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lunes, 6 de mayo de 2013

Ευρώπη (II)


Es como volver la vista atrás (y no es la primera vez) y no dar crédito.

Te preguntas cuándo fue el momento exacto, el punto de inflexión en que todo se vino abajo.

(¿Cuántas veces has repetido esta historia?)

Todas las historias son la misma Historia.


*
No hay manera, es imposible, por mucho que ahora rastrees los acontecimientos, por mucho que ahora cobren sentido, nada entonces parecía presagiar que el mundo en el que habías crecido pudiera deshacerse entre tus manos, como quien entra en un mal sueño, del que no tendremos la certeza de despertar.

Europa ya no es un continente ni una confederación de países con una historia conjunta de encuentros y desencuentros; Europa es, una vez más, un escenario improvisado para la barbarie y la infamia.

Hoy, más que nunca, todos nosotros somos ángeles, como el del cuadro de Klee, como el de la tesis de Benjamín.


*
Grecia se desangra, supura hasta la última lágrima; es un pueblo muerto, sacrificado en nombre de Nadie, mientras los medios de comunicación hacen oídos sordos a sus últimos estertores.

(El listado de culpables es cada día más amplio.)

El estado griego está siendo desmontado y subastado en la Gran lonja europea; con su soberanía entregada, tras un memorandum de la Troika, hoy no es más un feudo periférico por el que nadie parece dar la cara. Su población, enferma y enloquecida, se disputa alimentos que los mismos productores reparten para boicotear los dictados de la Cancillería Europea, mientras el fascismo se extiende y sus jóvenes caen en manos de mafias o exponen sus días de rabia y vagabundeo por plazas y calles tan deterioradas como ellos mismos, ya sin la esperanza de un golpe de mano por parte de la población. El ejército de la Troika en el país comete torturas impunemente y sus gentes sólo son capaces de actuar de forma conjunta para saquear supermercados y asaltar las empresas públicas, hoy en manos de capital privado.

Portugal está a las puertas; sus propios tribunales han declarado ilegales las medidas impuestas. Hace unos días, sólo unos días, su primer ministro, Passos Coelho, fue interrumpido en el Parlamento por un grupo de ciudadanos que había asistido al pleno; cantaban Grândola, Vila Morena, la canción de Zeca Afonso, el himno de la Revolución de los claveles. Coelho se frota las manos, los deja cantar, incluso sonríe, con amargura, como sólo los portugueses (y tú) saben hacer: siente nostalgia y vergüenza de sí mismo.

Cruzan la frontera, vienen a España, saben que aquí también todo está perdido. Te preguntan, no sabes qué contestar; son humildes y orgullosos a un mismo tiempo. Les invitas a las calles, señalas las plazas y les cuentas cómo nos organizamos aquí, sin apenas esperanza, todo hay que decirlo. Te miran fijamente, ya no hacen falta palabras… te encoges de hombros y sonríes, como sonríe Coelho -pero con la conciencia en calma-, y cantas borracho Grândola, Vila Morena buscando su complicidad. Entonces vuelven a mirarte, con esos ojos enormes, y te siguen. Ellos la cantan mejor.


*
Aquí los acontecimientos se repiten: arrestos ilegales, torturas y barrios sitiados o tomados, literalmente, por escuadrones de pretorianos que hielan la sangre cada vez que los ves desfilar por las calles estrechas de Gràcia.

La única partida de presupuestos públicos que ha aumentado en Europa estos últimos años ha sido seguridad y defensa.

Una chica joven inquiere en plena manifestación a uno de los miembros de las UIP, éste la mira, quiebra la boca con sarcasmo y se jacta de que cobra 150 euros por hora cada vez que “salen a la calle”.

En privado nos damos ánimos o nos decimos que esto no puede seguir así, que se nos va a ir a todos de las manos. Por momentos, aquí todo parece que vuelve a la calma, para amanecer al día siguiente en un ambiente tenso y de rabia contenida que nadie sabe cómo podremos calmar ni si lo lograremos antes de que finalice el día.

Algunos nos negamos a sobrevivir como ratas escondidas en los barrios rebuscando entre sus desechos; las sobras de un sistema que nunca jamás podrá volver a ser admitido por gran parte de la población europea. También sabemos que, a día de hoy, lo otro… no es factible y que, además, lo esperan, para legitimar el exterminio sistemático de dos generaciones.

España está a un pequeño paso del colapso y la catástrofe. Luego viene Italia y, horas más tarde, Francia. Ésta es la macabra secuencia que nos anuncia el futuro. El hedor del cadáver es profundo, recorre toda Europa, como un mal presagio, pues, al parecer, no hay alternativa entre la barbarie del fascismo y el Régimen feudal recientemente instaurado.

[…]

Desde hace más de un año, el gobierno húngaro abolió cualquier vestigio democrático de su constitución. Desde hace unas semanas, aparecen pintadas en Berlín “invitando” a los españoles a marcharse del país. Meses antes, alguien escribió en la fachada del Instituto Cervantes “Tú país no existe”.

[…]


*
Nadie sabe lo que va a suceder; quien se aventure a ello es un demente o ha vendido su alma al diablo.

Cicerón murió hace dos milenios; la Historia ya no es maestra de nada ni de nadie, es ese simple relato de absurdos encadenados. Nuestra única opción es permanecer agazapados a la espera de acontecimientos, de una oportunidad, del kayrós, con los ojos abiertos de par en par, como ángeles de la historia, para que allí donde unos tan sólo vean “una cadena de acontecimientos”, nosotros veamos “una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina” arrojada a nuestros píes.

