Este blog no es más que un cajón de-sastre, en el que nada es lo que parece, un paseo urbano y dominguero por el tiempo y nuestro tiempo, por literaturas, imágenes y ciudades; una encrucijada de pa(i)sajes fronterizos
Tiene la ciudad sus puertas de entrada y huida, ocultas gran parte de ellas, a simple vista esquivas, pese a que sólo unas pocas, las principales, las que se muestran a sí mismas y fueron levantadas con este único propósito, logran captar la atención del que a ella llega; ha de tardar, necesariamente, el caminante un tiempo en percatarse de que traseras, esas otras que se confunden con los muros de un callejón sin salida o con la vertical de un cambio de dirección mal señalizado, son numerosas y su umbral impreciso, demasiado en algunos casos; sea como sea, la gran mayoría de ellas provistas de cerrojos, que en ciertas ocasiones, sólo a determinadas horas, ceden o se quiebran, y podemos adivinar por un resquicio aquello que con su celo monumental protegen.
La ciudad sin límites se extiende en un horizonte que nunca llega a serlo, más allá, como una mancha de betún engravillado desparramada por la meseta, sin que ninguna mirada logre abrazarlo, donde no hay altura que lo alcance y venza.
La ciudad sin límites está guarecida por sus puertas, que a simple vista nos invitan a entrar y salir, y nunca sabes si realmente vienes o vas cuando las cruzas, si sales o entras, porque su espacio carece de coordenadas precisas y tan sólo indica los caminos que a ella conducen, las carreras por las que de ella has de huir.
La ciudad sin límites es en sí misma un monumento a un pasado reciente y hoy desprovisto de gloria, a lo que pudo haber sido, que nunca fue, cuyos trofeos pasan inadvertidos o adornan los escenarios de quienes la soportan cada día aunque sus nombres no condecoren ninguna plaza o jardín, las calles estrechas y contorsionadas, o sus rostros nunca luzcan a la grupa del enmohecido equino cansado de instantáneas sobre el pedestal.
La ciudad sin límites, eso sí, carece de raíces profundas; quizá por ello a nadie le interesa por cuál de sus puertas llegaste hasta sus calles. Y quizá sea esta falta de gloria ancestral la razón de que, quienes las cruzan por vez primera, luzcan siempre miradas ansiosas de triunfo, o sus habitantes anden como desposeídos en busca del sueño o la opulencia que sus pasadizos les prometen.
La ciudad sin límites es como una gran manta extendida que no logra amparar millares de vidas encorvadas, de voces que ya sólo pueden hablar para sí mismas, de cuerpos empecinados en respirar, hacinados, el mismo aire viciado que la sobrevuela, de sonidos amparados en el silencio u olores que te seducen al devenir de las cosas, que preñan de tiempo y cubren de polvo todo lo que tocan. Un cúmulo de atillos siempre anudados a media noche con la mirada puesta en un viaje que nunca volverá a ser el mismo.
Cansado de cruzar puertas, toma el caminante la calle como estancia y señala con espanto cada piedra que sostiene, como tantas otras, en otras ciudades, la ruinosa decadencia de este fin de época; pero pronto advierte que no es posible librarse de ellas y por ello apenas duda, si está en su mano, cruzar cuantas puertas se le presenten al paso sin permiso alguno, expeditivo, con la sonrisa desquiciada de quien no teme al futuro, puesto que su mañana quedó sellado en el ayer infinito que se rehace en cada momento del ahora, puesto que nuestro futuro ha sido clausurado y la ciudad sin límites, mejor que ninguna a este lado de los Pirineos, oculta entre bambalinas los cientos de vidas sacrificadas en nombre de cualquier garabato escrito en caja alta bajo un sello oficial.
La ciudad sin límites, como tantas de nuestra vieja Europa, no es más que un polvorín expectante ante la chispa o la mecha prendida que tumbará puertas y arrasará con la infamia de un tiempo que no merece nombre.
... y desde aquí, a los pies de mi ciudad, bruñido de furia, así lo espero: prodigios en todas y cada una de nuestras ciudades.
Volvía a poner mis pies en la Corte después de varios años y la ciudad me recibía con desdén, llorando a cántaros, impasible, sin tregua una vez más, como un mal augurio. A los pies de una escalinata de piedra un músico callejero interpretaba desganado una canción de Piaf al acordeón y yo paralizado, arrojado a la ciudad, veía marchar a la comitiva que se perdía entre las calles o era engullida por las bocas de metro que, como animales feroces e insaciables, custodiaban las cuatro esquinas de una plaza tan olvidada como el nombre del general decimonónico que se yergue oxidado en su centro, amenazante, con su espada en alto.
