Este blog no es más que un cajón de-sastre, en el que nada es lo que parece, un paseo urbano y dominguero por el tiempo y nuestro tiempo, por literaturas, imágenes y ciudades; una encrucijada de pa(i)sajes fronterizos
El poeta tiene la cualidad de dar constancia con su actividad del ansia de expresión de aquello que nuestro lenguaje es incapaz de aprehender.
Aquello que quiere ser dicho queda irremediablemente afuera del mundo lingüístico, no es propio de esto que el lenguaje hace con(de) nosotros, forzando que nosotros seamos nosotros y no esto.
El mundo del lenguaje queda así engarzado y a su vez compartimentado en el mundo de las cosas, y yo o nosotros estamos en el rugido o en esto de manera que de alguna forma estoy/estamos condenados a entenderme(nos).
Lo habitual es una conducta natural, entendiendo por natural un temperamento instintivo puesto de frente al mundo del lenguaje, donde confluye lo natural del ente que es uno mismo.
Pero el poeta va más allá, unos pasos más allá, porque con su artificio, con su oficio de prestidigitador, mediante técnicas con las que de alguna manera ha sido adiestrado, es capaz de forzar los límites del sentido, los límites del lenguaje.
Su gesto puede ser bello o suscitar cualquier otro sentimiento, sin valoraciones, aunque también haya quienes no despierten nada (como yo hoy), pero no cabe duda del carácter exhibicionista de sus prácticas: todos tomamos consciencia de que aquello que nos rodea es el resultado de innumerables batallas previas, colectivas e individuales, contra el sentido, de nuestra revuelta contra el lenguaje.
Pero la batalla, no hay vuelta atrás, siempre, sea como sea, la ha de ganar el sentido, y el fruto del trabajo del poeta es esta cicatriz con que se presenta ante su público, no sin cierta premura exhibicionista, como lección de humildad.
(¿Y por esta razón sueles conjeturar que las aspiraciones de la ciencia son pura bravuconería?
… porque la palabra fuese el phármakon. Aquí reside la razón de la palabra (y su fracaso, el de la razón y la palabra).
De creernos enfermos a sabernos infectados por el mal que dicho fármaco ha de contrarrestar para paliar una sintomatología a todas luces fuera de cualquier lugar, sólo media este instrumento de sonidos elocuentes con el que intervenimos quirúrgicamente la naturaleza lejana y expropiada, la de las partículas que reaccionan entre sí, la que no se pliega a la mirada, a menos que recurramos a prótesis de representación microscópica, para extirpar el silencio: la Nada.
Y la palabra, que se acomoda en este vórtice para tomar impulso, repelida por la vorágine de una fuerza que la extraña del vacío originario del que emana toda potencia, no es más que la arquitectura del modo de nuestras aspiraciones. Son caprichosas y exigentes. Difícilmente alcanzamos a poder satisfacerlas; cada una de ellas demanda sus requerimientos gramaticales, tras los cuales orquestan e imponen un orden de las cosas que, sin ellas, flotan ingrávidas, sin centro, des-temporáneas, más allá toda constelación.
Como pertrechos, camuflajes, con-forman su melodía, mientras nosotros, éstos que, dicen, decimos ser, sancionamos el silencio que envuelve el mundo sin palabras, e inventamos, como niños sin hogar, indigentes, el desquiciante juego de la autoría, el de las preguntas y respuestas, moldeando con arcillas de otras calidades el recuerdo del calor de la lumbre que, en verdad, jamás nos alumbró.
Y es que el horror de la nada ha sido un aliado común de las palabras y sus apetitos: el afán de enmudecer la ausencia de sonido y pensamiento, su inclinación por amueblar la morada de cristal que preside el páramo baldío de la existencia y la ambición palaciega por coronar el mundo y laurearlo de sentido.
