptadas, y que a la postre los postraría, aún más si cabe, frente al bando vencedor a cambio de ceder su territorio como frontera de los dos mundos que se estaban creando y la inmigración recibida de parte de aquellas naciones que no recibieron ninguna ayuda (España entre ellas) y que cubrió la mano de obra que requería su industria para ser el país que hoy es, dio lugar a lo que más tarde ha sido llamado el “milagro alemán” y que ha convertido a esta nación, junto con algunas otras (ligadas también al bando aliado), en el motor de arrastre económico de nuestra alianza europea, de nuestro selecto y exclusivo club de niños buenos y sumisos. Y es precisamente esta misma nación, en la que fue escenificado el nuevo orden internacional y consolidado el Capitalismo como nueva forma de totalitarismo encubierto, curiosamente (o de forma muy simbólica) la que hace alarde de su gestión, sin consideración ninguna y la mendacidad que le precede (olvidando el hambre y el frío de ayer), mientras se pliega a las instancias e intereses supraestatales que continúan empecinadas en representar a nuestra especie a expensas de nuestra especie: pues llegará el día en que nuestras monedas, oxidadas, apenas tengan manos de las que cambiar y el valor de sentido de su troquelado desaparezca para desintegrarse como simple metal.


La victoria aliada sobre el totalitarismo fascista fue también una victoria, aunque velada y extendida al tiempo, contra cualquier otra forma de totalitarismo o sistema que pudiera ofrecer resistencia y oponerse al Imperio del Capital: un orden in-forme, supraestatal y despersonalizado, un sistema deshumanizado cuya eficiencia en el control de las masas, índices de producción, “crecimiento” (por llamarlo de alguna forma) económico y gestión de los recursos humanos (ahora nos llaman así) está mostrando en los últimos tiempos su auténtica cara.


(… y el sistema es antepuesto a sus beneficiarios.)


Hay quienes a día de hoy se preguntan cómo es posible que, tras los últimos acontecimientos, la clase media europea, que ha sido la más castigada, puesto que su futuro ha quedado hipotecado por generaciones para pagar una deuda que no es suya, apenas se ha pronunciado y no haya ejercido su legítimo derecho de resistencia (y, cuando así ha sido, dentro del escaso espacio de actuación que le resta a nuestra ciudadanía, la represión ha sido violenta y legitimada políticamente).


Quienes, a estas alturas, no participamos de una representación idealista de la Historia, quienes hacemos oídos sordos a los cantos de sirena con que ha sido anunciada cualquier forma de dialéctica histórica, quienes no podemos hacer ya otra cosa que desestimar los viejos mitos de la Ilustración, sabemos que no podemos esperar una respuesta consecuente –y menos aún contundente- de la ciudadanía, puesto que el caso alemán ejemplifica como pocos que la Historia de nuestra especie no es condición necesaria y suficiente para alcanzar el grado de autoconciencia al que hizo referencia Hegel en su Fenomenología del Espíritu y cuya lógica sirvió de modelo e inspiró las dialécticas materialistas.


La ansiedad que padece nuestra ciudadanía, y por la cual se pliega a las instancias despersonalizadas e intangibles de los poderes fácticos, es debida a la imposibilidad que tiene el individuo para reconocerse como sujeto en un escenario tan complejo que apenas puede abarcar con su mirada para dar con una representación capaz de alimentar la comprensión de los hechos. Todo ello incurre en la impotencia que caracteriza al sujeto contemporáneo, inmerso, como los héroes trágicos, en una serie de designios que lo superan y ante los cuales carece de maniobra de actuación. La ciudadanía europea no puede sublevarse a las políticas estatales porque éstas están comandadas por instancias e intereses que trascienden a los estados mismos. El ámbito de lo político ha quedado deshumanizado, resquebrajado y desplazado al discurso de los sentimientos, de la impotencia, del hastío, el fatalismo… -apenas comprendo cómo nos sorprende que algunos, sencillamente, reaccionen con violencia, sea gratuita o no-; sometidos, como estamos, a un sistema que no puede tener en cuenta el ahora de los sujetos que lo sostienen, cualquier forma de autoconciencia sólo alcanza a mostrar el horror de quien se sabe a bordo de un tren apunto de descarrilar y del que, sin poder apearse, sólo le resta tratar de dormir y controlar a la fiera despierta.