Fachadas grises y ennegrecidas, calles estrechas y orines de un barrio degradado, me hacían paso despreocupadas mientras arrastraba mis bártulos encorvado y sin apenas fuerzas. De vez en cuando miraba a un cielo que sólo existe como presunción, que apenas si se deja ver, y buscaba en el bolsillo de mi pantalón la dirección escrita en un papel que horas antes, en casa, había apuntado, y memorizado a lo largo del viaje, no para recordar, sino para asegurarme de que aquello no era un mal sueño, otra pesadilla.
Minutos más tarde, conforme me atenazaba el frío, mis piernas comenzaban a capitular, el hambre y el cansancio, la falta de sueño, me tenían desorientado y la ciudad me asestaba, como en otra vida, la primera de muchas bofetadas. Sentado en el metro me veía a mí mismo años atrás en ese mismo vagón, en esta ciudad, mucho más joven, con estas mismas maletas a los pies, sonriendo a cualquier novedad. Alguien se volvió hacia mí cuando un pensamiento en voz alta se me escapaba por lo labios (“perra vida”), pero nuestras miradas sólo se cruzaron un segundo y el tren partía a rebosar dejando atrás otra estación.
(Nunca seremos ángeles.)
Han sido días de caminar la ciudad durante horas, con la sonrisa quebrada y la cartera verde bamboleando a mi espalda, en los que volvía a casa con la cabeza postrada al anochecer, ya incapaz de dar un nuevo paso, tan cansado que ni el sueño me asistía, alerta, durante toda la noche, despierto con los primeros rayos de luz, aguardando un nuevo día para salir una y otra vez a recorrer sus calles, a contaminar mi esperanza, para enorgullecer una vez más mi instinto de supervivencia. A veces, sentado a mediodía en alguna plaza o jardín, a sabiendas de que no habría de esperar ningún prodigio, tan lejos de casa, remedaba entre humo el sonido del oleaje rompiendo en el espigón, las barbas del Mediterráneo bufando entre las rocas, como un anciano sabedor de que toda gloria es efímera, añorando los escenarios de mis últimos paseos por Barcelona. Por momentos, esta voz recurrente, que nunca calla, me susurraba taimada: no hay futuro, hoy es mañana; entonces, con el ceño fruncido y el cigarrillo entre los labios, remontaba la calle otra vez y salía del laberinto dando codazos para volver a confundirme con la masa por la Gran Vía, por el Paseo de la Castellana o por la Avenida de América, escupiendo en la fachada de cada ministerio, aprovechando el calor que se escapaba de los cafés cuando se abren sus puertas y discutiendo con la vida el alto precio de esta obstinación.
Por las noches fumaba un cigarrillo tras otro en el balcón, envuelto en una manta, devolviendo miradas a un vagabundo con muñones como piernas que cada noche hacía su “cama” bajo un soportal no muy lejos de la plaza Mayor; un tipo de mirada severa vestido con atuendo militar que recorre el centro histórico de la ciudad cada día en su silla de ruedas escamoteando monedas a los turistas. Mi última noche en el balcón no me acompañaba; donde él solía dormir habían instalado un enrejado.
Qué se puede hacer en una ciudad como ésta, sino caminar y fumar para engañar el hambre, y esperar, esperar un nuevo día, la llamada que nunca llega, la sonrisa extraviada o el sonido del silencio. Qué otra cosa puede hacer quien es consciente de que todo queda tan lejos, que todo está escrito, que las palabras no pesan y que el alimento de la carne no hace más que dilatar esta agonía, que la Vida queda en otra parte, que ya nada queda por hacer.
De camino al barrio donde tengo alquilada una pequeña habitación atravieso las arcadas del viaducto de Segovia, pero ya no lo frecuenta ningún suicida porque el Ayuntamiento ha instalado unas mamparas de vidrio para disuadirlos y salvar sus almas. Cruzando el Manzanares se extiende un barrio de casa bajas y humildes, con pequeñas isletas proyectadas para jardines de tierras ahora yertas. No hay niños (ni esperanza) y sus árboles, como alambres, retorcidos, hace años cesaron de primavera. Sus habitantes envejecen y caminan apoyados en las paredes tratando de evitar los socavones que se alternan entre sus aceras o el asfalto. Los hombres fuman en grupo en los portales mientras ven pasar el día y observan con celo al forastero. Este río es una frontera (en todos los sentidos) entre dos mundos que sólo yo me atrevo a cruzar, quizá porque, de alguna forma hermética, yo no pertenezco a ninguno de ellos y me desenvuelvo mejor en tierra de nadie, como un espectro sobre el punte cuyos pliegues se extienden repeliendo el fulgor entre sus aguas turbias.
Decepcionados con la luz, ningún ángel nos sobrevuela y hasta las caricias tienen su precio de mercado.
Hay quienes se conjuran a la suerte o al destino, por ello se arremolinan los viernes en los puestos de loterías y apuestas, por eso hacen cola frente a la oronda estrambótica que da la buenaventura o echa las cartas cerca de la calle Toledo.
