lunes, 28 de noviembre de 2011

Paradigmas (II)


Este pasado jueves fallecía Lynn Margulis, una de las grandes biólogas de los últimos tiempos, además de una persona lo suficientemente crítica, valiente y lúcida como para enfrentarse a la doxa científica poniendo en entredicho al neodarwinismo (o al menos sacándole los colores) y proponiendo una alternativa al paradigma.


Si hay alguien lo suficientemente aburrido como para haber seguido todas las entradas de este blog y además les ha prestado atención, se habrá percatado de que quien suscribe, siempre que puede, tratar de poner en evidencia el paradigma darwinista. No, no se alarmen, no voy a plantear una encendida defensa del creacionismo ni erigirme como iluminado new age planteando una teoría alternativa y autocomplaciente que nos abra a alguna forma de trascendencia ni nada por el estilo; soy un animal en peligro de extinción, pero no estoy tan tarado.


Antes de rendir homenaje y explicar en qué sentido los estudios de Margulis parecen ofrecer una vía alternativa útil para el nuevo paradigma que se está creando sin que ustedes, pobres mortales, sepan nada ni hayan oído hablar del caso en los medios de comunicación, quisiera, dentro mis limitadas cualidades doctrinales, aclarar unos cuantos puntos y malentendidos en torno a lo que significa “ser darwinista”.


Para empezar, no está de más concretar en qué consiste el creacionismo, que fue el paradigma previo al darwinismo, a nuestro paradigma. El creacionismo, muy sucintamente, viene a explicarnos que todas las especies que hoy habitan este planeta siempre han estado ahí, desde que fueron creadas por un dios monoteísta cualquiera, de andar por casa, y siempre han sido tal y como ahora son. Como es evidente, por mucho que algunos estados norteamericanos se empeñen en desmentirlo, el registro fósil que se encuentra por todo el planeta, viene a decirnos todo lo contrario: que hubo otras especies que ya no están y que muchas de las que ahora sí están, antes, hace miles de años, eran distintas; lo que a los herejes nos lleva a pensar que habían ido variando con el tiempo.


Muchos años antes de que Darwin emprendiera aquel famoso viaje con el Beagle, el evolucionismo ya era una hipótesis en boga dentro de la biología que trataba de explicar el registro fósil; el problema, básicamente, consistía en que, para que el evolucionismo, como paradigma, sustituyera al creacionismo, era necesario que éste, como teoría, fuera más explicativo y capaz de llevar a cabo mejores predicciones. Algo que, en aquel momento, puesto que ni las leyes de Mendel habían sido formuladas ni, por tanto, alcanzado la difusión necesaria, ni las observaciones de Darwin habían tenido lugar, no podía ser aceptado. Si así era, si las especies eran el resultado de distintas variaciones y los huesos fosilizados de aquellos extraños animales no eran más que antepasados de las mismas especies con las que, en aquel momento, convivíamos en el planeta, ¿por qué razón cambiaban? ¿Acaso algún factor desconocido tenía la osadía de tratar de “perfeccionar” o “corregir” la obra divina?


En otras palabras: vale, las especies cambian, varían, evolucionan quizás, pero… ¿Por qué? ¿A qué se debe ese cambio? ¿Con qué objetivo?


Darwin, como os digo, no fue el padre del evolucionismo (que lo único que afirma es que las especies evolucionan y cambian), de hecho, su abuelo fue evolucionista y Lamarck también lo era, pero erraban en el planteamiento y enfocaron mal el análisis del cómo y el por qué lo hacían. Fue Darwin, efectivamente, el que dio con un cómo y un porqué capaces de hacer predicciones sobre la deriva especiativa de un grupo de individuos de la misma clase y, a su vez, explicar sus variaciones precedentes. Darwin no es el padre del evolucionismo, Darwin simplemente dio con una explicación coherente y válida de cuál era el motor de esa evolución: la presión del entorno sobre los organismos, la variabilidad entre los individuos de una misma especie y la selección natural como juez que dictamina quiénes de esos individuos tendrá más descendencia y, por tanto, más probabilidades de transmitir sus genes de generación en generación hasta que dichas cualidades se tornan dominantes; lo cual hacía implícito que este proceso era lento y gradual, mucho (más incluso que la revolución de mayo en España). Fue más tarde, con la Teoría sintética (nuestro paradigma actual, una mescolanza de darwinismo y resultados de investigaciones genéticas), cuando otra intuición de Darwin fue consolidándose como ortodoxia dentro del paradigma: las distintas familias que hoy pueblan el planeta, como sabía Darwin, muchas provenían de una misma especie, probablemente, incluso, del mismo individuo, pero nuestro paradigma actual va mucho más allá: nuestro paradigma nos dice que todos los organismos de este planeta descienden de una única y singular célula, que todas las grandes familias de seres vivos del planeta provienen, son descendientes lejanos, siempre de un mismo individuo, cuyas mutaciones, fueron heredaras por sus descendientes, transmitidas durante milenios y variando a su vez mientras daban lugar a la diversidad biológica que hoy tanto nos deslumbra.