Sólo si somos capaces de vivir con este espanto, estaremos preparados para el momento, que llegará, en el que tengamos que erigirnos en sujetos de la historia, portadores de la antorcha con que han de desbocarse los acontecimientos.

miércoles, 20 de enero de 2010

Con los ojos abiertos, de par en par



Caminaba sediento, aunque no lo suficientemente enajenado aún, con los ojos abiertos de par de en par, las pupilas vidriosas, pequeños focos luminosos, etéreos, entre la densa neblina de humos, cuerpos y luces de neón.

La música no estaba hecha para su caprichoso oído, que sólo escuchaba los olores y sabores tras los que su alma, desde bien iniciada la noche, vagaba tratando de succionar y deglutir hasta perder la razón y sublimar todo el deseo que, intempestivamente, lo arrastró fuera de su cueva como una llamada irrefrenable de la mirada que más tarde lo abarcaría.

No había motivo para guardar las apariencias, pero todavía era temprano y respetaba, mínimamente, ciertas reglas de común acuerdo según las cuales los cuerpos no se toman unos a otros en las aceras ni preñan de miradas indiscretas, anhelantes, cortesanas e interrogativas a las mujeres de otros hombres.

No estaba hecho su espíritu esta noche para tanto protocolo.

Pronto se diluirían los límites, más allá de todo sentido común y contención; las normas de la tribu habrían de ser abolidas, tan sólo unas horas, al menos, hasta la llegada del alba.

Entonces la encontró a ella. Sabía que era ella, jamás la había visto ni oído su voz. Sí, era ella. Y ella lo encontró a él, también desconocido, aunque de alguna forma frecuentado. Incógnita resuelta en una epifanía de música insoportable, sudores ajenos y bebidas de colores. Ambos se vieron, en la lejanía, uno segundos, los suficientes, para prometerse una visita más tarde.

Después de algún encuentro olvidado por los pasajes y escaleras mal iluminados de este antro de felicidad caduca, más de una carrera por salvar el tipo, nunca la decencia, y alguna que otra trampa y soborno a la hermosa camarera para abrevar y rebajar de otras formas menos dañinas el daño que él mismo se había hecho, que habría aún de hacerse, volvieron a cruzarse, esta vez, en el callejón de la esquina; esta vez a solas. Se prometió el valor que la impostura de sus grandes pupilas le pergeñaba para introducir con palabras una excusa perfecta con la que iniciar un cortejo que comenzó mucho antes, cuando dormitaba con los ojos entornados en el rincón más oscuro y menos húmedo de su cueva. Arrastró su deseo consigo, como un arlequín provinciano de casta charneguil, casi sin disimulo. Cierto rayo de lucidez le advertía a sus espaldas que esta aventura, como tantas otras, concluiría en bofetada, histeria sin pretensiones de contención y atestado policial.

Grandes noches se han jugado en la comisaría de Les Corts, mientras la urbana hacía cantar a hostias a algún potro del Este.

Lo que sucedió entonces sólo puede explicarse bajo la lógica de los narcóticos o según las leyes de la medianoche: mientras su espíritu barruntaba las posibilidades de éxito o las alternativas para la huída, esta ninfa descarada, fijó sus hipnóticos ojos en la presa hallada y mordió al instante su boca, inyectando su veneno irremediable hasta lo más profundo de su estómago. Saboreó sus ansias, rondó sus labios, acarició su pecho y recorrió su espalda, con tal delicada destreza, que, cuando nuestro hombre quiso darse cuenta, recorría en metro la ciudad, hecho un ovillo, con la más mortal de todas las víboras que esta noche cascabeleaban por las esquinas de la ciudad de los prodigios.

Ya en su cueva, de una oscuridad clara, el vaho empañaba las ventanas mientras las sábanas empapadas en fluidos, sacralizados tras cada embestida y súplica de uno al otro y de ese otro al uno, se agitaban como banderas el día de la independencia. Un plácido calor, más tarde, los meció y acompañó en el sueño.

Ella soñaba con remontar valles hacia otra parte, quizá donde otros simplemente viven.

Él simplemente dormía; le bastaba con ello. El sueño era su regalo.

El amanecer los encontró sedientos y sin hambre. Mientras él liaba un cigarrillo, ella se removía como una lombriz a su espalda, dibujando pequeños caminos por entre las sábanas que le invitaban a adentrarse de nuevo en ese extraño juego que es desvanecerse tras arrojar todas sus fuerzas en el más sublime de cualquier de los deseos sublimados. Pero de pronto, la ninfa, rompió en sollozos ahogados, reprimidos, casi imperceptibles, incluso para alguien que la toma contra su pecho, la abarca en su totalidad y la posee tanto en la periferia como en el interior.

-Qué sucede, ¿lloras?
-...
-¿Te ha molestado algo?
-...
-En mí puedes confiar.
-(...) Sé que puedo confiar en ti.
[Silencio (quizá alguna caricia).]
-Me ha gustado encontrarte esta noche.
-(sonrisa.) Tonto, he sido yo quien te ha buscado.
-¿Entonces?
-No preguntes, ¿alguna vez te ha respondido un sueño?

[Así lo soñé.]

Para K.