Mientras tanto, la palabra que, sin aspiraciones, prorrumpe desacompasada con la naturaleza que no es capaz de ocultar o sustituir; el gruñido, el sonido que, como un guiño, acompaña a la sensación, pero que no es sensación, sino el desquite mismo fonéticamente onomatopeyado, reverbera, y se hace eco, lanzado, como registro, que cesa con la misma sensación a la que la palabra y su adecuación física, en forma de conducta, tratan de acallar, modificar en su representación o estar-en-lugar-de.
Y así buscamos refugio en las palabras, como plegarias con las que dar forma o ocultar esta Nada, que yo soy, que me rodea, que somos todos. Que últimamente salta a la vista.
Quisiera poder tener palabras con las que decir “no tengo palabras” y hacerme comprender y lograr olvidar que también comprender es otra palabra. Pero esto, sólo lo puede el silencio, este silencio que habla y grita. (Escuchadlo.)
Cómo decirlo: que no quiero ser un tipo odioso, tan idéntico a mí mismo, que no me consuelo con palabras declamadas o pensadas para tal fin (el consuelo), que celebraría ser, en el mejor sentido de la palabra, Otro, y poder sentir, más allá de cualquier satisfacción, que soy, de mis palabras, guardián en usufructo, sin alardes, como el diálogo del ventrílocuo: un malabarista sobre el escenario.
Se nos van: nunca fueron nuestras, somos nosotros quienes les pertenecemos. (Anudados a ellas.)
Hoy daba vueltas en torno a este concepto; mejor dicho, en torno a la fuerza significativa del silencio. Recorría este camino tantas veces frecuentado, giraba en falso, me extraviaba o entraba en callejones sin salida: una manera como cualquier otra de salir a pasear.
Resulta complicado recorrer un tren con el mismo tren que has de recorrer.
Vuelta a empezar.
En todo este galimatías hay una cuestión que siempre me resulta, de alguna manera, “significativa”, de la que siempre parto, precisamente porque marca un hiato, un silencio, y suele ser omitida o pasada por alto: por lo general, nuestra concepción natural, intuitiva, sobre la significación, la comunicación y el lenguaje nada tiene que ver con su funcionamiento real. Tratando, estéril, de tantear una teoría o dar con una explicación, me decía a mí mismo que no debía extrañarme de esa manera, ya que el lenguaje es la base de todo lo demás, de todo aquello que concierne a nuestra condición; una condición, como siempre digo, manufacturada, cuya enhiesta estructura es tan alta y compleja como débiles sus cimientos y vigas.
Un castillo de naipes, dentro de una vitrina, en medio de un huracán. Ésta es nuestra condición.
Hoy estoy espeso, echemos mano al libro...
¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal. (F. Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.)
De igual modo que se nos hace imposible poder desentrañar los mecanismos del sueño mientras dormimos, todo lo que concierne a nuestra vida en común está entrelazado, conformado y dirigido por el lenguaje, es lenguaje; en palabras de Heidegger, “nuestra morada”. A simple vista bastaría con salir al exterior, posicionarse en un lugar cuya perspectiva nos ofrezca una panorámica de la casa y... Voilà, ya tenemos las respuesta que cientos de tipos aburridos y con mucho tiempo libre llevan buscando desde hace ya más de dos mil seiscientos años: hemos contemplado el ser, podemos dar respuesta a la pregunta fundamental con la que, una vez resuelta, tendremos el secreto del Bien y del Mal, la fórmula imposible de la felicidad y toda nuestra vida humana cobrará sentido en cuestión de segundos mecidos en esta epifanía. ¿Qué es ser?(¡ups!) Sólo que hay un problema; fuera, ahí fuera, apenas podemos soportar unos instantes, y no sólo por el desarraigo y la soledad que su vacío, la intemperie, amigablemente nos proporciona, sino, porque ahí fuera, todo está oscuro; sólo dentro de nuestra morada podemos mantener las ascuas vivas que iluminan esta estancia, entrar en calor: delimitar los contornos, distinguir las figuras, concretar los detalles de lo que se nos ofrece... fuera de ella, nuestra percepción, la reflexión, todo nuestro instrumental de aprehensión sencillamente no es, queda clausurado; razón por la cual, dicha experiencia ni tan siquiera conforma una experiencia, puesto que, para comunicarla, requerimos del lenguaje y nos alejamos, años luz, de ella. Si tuviera que expresarla, de alguna manera, su grafía sería ésta: des-estar/des-apercibirnos.
