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lunes, 19 de julio de 2010

# 3


Cualquier toma de decisión que suponga una hipoteca más allá de su tiempo excede en todos sus términos el espacio corrompido de lo político.


El ámbito de lo político tiene su morada en el desarrollo ordinario de los acontecimientos, donde la vida y la muerte danzan de la mano un baile cuyas notas apenas presentimos ni se dejan escuchar.


El momento de la decisión viene determinado por el tiempo crítico y abarca un tiempo excepcional, un instante hecho de instantes frustrados y fisurados en los que la enhiesta figura soportada e intuida “excede” cualquier sentido y sabe, consciente, de su falta de legitimidad en una Historia que ha llegado a su fin y se sabe plena y renuncia al tiempo que la urge en nombre de un proyecto marchito.


Sólo por unos instantes, el eterno ciclo queda en suspenso y el retorno a lo mismo señala el camino hacia el centro de la esfera en la que nos vemos atrapados como el insecto en la tela de araña;


(... aunque, al menos, ya no somos marionetas de su rueda).


Requerimos de un nuevo concepto de lo político, de su revisión, cuyo horizonte inabarcable no sea más que este presente al que ha de atender y curar más allá del horizonte histórico que lo constriñe.


La profesionalización de lo político ha contribuido, sustentada por espacios delimitados que determinan nuestra identidad y nuestra capacidad de acción, a la destrucción y muerte de la condición misma de este viejo concepto con el que, en su día, nos autoproclamamos Humanidad. Porque lo político no es más que aquello que acontece en nuestras relaciones personales, inmersas en serias, inevitables y, por ello mismo, insobornables, estructuras de poder; aquello que es temporal, provisional, y no un entramado institucional dado en el que participar adhiriéndose a un grupo marcado, con mayores o menores opciones de triunfo.


El Final de la Historia, por todo ello, implica una revisión profunda y crítica del concepto de “ciudadanía” capaz de salvar la experiencia; requiere la disolución de los espacios y el destierro fronterizo de nuestra especie: una vuelta al origen; implica también una relectura en torno a las posibilidades de poner en marcha pequeños experimentos a modo de ensayo para el desarrollo de micro-utopías que vuelvan, a su vez, a otorgarle el rango de ciudadanía a los habitantes de las polis, entendida ésta como entramado confuso de relaciones horizontales.


En nuestras sociedades contemporáneas, principalmente aquellas que han sido lastradas y larvadas en un pensamiento religioso monoteísta, los individuos pierden, tarde o temprano, su poder de ciudadanía aniquilando y empobreciendo su experiencia. Los antiguos miembros de la polis se constituyeron en elementos que conformaban la ciudad, eran ciudadanía, fueron polis (en un sentido muy poco maniqueo); un ciudadano de nuestros estados modernos pierde conciencia de su poder como ciudadano, ajado por su experiencia doblegada, y entrega su poder a las altas instancias para las que trabaja y por las que sucumbe, para formar parte de un engranaje cuyo único fin es su no finalidad, velada bajo el concepto más abominable: el horizonte incansable y incomprensible del progreso, en cuyo nombre firman en nuestros parlamentos actas de defunción o penas de muerte cada día de la semana.


El momento para las pequeñas utopías prescinde de cualquier pretensión del tiempo histórico tal y como ha sido concebido desde el comienzo de la Historia, con el origen de la escritura, es historia del Final de la Historia, y adquiere su fuerza y mantiene su piedra de toque en aquellos espacios que se flexibilizan, ensanchan, moldean... a expensas de cualquier noción o engendro de Tiempo o urgencia. La posibilidad de construir espacios utópicos tiene por condición la renuncia voluntaria a hacer de ellos un proyecto más allá del tiempo de su posibilidad, de su tiempo.


En nuestras manos está la decisión, oculta tras la crisis que acompaña nuestro tiempo: podemos continuar siendo esclavos de esta rutina que es la Historia cuando se deja guiar por el progreso o podemos construir nuestras vidas tal como requiere cada instante a expensas de la Historia en este Final de la Historia por el que deberíamos brindar con júbilo.


Porque el Final de la Historia es el triunfo del Hombre.



(Así sea.)


martes, 6 de julio de 2010

# 2


A este Final de la Historia (de esta historia), además de la ruptura definitiva con el concepto tradicional de “tiempo” para dar paso a la experiencia de un tiempo pleno, le acompaña la fragmentación y flexibilidad de los espacios y la amplitud de múltiples líneas fronterizas.