El mundo se desmorona y no podemos (o no sabemos) hacer otra cosa que mirar cómo sucede y refugiarnos en acusaciones y promesas.
Alguien ha escrito en rojo con caligrafía temblorosa en el lateral de una fachada de la Carrera de San Jerónimo “¿Quién calmará mi sed?”, pero ayer, los servicios de limpieza se afanaban en borrar su desesperación y las palabras se deshacían como lágrimas, las de esa voz que ahora no es más que una sombra en la fachada.
Y así se suceden los días, distantes de toda esperanza,
Tonteaba con uno de los pocos libros que suelen decorar mi mesilla u ocupar los bajos de la cama allá donde voy –yo no compro libros, pesan mucho, ocupan espacio y el espacio es muy caro y, por lo general, nunca sé dónde estaré el mes que viene- y al que tengo especial cariño, por lo que hay escrito en su primera página, la de cortesía, la que sale de imprenta en blanco...
Las ciudades invisibles de Italo Calvino (Ediciones Siruela, Madrid, 2006) es de esos libros ligeros a simple vista, simpáticos, bien escritos, que puedes llevar a todas partes y leer en cualquier momento. Está compuesto por textos que apenas si ocupan una página y que conforman, a su vez, preciosas imágenes de ciudades oníricas, utópicas o contrautópicas; lo difícil es discernir cuál es cuál.
Ése es el juego al que nos desafía Calvino.
Desde su constitución como concepto, la utopía sólo ha tenido lugar allí donde el eje espacio-temporal se extienden hacia la elipse: en la ficción. De hecho, hace ya algunos siglos que la literatura es el único bastión de la humanidad, el único espacio de libertad -cuidado con esta palabra- que nos queda; puesto que sólo con ella es posible dar orden y concierto, sacar a la luz y dar rienda suelta a nuestros deseos, ilusiones, pesadillas y frustraciones... a nuestra humanidad, al fin y al cabo.
Más allá, sólo podemos agarrarnos a esta asepsia hospitalaria que nos rodea.
Pensaba en todo esto y en otras cosas más, digo, tonteando con el libro, haciéndole la corte, por supuesto, proyectando, como no, el rostro del deseo... ya sabéis: perfilar con la mirada, definir con el recuerdo y ver con la imaginación. En eso estaba... releyendo y releyéndome, cuando, advierto que, y sin que sirva de precedente, “parecía” que esta aporía en la que me hallaba estaba, embriaguez isomórfica, referida en el libro; un libro, como digo, que, a simple vista, no parecía contener un mensaje unitario, una tesis definida, desde luego, menos aún sistemática.
De hecho, siempre he pensado que para expresar la imposibilidad de todo lo anterior -de hallar una tesis fundamental sobre la que construir un sistema de pensamiento capaz de abarcar la totalidad de la vida humana y, a su vez, dar respuesta a los problemas que se nos plantean-, lo último que debe hacerse es redactar un texto con esas mismas características que trate de “decir” lo que no se muestra con el gesto. Dicha idea, por ello mismo, sólo puede expresarse como gesto, bien sea de forma asistemática, bien sea a la manera expresionista.
Calvino lo adereza, en este caso, con sal y pimienta.
Cuál es la aporía que nos plantean estas ciudades invisibles.
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Las ciudades y la memoria. 2
Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos. (p.23.)
Aquí se entrecruzan ambas ideas: lo deseado y lo temido; pero también nos advierte de cómo algunas incoherencias de la memoria dan alas al deseo, en la superficie, mientras barruntan amenazas aterradoras, en los bajos fondos (siempre); nos habla sobre aquello que se-sabe y que, a su vez, no-es-sabido, y de cómo ambas cosas pueden llegar a constituir un mismo fenómeno. Lo temido, en este caso, no es la imposibilidad del deseo en sí, sino el desajuste entre lo deseado y el sujeto volitivo; cuando el producto del deseo forma ya parte de la memoria, es sólo Memoria. En ese momento, todo está perdido.
Isidora, la ciudad soñada, es la ciudad de sus deseos de juventud; una vez alcanzada, sólo arribando a ella, logra comprender el hombre que mientras soñaba, lo único que de verdad anhelaba era aquello que se perdería inevitablemente: la juventud. En tal caso, el feliz encuentro no es más que un darse cuenta de que Isidora era un deseo imposible: el de una juventud eterna; porque la ciudad soñada lo contenía joven y a Isidora llega en edad avanzada. ¿O es la memoria quien cree que aquella ciudad lo contenía joven?
Es estúpido desear lo que ya se tiene; el recuerdo sigue intacto, de igual forma que el deseo, quien ha cambiado es el sujeto del deseo, que olvidó que Isidora fuesu deseo.