No hay manera, apenas nos queda encogernos de hombros y permanecer en silencio.
En torno al silencio, aparte de la paja mental que me acabo de hacer en público, observo una paradoja: sucede que aquello que quisiéramos decir, esto que más ansiamos poder expresar, no puede ser dicho, momento en que el silencio nos induce al desasosiego; por contra, en algunos casos, precisamente en aquellos en que preferimos permanecer callados, por las razones que sea, eso que tratamos de ocultar es dicho por el silencio. En el primer caso, el silencio es signo de una carencia o de una imposibilidad, en el segundo, el silencio es signo lingüístico, gesto cargado de significación, de lo que nuestras palabras, en el caso de ser dichas, sólo tratarían de enmascarar y, por ello mismo, callamos; lo cual revela sin tapujos la naturaleza del signo lingüístico y el juego de contrapesos que se ponen en marcha cada día, cuando salimos del sueño para vivir somnolientos, entre tanteos y juegos de poder: juegos de palabras.
Hay silencios muy elocuentes.
Pensaba en todo esto desde un principio, confieso, con una imagen cinematográfica en mente y recordaba la relación de los dos personajes que la protagonizan, marcada por el silencio. El film se titula El tercer hombre, está dirigido por Carol Reed, con guión de Graham Greene, y la escena en cuestión está interpretada por Joseph Cotten y Alida Valli; él representa a un escritor americano al que no se le ocurre otra cosa que acudir a una ciudad europea, Viena, tras la segunda gran guerra, en busca de trabajo; ella encarna a la antigua amante de un amigo de él, precisamente el mismo que lo animó a presentarse en Viena con la promesa de un trabajo. Él no es más que un escritor de novelas baratas –así es como él mismo se describe- que, cuando llega a la ciudad, se encuentra con que su amigo ha muerto... El hecho es que, en determinado momento, él comienza a sospechar que su amigo ha podido ser asesinado y, presto, como los personajes de sus novelas, a descubrir al asesino, entabla amistad con la que fue su amante. Como dos y dos son cuatro, las protagonistas de aquellas películas solían ser muy bellas y los hombres cuando estamos solos en una ciudad, borrachos, desesperados y enfurecidos somos capaces de todo, hasta de enamorarnos, sucede lo previsible. En este contexto que, espero, para quienes han tenido la paciencia de leer hasta este punto, no os haya aburrido demasiado, transcurre la escena: nuestro don Juan, al que le ha picoteado un dedo un loro y ha engarzado con la borrachera del día anterior una nueva borrachera con todo el dinero que le quedaba, acude al apartamento de ella para despedirse... en cierto momento él se insinúa a la chica, bueno, miento, directamente le revela que está enamorado de ella –lo sabe- y ésta permanece en silencio. La frase es de él: Hay silencios muy elocuentes.
Esta escena nos traslada, a través del silencio, a la última escena del film. Los protagonistas se encuentran en el segundo entierro que presencian en una semana del mismo hombre; esta vez el hombre sí es el amante de ella y, esta vez, a ambos, los separa un abismo en el mismo encuadre. Frente a frente, no hay manera de romper esa distancia. En la siguiente secuencia, en una avenida arbolada que se pierde allí, donde el punto de fuga, él decide bajar de un automóvil para esperarla a ella, que se acerca andando, lentamente, pero con paso decidido, hacia la cámara; él está en primer plano, si no recuerdo mal –describo de memoria-, a la izquierda del encuadre, apoyado en un automóvil. Cuando ella alcanza su altura, gira a la derecha, tomando una curva imaginaria, y sale del plano.
