martes, 6 de abril de 2010

# 1


El final de la Historia no debería evocar una imagen horrorosa ni despertar en nosotros ansiedad o melancolía. A decir verdad, nuestra imagen del final de la Historia ha de ser la de una fastuosa, eterna y sofisticada fiesta carnavalesca.


A ella están convocados todos aquellos que nunca hallaron su lugar en las celebraciones conmemorativas previas al final de la Historia, quienes no llegaron a tiempo, aquellos que vieron marchar su oportunidad o fueron, sin más, descartados; ese geriátrico imponente y canalla de antiguas formas, que se sacude a golpes los embates del tiempo y se revuelve ante la violenta llamada al apremio en nombre del Progreso, encubierto por la impostada máscara de la diferencia o lo novedoso.


Sólo la falsa imagen del tiempo como sucesión de instantes irrepetibles ha dado lugar a la más frívola de todas las nociones de historia y al más falso de todos los conceptos: la ilusión de novedad; pues el final de la Historia sabe que la experiencia originaria del Tiempo es el irrevocable retorno de lo mismo.


El resultado es una imagen barroca, quizá un tanto grotesca.


Camino al recinto ferial se extiende un gran mercadillo retro, por cuyos pasadizos todos los convocados resuelven, sin urgencia ni dirección única, las formas que representarán en este feliz e incansable baile de máscaras en el que todos los acontecimientos pasados confluyen en un único y grandioso acontecimiento museístico sin parangón antes del final de la Historia. En esta gala de celebración de la vida y exaltación del Hombre, podemos ver departir y danzar, en un único compartimento sin límites, con las copas plenas de júbilo tintineando entre sus manos, a piratas e indios; chamanes que intercambian estrategias formales con dioses paganos mientras fuman en pipa y mercadean con palabras de humo; sensuales perfiles decimonónicos al compás de melodías electrónicas digitalizadas; rutilantes sombras futuristas plasmando escenas primitivas sobre lienzos de vidrio; individuos de tez oscura, turbante y mirada aguileña planeando en ala delta sobre nuestras cabezas o antiguas legiones romanas trabajando codo con codo para precisar la óptica de un gran telescopio a través del cual observamos, como estrellas lejanas, bailes paralelos de celebración, por todo el universo, del final de la Historia.


El final de la Historia es la interrupción definitiva del Tiempo histórico como errancia del Espíritu hacia una auto-promesa insatisfacible, que de forma compulsiva despreciaba como lastre porciones de espíritu en plena agonía, haciendo caso omiso a su mirada expectante e implorante, para aliviar ese carga involuntaria y que nos ha hecho zozobrar.


El final de la Historia supone la condensación del Tiempo, de todos los tiempos; pues a todo espíritu le llega el momento decisivo, el instante pleno que copa de sentido aquello que nunca lo tuvo, de su constitución, fundada en una elección, como Espíritu, que ha de repetirse con cada amanecer del día del final de la Historia.


El momento del final de la Historia es nuestro momento; ya no hay vuelta atrás.


Por ello mismo, en esta fiesta sin anfitriones, no hay ninguno, ya, que luzca esa impostada máscara con que la modernidad nos quiso vestir, ni altar sobre el que bendecir a la última de las categorías metafísicas: lo novedoso y la urgencia (por no dejar sus huellas junto al cadáver) que lo acompaña; pues el único tiempo que no tiene lugar en este Tiempo pleno, es ese tiempo caprichoso y obstinado que sólo anhela devorarse constantemente, de forma decadente, obsoleta, frenética y obsesiva, sin cuidado, insobornable, marcial... ajeno a cuanto le rodea y a esas palabras con que las cosas presentes nos hablan del pasado.


El final de la Historia entona una melodía polifónica interminable en la que, según la estructura clásica del canon, junto a la imprevisibilidad (no siempre, es cierto) del jazz, se van sucediendo y solapando distintas y sorprendentes voces, ritmos, escalas y variaciones que armonizan, con ese siniestro aire de familia, al Hombre como nunca hasta el final de la Historia ha podido serlo.


6 comentarios:

  1. Uff... cada vez que le visito tengo que cancelar la visita con el psicólogo (psiquiatra, entre nosotros). Sus textos son de una densidad contundente (que no ladrillos, aclaro)
    Siempre suyo
    Un completo gilipollas

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  2. Querido Gilipollas,

    no se preocupe, puede expresarse libremente y si le parecen ladrillos decirlo sin constricciones... (a veces lo son).

    Por lo demás, si es cierto que visitar mi blog favorece que cancele su visita al psicólogo (psiquiatra, entre nosotros), eso que gana y dinero que ahorra.

    Mi estrategia es similar: antes de tratarme a mí mismo con terapeúticas artes, escribo ladrillos con los que me desahogo...

    Muchas gracias a usted por hacernos reir.

    Merci

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  3. No se qué pasó con mi comentario... ufa!

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  4. ... pues yo tampoco; en este blog no se moreran los comentarios. Vuelve a escribirlo, si quieres.

    Ah, y encantado.

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  5. Hay un final de la Historia? O simplemente el final es el del tiempo histórico de cada uno?

    Abrazos

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  6. H., el tiempo subjetivo, particular de cada uno, no es histórico; el tiempo interior se asemeja a la estructura de una espiral: resulta fragmentario, no lineal, e intercala, dando saltos, experiencias estableciendo relaciones que no se corresponden según el principio de causalidad del tiempo histórico lineal, teleológico... Su valor no reside en la adecuación con unos hechos sino en la fuerza con que se nos ofrece en un momento determinado...

    En cierta manera el final de la Historia es el momento en que debemos hacer justicia al tiempo interno.

    Ya veré si cuelgo más entradas sobre este tema (llevo un par de días desubicado y me temo que he vuelto a tropezar con la misma piedra, parece que no aprendo).

    Un abrzo

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