jueves, 1 de septiembre de 2011

Abtrünnigkeit (II)


Con este título dediqué hace casi dos años una entrada al ensayista austriaco Josef Werner –por quien reconozco que siento cierta debilidad- y a su obra (Die Passagen der Wüste), un compendio de ensayos o textos breves de carácter expresionista que sincretizan, con la maestría de un poeta y con la lucidez de los filósofos oscuros, un diagnóstico prematuro de nuestro tiempo.


Werner atravesaba las disciplinas y las fronteras entre géneros, era un maestro de las palabras, un viajero en la Historia y lector compulsivo de las miradas, de los cuerpos, de “los espíritus nerviosos”, como él los llamaba. Indagaba en los acontecimientos para dar con la huella o la muesca con que lograr transgredir la línea espacio-temporal, desenredando la madeja y abriéndonos a un plano temporal donde los acontecimientos se nos muestran en su acontecer, más allá de toda relación causal, donde adquieren valor en sí mismos, dentro de la constelación de elementos que, como una estructura camaleónica que acompaña lo humano, siempre oculta, paciente espera su oportunidad, su implacable constancia en el ser.


De Werner todo está por decir, pues apenas se ha dicho nada de él; si acaso podemos encontrar alguna referencia a su obra o su persona en interminables listados bibliográficos de literatura alemana del siglo veinte, entre cientos de nombres de escritores o pensadores de segunda o tercera fila. Lo que, probablemente, para él sería todo un orgullo.


Su obra, como ya aventuré, todavía no ha sido (y dudo que llegue a serlo) traducida al castellano. Las escasas ediciones alemanas que existen suelen ser sufragadas con fondos públicos –lo cual, hoy en día, dificulta aún más que vuelvan a ser reeditadas- y los pocos ejemplares que salen de imprenta apenas si se distribuyen en contadas librerías especializadas, mientras, por lo general, acaparan polvo en algún anaquel olvidado entre las pocas bibliotecas municipales alemanas que tienen la suerte (sin saberlo) de guardar el legado de uno de los grandes alemanes del siglo veinte.


Una pequeña editorial independiente alemana (por el momento no puedo dar el nombre) estudia en estos momentos la viabilidad de publicar su correspondencia (inédita en cualquier lengua hasta la fecha), que, mientras tanto, permanece olvidada en algún archivo bajo llave en la Biblioteca Estatal de Berlín. Su directora editorial, una vieja amiga, me comenta que, hasta el momento, todos los informes de lectura que se han llevado a cabo son elogiosos, en cuanto al estilo y el contenido de la misma, pero muy poco favorables a su publicación, dada la escasa salida que tiene este tipo de literatura en los circuitos comerciales y las muy pocas posibilidades de que la editorial obtenga algún tipo de subvención otorgada por el Ministerio de Cultura alemán para su publicación. Con todo, y dada su insistencia, se hacía necesario un informe positivo, que ya está redactado y enviado, para su tramitación. Ojalá haya suerte en este caso.


Aquí os dejo, traducida, una de las misivas que Werner escribió a la que fuera su amante de juventud (de la que sólo sabemos, por medio de su correspondencia, su nombre: Andrea). Está fechada sólo dos años antes de su muerte, pero rememora acontecimientos de principios de siglo, entrelazándolos con el presente en el que escribe a una interlocutora casi ficticia, pues es más que improbable que su vieja amante, de estar todavía viva en ese momento, mantuviera ningún tipo de intercambio epistolar con Werner. Como gran parte de su correspondencia, jamás fue enviada, y apareció, junto con muchas otras cartas, en el interior de una caja abandonada en un altillo de la que fuera su última residencia conocida (la habitación de un hostal, ya desaparecido, de Berlín). Fue una auténtica suerte que no se perdiera entre los escombros del edificio, pues su periplo merece una mención aparte: alguien las encontró, todas ellas en su sobre, con sello oficial, destino y remitente; años después fueron vendidas en una feria de filatelia y, sólo entonces, un coleccionista supo reconocer el nombre en la firma de su autor. Hoy permanecen inéditas, algunas de ellas son realmente bellas, otras delirantes y todas, en su conjunto, testimonios de otra época que, pese a la distancia, no deja de solaparse a la nuestra, como si el destino de Europa no pudiera dejar de ser uno, indisoluble, cualquiera que sea ese destino.




***



Berlín, 19 de septiembre de 1927




¿Recuerdas, Andrea, aquella madrugada de fin de siglo?


Entonces éramos todavía jóvenes, y ni los pretorianos del que nunca tornaría a ser kaiser ni el hiriente soplo de viento que, gélido, circunda la vida cuando marca el paso de las épocas, podían hacer mella en unos espíritus que creyeron eternos aquellos instantes que hoy sólo son memoria anegada por los suburbios que ahora me contemplan aquejado por estas fiebres otoñales en mi atalaya de llamas y escombros. Llovía en Berlín, los carruajes cruzaban a la velocidad de un rayo las empedradas avenidas de nuestra vieja ciudad, nuestra por siempre -¿recuerdas?-, despidiendo el tiempo que se nos iba y despertando augurios para el nuevo siglo; los niños descalzos trasteaban sin malicia por sus calles robando brasas de los hachones y prendían antorchas con las que iluminaban nuestros pasos a cambio de unas cuantas monedas devaluadas; más tarde se disputarían, entre sombras, por los callejones traseros, las sobras de los tugurios que contienen y resguardan la furia de la indiscreción a altas horas, mientras ojos enrojecidos planificaban el nuevo asalto al palacio real.