Hay silencios que acogen una mayor densidad semántica que cualquier desfile de palabras.
(Por cierto, el primer silencio se debe a que ella no había olvidado todavía a su amigo; el segundo a que él, llegados a cierto momento, y por razones ajenas a ambos, lo había matado...)
Uno de los padres fundadores de la mayor enfermedad que ha padecido nuestra raza desde que abandonó la sabana y se adentró, quién sabe con qué propósitos, por las rutas de los glaciales, la Filosofía, lidió, en varios de sus diálogos, precisamente, con el vehículo propicio a través del cual, esta forma de pensamiento obtuvo carta de libertad. Con contradicciones de este tipo se ha erigido a sí misma nuestra civilización.
Platón traza una dicotomía, establece una oposición, dadas sus propensiones maniqueas, en torno a una contradicción interna a su propia condición dentro de una cultura que agoniza. Pero esto no es lo que tratamos ahora. Lo importante, lo relevante en el caso, es la lectura de Derrida: con este discurso, basado en una contradicción interna, ajena a nuestros tiempos, nuestro amigo el griego funda o naturaliza una intuición sobre el lenguaje y el pensamiento que ha de servir de base a una epistemología concreta: aquella en la que la verdad adquiere ontología, cobra legitimidad como proyecto y se consolida en una vía hacia su adquisición. Siguiendo el hilo intrincado de este “cavernícola” arrepentido, el lenguaje y su deriva escrita, gráfica, nada tiene que ver con el pensamiento, con su lógica interna, ya divinizada tras la escisión. Pero lo cierto es que aquél que con nostalgia oral “escribe” sus diálogos bajo el cobijo de la poética que tanto y tan sesgadamente denostó, con dichos discursos trataba de ofrecer un “modelo” de pensamiento, basado en la categorización, diferenciación, conceptuación que habría de edificar una “lógica” discursiva y consolidar una nueva condición epistémica que, ya en su tiempo, pese a sus pretensiones de oralidad, decadente en su contradicción, comenzaba a ser irrenunciable.
Es en Fedro –ya hemos oído hablar de ello- donde Platón comienza su campaña de desprestigio –como vemos, no hay nada nuevo en el horizonte cercano- contra los logógrafos y relata la historia de Theuth y Thamus para determinar que la palabra escrita, «se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría». El término phàrmakon hacía referencia a una oposición de sentido: era, a su vez, “veneno” y “remedio”. Disculpen la perorata, pero, ya digo, esta episteme es ya irrenunciable. Y con él, recuso poético donde los haya (¡ups!), trataba el “filósofo” de representar aquello que, según doctrina, constituía la escritura: un “remedio” para el olvido (pues la palabra escrita era acicate para la “mala memoria”) y un “veneno”, en este caso, para la verdad o el sentido “justo”, que quedaba oculta (con este asunto comienzan las orgías hedeggerianas sobre el Ser): «El que piensa que al dejar un arte por escrito [...] deja algo claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad [...] pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios [La palabra escrita] necesita siempre la ayuda del padre, ya que ella sola no es capaz de defenderse ni de ayudarse a sí misma». Como vemos, según su interpretación del lenguaje, éste no es más que una herramienta, un utensilio, para “diferir” el sentido justo de quien ostenta la verdad sobre las cosas y cuya ausencia remite a la pérdida, al olvido, de esa verdad, no de las palabras. Con esta brecha, difícil, lo juro, de cerrar, el logos, camino de claridad, se independiza del lenguaje. Pero lo cierto, lo innegable, es que nuestro amigo “escribe” una serie de discursos que sirven de “modelo” para una forma de pensamiento con la que toda una tradición fue “educada”; lo cierto es que, allí donde “sólo quienes cultivaran la aritmética” –ejercicio gráfico-sintagmático donde los haya; deporte mental que tonifica un modelo lógico- podían acceder a su saber; lo cierto es que la práctica filosófica no es más que la intervención dentro de una red de escritos, comentarios a comentarios que, como todos sabemos, se pierden en el tiempo, constituyen toda nuestra cultura y han consolidado cada una de nuestra epistemes.