(Pero la fiera es caprichosa e insaciable y, ni aun herida, hemos adquirido el valor para rematarla.)



No temáis; no es más que el cielo abierto a nuestros pies.


miércoles, 19 de agosto de 2009

Fin de fiesta (II)


Hace unos días escribía en este blog que los estados nos habían arrebatado en veinte años todas las conquistas sociales alcanzadas en los últimos tres siglos. Quizá me equivoqué, a decir verdad, es el sistema de mercado el que nos va a arrebatar en los próximos diez años (si no lo ha hecho ya), con la connivencia de los estados, todas las conquistas sociales alcanzadas en los últimos tres siglos.


El fin de fiesta en Wall Street ha creado un escenario propicio para el todo vale con tal de salvar el sistema económico sobre el que se asienta, más allá de nuestra economía, nuestro sistema social, el mundo en el que hemos de vivir las próximas décadas y el que habrán de heredar quienes nos reemplacen a corto y largo plazo.


Basta con salir a la calle para comprobar que, pese a la ayuda estatal, pagada con los impuestos de la ciudadanía, bancos y cajas de ahorros hacen sus cuentas, continúan en sus trece: no conceden créditos. Las ayudas estatales, los planes de “salvación” no tienen por objetivo primero reactivar la economía, sino sanear las cuentas privadas de quienes, a nuestras expensas, han hipotecado el futuro de nuestra generación. Las grandes multinacionales, muchas de ellas, pese a la crisis, continúan teniendo amplios márgenes de beneficios anuales de puertas adentro y tienen tasas de crecimiento cercanas a las expectativas de hace año y medio. Aun así, no escapa a la percepción de muchos que éstas están aprovechando la coyuntura para estructurar sus empresas y despedir trabajadores, sabiendo que, en el momento en el que nos encontramos, ningún gobierno les ha de pedir cuentas.


Todo vale.


La mayor preocupación del candidato de la oposición al gobierno de España ha sido y es, desde que fue anunciado el fin de fiesta, el número creciente de autónomos que se dan de baja en Hacienda y la Seguridad Social cada semana. No es casual, al líder de la oposición, como al gobierno, esas personas, no les importan como individuos, sino como estadística, como número, como tasa que indica que un sistema concreto, una forma de trabajo definida y diseñada para “servir” a un sistema económico concreto hace aguas. Este modelo, impulsado por ellos en el gobierno y mantenido por el actual gobierno, este modelo que, salvo “catástrofe”, es el modelo del futuro, representa como ninguno el fin de una época, el fin de un proyecto con tres siglos de historia. Las grandes y medianas empresas, para hacer reales sus expectativas o planes de beneficios han llevado a cabo reducciones de gastos periódicas con las que, de alguna forma, venían exprimiendo la naranja para sacarle hasta las últimas gotas de zumo; una vez hecho, lo que toca, lo inevitable, es triturar su piel para obtener unos mililitros más de caldo.


Un autónomo –y todos seremos autónomos en un futuro- es un tipo que trabaja a cuenta propia, lo que quiere decir que es un mercenario que se ofrece al mejor postor, sin horarios, derechos o principios con los que regirse, al que recurren las empresas que externalizan gran parte de las actividades que hasta hace diez años venían realizando de manera interna. De este modo, las empresas se cuidan bien de no regalar nada y cubrir los mínimos gastos. Si antes tan sólo necesitaban a una persona para desempeñar una determinada tarea mensual que puede ser realizada en veinte días, ¿por qué han de costear todo un mes de trabajo?, ¿por qué han de hacer frente a los pagos de las tasas de la Seguridad Social de ese individuo si pueden ahorrárselas de esta manera?, ¿por qué han de cubrir veinte días anuales de vacaciones pagadas?... Desde un punto de vista empresarial y gubernamental es la panacea: los gobiernos pueden exhibir como un triunfo bajas tasas de paro, pese a que, la inmensa mayoría de autónomos no son trabajadores cien por cien activos y muchos de ellos no cotizan a la Seguridad Social; las empresas pueden disponer de trabajadores a tiempo completo, en sus propias oficinas, y despedirlos y volver a llamarlos siempre que quieran sin dar una explicación y sin mayores preocupaciones.