Sí, entonces solos nos bastábamos para cruzar aquel espejo.


¿Recuerdas? Aquellas calles fueron nuestro hogar: por la ciudad nevada, buscábamos el calor abrazados a alguna botella de licor diestramente robada por aquella dulce niña de cabellos de fuego, que reclamaba huellas oraculares a los felinos que bien nos hacían grata compañía a la luz de los faroles y al olor de su aceite. ¿Lo recuerdas, Andrea? Compartíamos viandas con la más alta nobleza de los espíritus incendiarios, recorríamos la ciudad en busca de la solución a un acertijo que leíste en la fachada ennegrecida y cartelada de aquel pabellón forjado que nunca estuvo ahí; saciábamos el hambre con el calor de nuestros cuerpos, alguna noche, bajo las sábanas de una alcoba prestada para la ocasión…


Fuimos los príncipes sin blasón de aquellas calles sin nombre, sin dueño, por las que eludíamos a menudo las grandes avenidas.


Sé que hubo, más tarde, otras madrugadas de plenitud; recibí tus palabras*, junto a las fotografías, relatando tu paso por Roma –qué bella es la Fontana di Trevi cuando tú posas a su lado-, las ruinas de Aleppo o la ciudad esculpida en Petra. Lástima que este nuevo invento, testigo indiscutible de los nuevos tiempos, sólo sea capaz de captar las imágenes de nosotros mismos en tonos grises, qué tristeza no poder contemplar una vez más tu rostro ceñudo, famélico y lechoso tal y como lo percibieron, por aquel entonces, mis sentidos, y no esta fantasmagoría fotográfica en que se ha transformado nuestras vidas.


Nunca pude hacerme con un artilugio semejante para retratarte, como tanto te gusta, y siempre maldecía a aquellos hijos de la burguesía por los que abandonabas nuestro lecho para dejarte agasajar con dulces de cacao, mientras aguardábamos, la madrugada y yo, tu regreso con la luz pálida del día siguiente.


Recuerdo el gris marino de tus ojos desafiando la mirada esquiva, indecisa, de los míos; tu risa desconcertante, histérica, mientras te esforzabas por encaramarte al cerco con el que los pretorianos protegía la gran plaza de indeseables de bravo corazón y rostros barbados.


Pocos meses después embarcaste con aquella compañía teatral tras un futuro más allá de nuestra miseria. Yo debía permanecer en Berlín, objeto de mi obra, mi escritura, que, como un ser vivo, se transfigura con los tiempos y deviene otro. Difícilmente reconocerías hoy nuestra ciudad. Todos se han marchado, la nueva república fue sólo espejismo. Muchos murieron en la Gran Guerra o, como tú, huyeron en busca de otros climas menos severos (Grecia, Italia, el sur de Francia o España); aquí sólo permanezco yo, como un espíritu condenado, custodiando la vieja mansión. Hay rumores de coup d'état, de hecho un militar iluminado de baja graduación ya lo ha intentado, su partido cada día tiene más adeptos y sus memorias propagan ideas aberrantes.


Andrea, el mundo, tal y como tú y yo lo conocimos, ya no existe. Observa a tu alrededor, sea donde quiera que sea que te encuentres. Lo verdaderamente trágico es que cada día se asemeja menos al mundo en el que tú y yo hubiéramos querido vivir.


Márchate, continúa tu huída y no mires atrás, haz oídos sordos al rumor de sables que se escucha a tus espaldas, o vuelve, vuelve a Berlín, y escoge, una vez más, morir a mi lado, diferenciados de quienes permanecen en silencio, de frente a los acontecimientos, mientras entregamos la vida como si aún estuviéramos vivos, como aquella vez, ¿recuerdas?, en que estuvimos vivos. Ésta será nuestra última y mejor función, el papel que nos han dado a interpretar.




Josef




* Entre la correspondencia de Werner que pudo recuperarse no se ha encontrado ninguna carta remitida por la destinataria de este epistolario; sí se halló correspondencia mantenida con otras personas y, gracias a ello, ha podido ser recuperada gran parte de la misma.


6 comentarios:

  1. Estimado Rai, no conocía al autor, gracias por el descubrimiento.La carta es maravillosa, muy emotiva,verdadera poesia.Ojalá se publique el libro.Un abrazo.

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  2. Gracias a ti... Me alegro de que te haya gustado, ojalá algún día tengamos una buena traducción de Werner, aunque lo dudo... A ver si me animo y cuelgo de vez en cuando alguno de sus textos.

    otro para ti

    rai

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  3. Vuelvo de nuevo a releer tu magnifico post. A menudo me planteo cuando leo correspondencia privada publicada o diarios ¿qué pensaría su autor?,¿no crees que cuando se hace sin consentimiento del autor hay en ello una vulneración de la intimidad?.