Quienes tratan de escuchar la realidad y dejan su manipulación para quienes duermen plácidamente cada noche, tienen noticia de la incomensurabilidad que se yergue al despertar cada mañana ante la palabra ajena, la quimera de la comunicación, la imposibilidad de la traducción... sin regodearse en ello; todo lo contrario, con profunda tristeza. No escapa a sus ojos la función que todo elemento gráfico, ya fuera simbólico, en un principio, o sintagmático, más adelante, desempeña desde un punto de visto epistemológico. Nuestra natural propensión a representar la “lengua” como un todo unitario, tiene su reflejo en el idealismo conceptual que más tarde consolidaría nuestra condición epistémica occidental y su institución más venerada: la Filosofía. Pero a decir verdad, sólo hace falta darse una vuelta por campos de Castilla, Aragón, Cataluña... (esto, en nuestro caso cercano) dicha unidad no existe, las variantes, dentro de una misma lengua, fonética, semánticas y de sentido, alcanzan irremediablemente la individualidad, se diluyen con la voz. Quienes saben ver este fenómeno, adquieren conciencia del milagro que nuestra vida diaria representa en ese sentido; lo alarmante no es que nos matemos unos a otros, lo verdaderamente fascinante, maravilloso, es que no lo hagamos cada día (de ello quizá debamos dar gracias a un lenguaje que no es tal, sobre el que, en un principio, todo lenguaje posterior, se edifica, y que hunde sus raíces en lo más tierno, orgánico, de cada uno de los miembros de nuestra especie; pero, claro, allí donde el lenguaje apenas llega, lo adecuado, como todos sabemos, es callar –y también saber escuchar; pues son los cuerpos quienes, en ese momento, se encuentran-).
El lenguaje nunca ha sido, y jamás podrá serlo, mera representación gráfica del pensamiento, todo lo contrario, es la escritura lo que fue modelo, institución, fundadora de pensamiento, de lenguaje (los primero amagos de escritura no eran más que prototipos de escritura cuneiforme para representar cantidades con un objetivo comercial; allí donde, evidentemente, más interesaba alcanzar un acuerdo). Hasta ese momento, el gesto, la guturalidad, la “interpretación”, los juegos de miradas, las caricias dadas o rechazadas... (nada que no nos sea aún ajeno) fueron verdadero lenguaje. Con la escritura nació el lenguaje, la lengua y, con éste, el pensamiento y la conciencia, tal y como nosotros los hemos naturalizado; también el olvido, para poder soportarnos a nosotros mismos.
Hay quienes se horrorizan cuando un individuo descuartiza a su compañera, la introduce en una maleta, recorre en el transporte público una distancia considerable, la abandona en el zaguán de su casa y al día siguiente no recuerda nada. Yo lo creo (conozco casos similares, aunque no tan bizarros) y no puedo escandalizarme (en todo caso, como digo, me entristece; pero esto no deja de ser otra palabra...), como muy lúcidamente apuntaba Nietzsche, el último filósofo que, como un maldito, tuvo que entrar en esta morada para prenderle fuego, sólo en el olvido queda fundada toda conciencia, nuestra capacidad parlante: la ilusión del sentido; es, posiblemente, el mecanismo espistemolígico más arcaico y animal a partir del cual es posible vivir en el lenguaje. No “olvidemos” que toda identidad se funda en un juego de olvido-remedo.
El olvido, eso y sólo eso, es la humanidad.