Todo esto parece ser cierto: todo lo que a día de hoy vive en este planeta proviene de una única primera célula eucariota (las demás no tuvieron una larga descendencia), y todos los organismos que hoy compartimos mesa provenimos de algún único organismo medio complejo que tuvo una larga descendencia tras la explosión cámbrica mientras sus compañeros de viaje iban viendo cómo su descendencia menguaba y sobrevivía menos tiempo, hasta que desaparecían. Esto está probado, porque, en cierta manera, todos los organismos de este planeta compartimos, en mayor o menor medida, código genético; algunos más cercanos entre sí, otros más alejados, todos somos hijos de una única célula eucariota que apareció en un momento preciso, dejó descendencia, sus genes se impusieron a los genes de otras células similares, hasta que solamente quedaron sus hijos, que iban cambiando, acumulando variaciones, sometidas a la especiación a la que nos constriñe el ambiente.


¿Cuál ha sido siempre, desde su aceptación, el problema del Darwinismo?


Una de las primeras objeciones que surgieron fue la referente al tiempo: el modelo lento y gradual podía explicar la especiación, la variabilidad de subespecies dentro de una misma especie; pero si las grandes familias biológicas eran también el resultado de una evolución lenta y gradual, las cuentas no salían y la edad de la Tierra tendría que ser necesariamente diez mil veces mayor de lo que hasta el momento se creía. Hoy sabemos la edad de nuestro planeta con cierta seguridad, y su edad es mucho mayor de lo que se creía en época de Darwin, pero aún así, no lo suficiente como para que las grandes familias fueran el resultado de un proceso lento y gradual (o así lo creen algunos).


La segunda objeción es que, si es cierto que el registro fósil nos muestra distintas etapas, por ejemplo, evolutivas de nuestra especie, éste, siempre da lugar a especies con variaciones pero siempre muy estables, nunca aparecen los dichosos y famosos eslabones de la cadena. De igual manera sucede con las grandes familias, que aparecen en el registro fósil “de repente” o con las grandes revoluciones biológicas: la aparición de las eucariotas y la explosión cámbrica. El registro fósil hace pensar que existen saltos evolutivos o revoluciones genéticas que el modelo darwinista no es capaz de explicar.


Una de las teorías que tratan de sustituir o complementar al darwinismo es la Teoría del equilibro puntuado (propuesta, principalmente, por Stephen Jay Gould), mucho más atenta al registro fósil. Resumida, es una teoría evolucionista, en el sentido ya explicado, pero de un gradualismo menos severo, puesto que apunta a que la formación de nuevas especies no tiene por qué ser resultado de un proceso lento y lineal, sino, en algún sentido, revolucionario; como si existiera una especie de reloj interno que marca las variaciones genéticas y, cuando una especie permanece relativamente estable, parece acogerse al gradualismo darwinista, pero cuando, por razones que desconocemos, se trata de una diversificación mayor, lo hace de forma radical, en muy pocas generaciones. Esta forma evolutiva no dibuja un modelo lineal, sino ramificado; lo cual explicaría lo que hoy en día sabemos que es un hecho: que en la línea evolutiva que antes describíamos como una sucesión de individuos y especies que iban sustituyéndose por otras nuevas, más adaptadas, muchas de esas especies convivieron en el tiempo y en el espacio. La prueba de ello, ya sabéis: el homo sapiens neanderthalensis y homo sapiens convivieron durante miles de años; del mismo modo que las distintas variantes de homo ergaster o las decenas de australopitecus.


Cada vez que estas especies se miran a los ojos, la ortodoxia darwinista se estremece.


Esta controversia, aunque no esté siendo aireada (lo cual me parece adecuado –y más con los tiempos que corren-), flota en el ambiente cada vez que salen a la luz los resultado de las excavaciones que de primavera a otoño, por lo general en verano, se llevan a cabo en los principales yacimientos del planeta. Y también, volviendo a Margulis, atañe a otros campos de investigación. Conozco a grandes rasgos las investigaciones de Margulis porque las he visto citar a quienes postulan un paradigma alternativo a la Teoría sintética o neodarwinismo, un paradigma que en algunos lugares he visto llamar Teoría modular de la evolución. Esta teoría viene a decir que sólo la especiación procede de forma gradual sometida a un contexto ecológico y que las grandes transformaciones se deben a la transmisión, duplicación o alteración de “paquetes” o “módulos” genéticos que, por sí mismos, cumplen ya una función compleja y que se implementan en el sistema genético de un organismo modificando sus cualidades. Dichas estructuras o módulos pudieron ser en su día producto de una evolución gradual según el paradigma darwinista (o también fruto de una evolución modular), pero, entonces, claro, continúa, para el nuevo paradigma, faltando un porqué y un cómo. (Damos por hecho que a estas altura nadie continúa pensando que las variaciones o derivas genéticas tienen un sentido o forman parte de un proyecto –como sabemos, con la historia sucede los mismo-. El Espíritu, en todo caso, vaga, como un animal errante, como nunca hemos dejado de hacer.)