Cuidado con lo que deseas... siempre podría hacerse realidad.
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Las ciudades y la memoria. 4
Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en el recuerdo. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y ventanas de las casas, aunque no haya en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir, imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve caños, la torre de cristal del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, la estatua del ermitaño y el león, el baño turco, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como un armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria.
Pero inútilmente emprendí viaje para visitar la ciudad: obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció. La Tierra la ha olvidado. (pp. 30, 31.)
En este caso nos enfrentamos con una densidad aún mayor (toda una tradición epistemológica sufre en zarpazo definitivo con esta sola imagen): nos hallamos ante un recuerdo, el de una ciudad, que, a su vez, sirve para recordar. Obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor cumple una doble función maldita: es capaz de mantener en nuestra memoria todos y cada uno de los acontecimientos, nombres y artefactos que fuimos disponiendo en torno a ella..., pero, a su vez, este recuerdo que sirve para recordar, queda petrificado, esculpido en mármol puro, pulido y resguardado contra el viento... Tanto es sólo Recuerdo, que hemos olvidado que fuimos nosotros quienes erigimos este mausoleo; tanto es Recuerdo, que sólo existe realmente como objeto del recuerdo que se nos da, una vez más, en su desajuste con el objeto temporal.
El recuerdo no es más que la imagen de un cadáver al que hemos cubierto para ignorar su descomposición.
Con el recuerdo se anticipa el olvido.
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Aporía
(i) Nuestro deseo de las cosas no versa sobre las cosas mismas; pero las cosas mismas, sin deseo, apenas pueden ser percibidas, pues no logran calar hondo en nuestros sentidos.
(ii) Más allá del tiempo, las cosas logran permanecer, alcanzan la eternidad; pero, inevitablemente, por ello, no nos corresponden, se elevan, hasta parecerse sólo a sí mismas, hasta no reconocerlas ni mirándolas de frente.
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Para ciertas cosas nunca dejaré de ser kantiano.
Pensamientos sin contenido son vacíos; intuiciones sin concepto son ciegas.
Recorrer las calles vacías de una ciudad despierta un sentimiento extraño, una percepción distinta de las cosas; cierta inquietud que oscila entre el malestar y la gloria por saberte vivo.
Ello no quiere decir que las cosas mismas, las avenidas, las fachadas de los edificios, las esquinas recordadas que, como personajes, salen al encuentro, hayan sufrido algún cambio. Somos nosotros quienes miramos de manera distinta.
Cada verano se sucede, irremediablemente, esta imagen: una ciudad despoblada, el aire siniestro, personajes lejanos, sin rostro, que, a lo lejos, cruzan una calle.
La ciudad, entonces, despoblada, se puebla de imágenes que nuestra memoria proyecta sobre las cosas; y esta vida que nosotros le otorgamos revierte, a su vez, sobre nosotros mismos y nos sumerge en el tiempo. La materia inmóvil, la quietud de la piedra y el remedo de nuestra mirara alientan los hechos que siempre sucedieron en ese lugar y que nunca dejan de suceder.
Quienes “sufren” experiencias de este tipo reconocen la vivacidad de lo que acontece a cada paso, el eterno saludo del pasado, la saudade sobre la que queda constituida cualquier experiencia digna de ser eso mismo: fármaco para lo que ya no-es. Una palabra inocente, el gesto no calculado, el sabor de un instante... acontecimientos sin dueño que guardamos en la cartera como una fotografía ajada de quienes ya no nos recuerdan.
Con las primeras luces del día, el rocío de la mañana tiñe los contornos de un brillante esplendor, y la brisa fresca, salina, que contornea nuestra figura y sacia una garganta agrieta por los excesos de la noche larga y el caminar impreciso, barre ese retablo barroco que se yergue insolente ante nosotros.
De vuelta a casa, en un callejón todavía oscuro, una gata naranja me cede el paso, se detiene un instante, fija sus cristalinos en los míos, quedo poseído mientras lame su pata delantera y un maullido ahogado, cuando prosigo temeroso y vacilante, me despide a lo lejos. Tropiezo con la columna sobre la que una gárgola ennegrecida vigila mis pasos, tanteo la calle que me lleva a casa y aflojo la carrera: un nuevo día se abre paso y yo me deleito con hacerlo esperar.
¿Qué ocurriría si, un día o una noche, un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: "Esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión -y así también esta araña y este claro de luna entre las ramas y así también este instante y yo mismo. ¡La eterna clepsidra de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito del polvo!"? ¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te ha hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: "Tú eres un dios y jamás oí nada más divino"? Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa: "¿Quieres esto otra vez e innumerables veces más?" pesaría sobre tu obrar como el peso más grande! O también, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que ésta última, eterna sanción, este sello?
(Friedrich Nietzsche, “El peso más grande” en La Gaya Ciencia, 341.)