Desmadejando la gran farsa que se ha escenificado en esta travesía histórica, que no ha sido más que un constante y reiterado camino al matadero, y el bastardo entramado de rígidas relaciones verticales, jerarquizadas y naturalizadas que se hayan tras el aparato de categorías metafísicas occidentales, hay dos conceptos aún que, en el amplio ámbito de lo social, continúan siendo operativos, con aquella carta de naturaleza procedente del mercado negro con que nos trajinan, y sustentados los resortes que mantienen y posibilitan todos los engranajes de la inmensa maquinaria encargada de estampar y rubricar sobre nuestros rostros el horror ilimitado de cada generación sacrificada en nombre del Progreso, la Humanidad o cualquier sustantivo que los libros de estilo suelen proponer en mayúsculas, siempre y cuando sean usados de forma Absoluta.


El Final de la Historia es un estadio consecuente con el fin de cualquier proyecto metafísico.


Ambas nociones, la de Representación y Estado (bien sea, éste, de derecho o de des-echo), han perdido aquel aura que los viejos y descastados constructores de verdades, tras bellos ejercicios de composición semántica y gramatical, exhibían mientras lograban distraer nuestra atención para arrojarnos desorientados hacia nuestra propia entrega, en nombre, ya digo, de la ensoñación de la que formamos parte, pero que jamás tuvieron en cuenta los cuerpos desnudos y mutilados de la especie a la que decían “representar”.


¿Representación?


Anulación de la cosa misma, amordazada y desterrada al ámbito de la productividad, la estadística y el matasellos oficial de alguna Administraición pública; a la que sólo llaman a compadecer, en subasta pública, algarabía de mercado, cada cuatro años para certificar y renovar su entrega y consentimiento de una matanza legitimada.


¿Estado?


¡Idílica promesa de identidad, garante de cualquier relación filial, consentida por su eficiencia!


Un tiempo pleno tiene sus requerimientos; el nuestro obliga a tomar el testigo de la revolución copernicana que Kant y Freud extendieron más allá del ámbito del conocimiento natural y que ha de resolver, ahora, la promesa ilustrada no satisfecha de emancipación.


“Matar al padre” fue la consigna epocal que tradujo la incesante necesidad de disolver de una vez por todas la insoportable estructura de autoridad a la que hemos sido entregados.


La noción de Estado no es más que una proyección de la figura paterna.


Quienes defienden, a día de hoy, un fortalecimiento de los estados nación frente a los acontecimientos, más que recoger el testigo de los modelos decimonónicos y sus variantes posteriores de estados centralizados con economías fuertemente planificadas, con un enfoque social y revolucionario, en verdad, simplemente, expresan su añoranza del Estado como padre protector.


Quienes siguen viendo en ellos el instrumento que asegura el actual sistema de mercado en el que se ampara, no hacen otra cosa que reírse en nuestra cara mientras firman nuestra acta de defunción (y la suya).


Cualquier forma de emancipación constituye una salida al afuera y el reconocimiento de la intemperie como único hogar posible.


(Cualquier forma de emancipación guarda su condición de posibilidad en la propia imposibilidad que duerme tras el concepto.)


El sistema de mercado, tal y como hoy día se nos presenta, libró batalla en su momento con los sistemas totalitarios que se le opusieron y resultó victorioso en cada una de ellas bajo la promesa, a las hordas que dieron su vida por él, de emancipación.


El deseo o la necesidad de protección y la confianza devota en nuestra idea de “representación” ha favorecido el triunfo de la misma élite económica que ha doblegado a los estados, constriñe cualquier futuro a medio plazo y juega con la ciudadanía como una vieja amante despechada por su nueva conquista haciendo uso del poder que guarda sobre la materia de despojo.


Del mismo modo que un paisaje al óleo sobre un lienzo no es ese instante o ese lugar en abstracto que dice representar, porque cualquier representación, lo único que acierta a representar es ese decir-representar, los gobiernos actuales no representan a su ciudadanía ni actúan para su ciudadanía. El papel que desempeñan en este juego de desmentidos y promesas es el de una legalidad más allá de toda justicia. Y de esta guisa, se anuncia, como un leve movimiento sísmico antes del cataclismo, el Final de la Historia: el fin de todo proyecto, la disolución de todas las instituciones y la restitución de los bienes requisados en nombre del Progreso y la Legalidad internacional de un sistema que sostiene y soborna a las mismas instituciones que han de velar por él.


Que sepamos, nunca hasta el momento de nuestra historia, un grupo de intereses heredados han hecho peligrar como hasta ahora a una especie y su entorno ecológico como lo está haciendo éste.


En Final de la Historia es, por todo ello, inminente... De qué serviría, pues, la Historia si las voces que han de narrarla sobreviven enmudecidas mientras sus verdugos duermen la siesta recostados sobre nuestras ilusiones, como sábanas de usar y tirar de un motel de carretera.