    Hay un caso paradigmático, el del antropólogo Malinowski. Cuando hizo su trabajo de campo en las islas Trobiand escribió un diario privado en el que contaba intimidades y se desahogaba de algunas frustraciones puntuales, consecuencia de su lejanía de la metrópoli (somos hijos de la cultura en la que nacemos).

    Su viuda, fallecido ya Malinowski, publicó el diario privado.Se generó un escándalo en el círculo antropológico puesto que el escrito mostraba una cara de Malinowski desconocida, con prejuicios, con momentos de excesiva "humanidad" que contrastaba con su hasta entonces impecable imagen oficial de gentleman.

    ¿Qué piensas sobre este punto?, me refiero a la vulneración de lo íntimo por publicaciones post mortem de familiares, herederos etc. ¿hasta que punto es ético?.
    Un abrazo

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  4. Gracias por pensar que las cosas que cuelgo pueden llegar a ser magníficas... Ahora que no nos escucha nadie, este año he actualizado mucho menos el blog. Ha sido un año difícil y complejo, a ver si alcanzo cierta tranquilidad y vuelvo a la frecuencia con la que posteaba antes.

    Sí, lo había pensado, muchas veces lo he pensado. Recuerdo, concretamente, cuando leí los diarios de Kafka en la facultad; tuve esa sensación de estar entrando en donde no debía, en donde nadie debía entrar (Kafka pidió que toda su obra fuera destruida, imagina cómo le hubiera sentado ver publicados sus diarios).

    Es un asunto difícil, ese tipo de textos íntimos son de gran ayuda para los estudiosos de una obra, de un autor, de un pensador... Por otra parte, muchos de esos textos sí fueron escritos para ser leídos (en el caso de Kafka no era así: en sus diarios está expuesta toda su neurosis y sus relaciones familiares o amorosas). No conocía el caso de Malinowski, tampoco sé hasta qué punto sus diarios privados lo eran (no los he leído) e imagino que su viuda obtuvo beneficios económicos por darlos a imprenta...

    En fin, posiblemente cada caso sea un mundo.

    La de escritor es una figura contradictoria, puesto que hace de su voz pública un disfraz, una forma de ocultar una experiencia particular, dándole una forma con que presentarla, amparándose, parapetándose en el estatuto de la ficción. Nunca, nunca creas del todo lo que cuenta un poeta, siempre hay truco, incluso cuando no es tan evidente. La verdad del poeta es su consciencia, esa evidencia con que muestra la ausencia de verdad, de centro, de gravedad... La poesía no miente en un sentido concreto: es el único discurso que renuncia explícitamente a la verdad; ésta es la verdad de la poesía.

    Yo mismo me parapeto tras este blog casi anónimo; yo mismo me columpio en esa contradicción: el exibicionismo de la palabra tras la que, a su vez, trato de ocultarme. (No hay nadie con quien trate yo a diario que sepa que yo tengo este blog.)

    Supongo que la publicación de ese tipo de textos estaría deslegitimada en el sentido de que muestran al actor a medio maquillar, antes de salir a escena, en ropa de calle... No es una cuestión moral, se trata de una cuestión espacial: cada palabra tiene su lugar; lo es lo mismo que un personaje de novela le diga a su amada "tengo miedo, te necesito" a que estas palabras sean dichas en otro espacio, frente a una persona y de viva voz... Supongo que cuando leemos un diario íntimo que no fue escrito para ser publicado, lo que estamos es escuchando unas palabras que no van dirigidas a nosotros, en un contexto que no es el suyo; sencillamente lo que hacemos es espiar en la alcoba de alguien.

    Pero no te engañes, que el sentido sea más rico (porque parece que arroja nueva luz sobre los textos públicos) no quiere decir que sea más jutos, más adecuado el sentido intencional. Yo no creo en el sentido unívoco, de las cosas, las palabras, los hechos o las personas, creo en nuestras ansias de sentido y en esa capacidad (y delicadeza) que tiene la vida para abrirse al sentido. No hay nada como carecer de sentido para te lo atribuyan; no hay mejor lienzo que el lienzo en blanco.

    Un abrazo

    (por cierto, ¿te afectan a ti los recortes en educación...?)

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  5. Muchas gracias Rai por la contestación. En este blog las respuestas son tan enjundiosas como los post.

    En cuanto a los recortes, si me afectan. Trabajo en Castilla la Mancha, ahí estamos de asambleas,(¡después del 15M todo son asambleas y comisiones!) y con amenazas de huelga que no acaban de concretarse.

    Un abrazo y espero que esas situaciones complejas que mencionas se solventen con prontitud.

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  6. Lo mismo digo, espero que el drama que está viviendo este país no se extienda aún más.

    (Lo único bueno de todo esto es que estamos siendo testigos de un momento de cambio y transformación. Quizá algún día, al volver la vista atrás, recordemos estos tiempos difíciles como los más felices de nuestra vida. La condición humana es así de contradictoria. Mejor pensar que así será.)

    Un abrazo


    rai

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