Y en esta querella aparece Margulis, proponiendo una hipótesis que en nada se asemeja a la lectura darwinista. No olvidemos que el darwinismo dibuja la deriva evolutiva como si de una guerra eterna se tratara, donde las especies compiten entre sí para hallar su espacio en el nicho ecológico y los individuos de una misma especie compiten a su vez por los bienes que aseguren su perpetuidad genética. Que nuestras sociedades sean así no quiere decir que la naturaleza deba ser así, ni todo lo contrario. El gradualismo y la competencia existen; la naturaleza, nuestra naturaleza, nunca ha sido ese lugar añorado. En la naturaleza, como en la vida, hay de todo; sólo que, además, no es de recibo aplicarle categoría morales.


La hipótesis de la endosimbiosis, de la “cooperación” entre organismos para la supervivencia, no ha de entenderse según un criterio, antropocéntrico, estético-moral: para que exista cooperación ha de existir plena consciencia y voluntad de llevar a cabo un mismo proyecto mediante alguna forma de comunicación; algo que, siento decir, no hacen las células procariotas. Quizá podamos llamar comunicación a un intercambio químico, o cooperación a la unión simbiótica, pero esto son usos poéticos de la palabra. Porque ésta es la hipótesis de Margulis: la sorprendente y enigmática aparición de la célula eucariota, así como lo que se ha llamado la explosión cámbrica, pudo ser el resultado de un proceso simbiótico entre protocélulas (las procariotas), para el caso de las células eucariotas, u organismos celulares simples para dar lugar a otros más complejos. Sabemos que antes de aparecer la célula eucariota (todos los seres vivos complejos estamos compuestos de células eucariotas) sólo existían dos o tres tipos de células procariotas, más simples y menos eficaces en su reproducción; por no hablar de que no pueden unirse para formar organismos complejos como nosotros. La ciencia nunca ha sabido explicar de dónde surgieron estas células con un núcleo definido, y explicar su evolución desde una célula procariota simple partiendo del paradigma darwinista conducía a un callejón sin salida. Además, si hubo gradualismo y evolución en un sentido darwinista, alguien debería explicar por qué las células procariotas continúan entre nosotros.


Las razones que aduce Margulis para justificar su hipótesis y demostrarla es que las partes de las células eucariotas parecen responder, cada una, a módulos o estructuras (esta terminología es usada por quienes tratan de apoyar la evolución modular con las tesis de Margulis) que corresponden a tipos de células procariotas. De modo que su aparición, su novedad, no fue el producto de un proceso selectivo y gradual, sino el resultado de “fusiones” o “incorporaciones” entre células, que dieron como resultado una célula más compleja capaz de realizar funciones, a su vez, más complejas. Los defensores de la evolución modular sostienen que este proceso que Margulis describe podría ser el primer caso de evolución modular y el auténtico motor de la evolución, mientras que las tesis darwinistas, no serían más que un añadido, un complemento o forma de especiación, a este proceso.


Desconozco quién, en este caso, se llevará el gato al agua. La tesis de Margulis es muy explicativa y parece acomodarse a la perfección a esta hipótesis modular, que a su vez parece contrarrestar algunas anomalías que, desde un inicio, ya soportaba el paradigma darwinista. El problema principal con este asunto es que, en cierta manera, nos sentimos involucrados en ello; de alguna manera, es nuestro propio ser el que se está definiendo cuando tratamos de dar con una teoría que explique nuestra condición y nuestro lugar en la naturaleza. El darwinismo es un paradigma digno heredero de su época, donde la Historia fue campo de batalla para la realización del Espíritu, mientras que las hipótesis que tratan de reemplazarlo parecen adecuarse más a los tiempos que corren, pero, como decía en mi anterior entrada, un paradigma no será reemplazado por otro hasta éste no se vea seriamente amenazado y estas amenazas supongan una clara ventaja para el nuevo paradigma adecuándose a sus explicaciones. Lo que sí parece una señal inequívoca de que nos hallamos en un periodo revolucionario, en todos los sentidos, es que aquellos paradigmas consolidados a lo largo del siglo xix, muestran claras señales de agonía, puesto que, si hasta hace poco más de cien años muchas de las ciencias positivas se consideraban prácticamente acabadas (nadie pensaba que la Física podría dar mucho más de sí hasta que Einstein propuso la Teoría de la relatividad, del mismo modo que nadie pensaba que los nuevos hallazgos fósiles pudieran poner en entre dicho, todo lo contrario, la teoría sintética), hoy en día, todos estos campos de estudio, aportan resultados y conclusiones fundamentalmente problemáticos para los viejos paradigmas.


Desconozco si Margulis, quien, evidentemente adolece de cierto espíritu sesentayochista, tiene o no razón, pero valoro su valentía a la hora de hacer frente a la ortodoxia y plantar cara a toda una comunidad científica que, mientras no pudo valorar en qué forma sus tesis podían consolidar un nuevo paradigma, no supo ver en ella más que a la que fue esposa de Carl Sagan.


Como dije, son muchos los paradigmas que necesariamente han de entrar en crisis.


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