Ya sabemos cuál ha de ser el phàrmakon con el que construir un nuevo mundo, el antídoto contra una humanidad en mayúsculas que rinda pleitesía a esa otra humanidad y logre hacer añicos las divinas esculturas: polvo para una nueva argamasa. Quienes viven despiertos, des-conocen y escuchan, recuerdan y enfrentan olvido, en ningún modo son libres; sencillamente adquieren la humanidad despojada, presienten lo que, en ningún modo, podemos dejar de ser.
Todo lo demás es una neurosis (¡Diablos, no hay manera, nominees sum!).
La voz es algo neutro, todos tenemos garganta; pese a que el timbre diga lo contrario.
Las palabras también lo son; por si solas, simples y vacías, huecas, no hacen daño a nadie, en todo caso, somos nosotros quienes nos hacemos daño con palabras. Otra cosa es el lenguaje; en él, se transforman las palabras en dardos arrojadizos plenos de sentido, como palés viejos cercando los discursos, otorgándoles un poder ilimitado en el valor venido de la significación. Una vez instaurado en el lenguaje, la libertad no es más que un nombre común precedido por el pronombre femenino que lo acompaña, o un adjetivo insustancial que suele adornar otros sustantivos con los que engalanamos nuestro pecho; medallas de latón que lucimos como nuestras mejores galas.
El parloteo que bulle por los salones de fiesta de la alta y baja burguesía comprende la existencia humana en su totalidad: la vida como un gran festín al que todos estamos convocados; el único requisito es la participación, el parloteo y adscripción a un grupo de coloquio y a unas formas de conducta. Hay quienes olvidan todo este “mareo” y viven la fiesta como uno de tantos que recibieron su invitación a tiempo; otros muchos, tienen la extraña sensación de no haber sido invitados por el simple hecho de haber perdido su invitación. Los hay, también, quienes la arrojaron al suelo cuando descubrieron que todos sus amigos no fueron llamados u otros, muy cortésmente, por las instancias oportunas, se vieron despedidos sin más. Tan sólo nos quedan unos pocos, aún más absurdos. Éstos, habiendo rechazado, injuriado y ridiculizado a sus anfitriones e invitados, en muchos casos, tras montar un gran revuelo con visos de espectáculo circense, subidos a un atril y proclamando sus disconformidad eterna contra todo lo que los rodeaba, deambulan ebrios de palabras y discurso, mimetizan, como papagayos geniales, lo dicho por quienes con mayor gracia y retórica logran no decir nada más que lo justo que hay que decir cuando no hay nada más que decir, lo dicho, que por decir no quede.
Lo absurdo e irritante de su actitud, es el espíritu trasgresor tras el que se cobijan; pretenden descalificar el boato del discurso, el poder con que se detenta y el vacío al que refiere, por medio de un discurso engalanado con el poder robado y sacrificado que ahora ostentan; pretenden cubrir una mentira con otra mentira; en-cubrir la mansión con falsas enredaderas, con la esperanza de administrar (engordar) su linaje y reconducir la velada.
Se trata, como todos sabemos, de una gran fiesta que nuca termina, de una gran noche imposible donde todo puede ocurrir; pese a los carteles que al alba anunciaban el programa de actividades... ya se sabe, luego las cosas discurren con su propio ritmo y todo se desvanece, como en sueños, con los primeros rayos de la mañana.
* * *
Nunca las tres en raya son el mismo juego, de lo contrario jamás, tras el castigo, hubiéramos vuelto a dibujar el tablero sobre la hoja cuadriculada arrancada durante la clase de matemáticas.
¿Qué ocurriría si, un día o una noche, un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: "Esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión -y así también esta araña y este claro de luna entre las ramas y así también este instante y yo mismo. ¡La eterna clepsidra de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito del polvo!"? ¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te ha hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: "Tú eres un dios y jamás oí nada más divino"? Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa: "¿Quieres esto otra vez e innumerables veces más?" pesaría sobre tu obrar como el peso más grande! O también, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que ésta última, eterna sanción, este sello?
(Friedrich Nietzsche, “El peso más grande” en La Gaya Ciencia, 341.)