Todo vale porque ha dejado de considerarse al individuo o al trabajador con un bien para convertirse en una pieza intercambiable a la que se recurre siempre que haga falta sin las exigencias que el modelo alternativo proponía. Mientras que anteriormente existía una dicotomía entre empresario y trabajador, con el nuevo sistema todos somos empresarios, la dicotomía se rompe y el juego de lucha por los privilegios carece de sentido –o parece que carece de sentido-.


Efectivamente, el capitalismo, el sistema de mercado, amante conspicuo de los estados modernos, es el único sistema que, a mi entender, ha habido en la historia capaz de, en un momento de crisis, un periodo de debilidad, conseguir que la ciudadanía culpe de ello bien a la falta de intervención estatal –donde comenzó todo, y siempre en el caso de los más críticos-, bien a la mala gestión; mientras muchos miran hacia otro lado, son los menos quienes ponen bajo sospecha el sistema mismo.


El sistema de mercado está orientado en estos momentos a la puesta en suspenso de todos los derechos sociales y civiles planteados como irrenunciables hasta hace veinte años. No hace mucho se dio un caso que puede ejemplificar este fenómeno: durante estos últimos años hemos visto cómo en Francia se prohibía el uso de determinada vestimenta de origen “religioso” en las escuelas aduciendo la laicidad del estado francés; las protestas, alentadas por la situación social de una parte de la población francesa, de origen inmigrante, no se hicieron esperar. Al mismo tiempo, en España, vivimos una serie de manifestaciones en contra de la ley que prohibía el consumo de bebidas alcohólicas en la vía pública. Un diario sensacionalista francés titulaba su portada con un frase que podía traducirse como “Francia se manifiesta por la prohibición del uso del velo mientras España se manifiesta por el botellón”. Lo cierto es que mientras nuestros vecinos demandaban al estado una mayor protección social de determinadas clases marginadas –porque ese era en el fondo el problema, el clima era prebélico y la cuestión sobre el velo una coartada o la pequeña ascua que prendió la mecha-, en España salíamos a la calle reivindicando ciertos derechos o libertades civiles. Ésta es, de fondo, la realidad en la que nos movemos: resulta ridículo que la ciudadanía reivindique la protección estatal a unos estados que hace mucho dejaron de representar la soberanía de la ciudadanía y sólo trabajan para sí mismos y sostener el sistema que, a su vez, los sostiene a ellos. Resulta ridículo porque, desde sus comienzos, el estado ha ridiculizado a los individuos, los ha anulado y ni tan siquiera a día de hoy trabaja a favor de grupos sociales que tratan de representar voluntades individuales. Los estados mantienen un sistema concreto y sancionan a los individuos que no se pliegan al sistema mediante la crecida de leyes que anulan, de alguna manera, los derechos civiles. Sus únicas intervenciones van dirigidas a la anulación de la individualidad, más allá de esto renuncian a toda potestad. El resultado no es otro que sociedades asépticas, espacios sin humo, vidas de estadística, felicidad de anuncio de refresco...


“Si vogliamo che tutto rimanga com´è, bisogna che tutto cambi.”


Ésta es nuestra realidad: dado el sistema en el que nos vemos inscritos, en el que no somos nada, todo vale y estamos dejados a nuestra suerte, tan sólo nos quedan dos alternativas: cambiar a los gobiernos para que todo continúe de la misma manera o propiciar un cambio que ponga fin al fin de fiesta. La pregunta es oportuna: ¿existe una ciudadanía dispuesta a hipotecar un futuro ya hipotecado, bien cierto –porque, de ésta, el capitalismo sólo puede salir aún más reforzado-, por un futuro incierto?, ¿existe una ciudadanía dispuesta a despertar de este sueño, de las promesas que lo sostuvieron, que es el sistema de mercado?


La respuesta a estas preguntas la encontramos en los campos de fútbol de toda Europa y en las playas de su litoral.


Mientras sigamos viviendo de las “cortezas a las que llamamos panes” nunca dejaremos de ser “niños pobres que juegan a ser felices”.