miércoles, 8 de julio de 2009

Muss es sein?

La obra de Friedrich Nietzsche, o lo que hay tras ella, como bien atestigua la crítica y cualquiera que acostumbre a frecuentar la biblioteca o le guste gastar su dinero en objetos extravagantes -en pocas palabras, cuatro gatos-, ha sido y continúa siendo un lugar muy frecuentado durante el siglo XX y una fuente de ideas para la literatura contemporánea, muy especialmente para la novela, género literario que, en su ya merecida mayoría de edad, acostumbra a sorprendernos desdibujándose a sí mismo como forma, trascendiendo o transgrediendo sus límites, para mirar con descaro a cualquier otro acontecimiento discursivo que pretenda presentarse ante nosotros con aquella altanería y cabeza bien alta con que la ontología tradicional había legitimado ciertos privilegios de clase.

A Nietzsche se lo ha leído durante largo, demasiado, tiempo como un “provocador” que, tras una retórica precisa, elocuente y persuasiva, un dominio exquisito del lenguaje y sus modos, de los géneros y lenguas clásicas... tras todo aquel espíritu ilustrado germano, arremete enfurecido, rabioso y rencoroso contra la moral occidental, el proyecto ilustrado, la metafísica tradicional... Pero a decir verdad, como bien supieron percibir sus mejores lectores, su obra no es más que un escenario donde interpretar la tragedia de su época, la conciencia preclara de los problemas y tensiones que enmarcaron el producto de sus reflexiones, el diagnóstico certero de un tiempo que llega hasta nuestros días y el sentir profundo ante una tensión que, de alguna manera, debía certificar la historia de occidente en su propia acta de defunción.

En la obra del filólogo alemán, la imposibilidad de sentido que, como aquellos fantasmas del pasado, recorre Europa y la constante necesidad del mismo desempeñan un juego, quizá maldito, de contrapesos a partir del cual articula toda sus reflexiones y engarza sus palabras para la consecución del discurso por el que será recordado, como poeta, en el sentido profundo de la palabra. Y este ritual al que se somete quien toma conciencia de la situación, ese vaivén imposible de quien avanza por la cuerda floja suspendido, sin red que lo tranquilice, otorga identidad a una nueva forma de experiencia: la del héroe contemporáneo, quien se autoafirma en la excentricidad y falta de fundamento en lo que acontece y trasunta, a veces encogido de hombros, como el poeta lisboeta, a veces con voluntad creadora.

Con ello quedan sentadas las bases para una nueva estética con la que el novelista checo afincado en París, Milan Kundera, ha construido todo un universo estético y cartografiado la existencia del individuo contemporáneo en la Europa, perfilada como mito, del siglo XX. De igual modo que las vanguardias llevaron hasta sus últimas consecuencias aquella revolución, la novela, de manos de autores como Kafka, Joyce, Brecht o Kundera, toma su testigo en este fenómeno que atestigua la transformación de la experiencia del hombre contemporáneo. Tras el fin, por imposibilidad, de la representación mimética y de cualquier inquietud, siempre oscura, referencial, Kundera interpreta su propia obra literaria como una forma que “[...] no examina la realidad, sino la existencia. Y la existencia no es lo que ya ha ocurrido, la existencia es el campo de las posibilidades humanas” (El arte de la novela, Tusquets, Barcelona, pp. 53-54). El escritor checo, cuya lectura de Nietzsche es evidente, aunque quizá demasiado trágica para algunos, pero, no por ello, menos bella, es consciente, al igual que lo fue Platón, de que, en este caso, la novela escamotea esa percepción natural de la realidad dada como lo único posible o existente. En sus reflexiones, también publicadas bajo la modalidad de discursos fronterizos, ambiguos, de aquellos que tanto hacen temblar a los genólogos, nos recuerda que, sin la división ontológica heredada entre apariencia y realidad, episteme y doxa, la realidad misma puede ser manufacturada como fábula, como una novela; mera literatura: ficción. Es en este sentido en el que, advierte Kundera, Nietzsche nos alentaría, a cada uno de nosotros, a ser novelistas en la vida y hacer de ésta un proyecto estético en el más ambicioso de los sentidos; puesto que cada individuo, como personaje de su novela, no es otra cosa que una posibilidad existencial hasta el momento no explotada y, las posibilidades, se abren hacia el infinito: tantas como individuos.

Ésta es quizá la idea que subyazga a la obra cumbre del escritor checo y que, de alguna manera, por supuesto oblicua, da título a este blog: Nesnesitelná lehkost bytí, traducida al castellano como La insoportable levedad del ser y, creo que de forma más acertada, a otros idiomas como La insostenible levedad del ser. En ella, Kundera nos presenta a Tomás, un hombre que ama la “levedad” y cree hallarla en el mundo que lo rodea, donde los acontecimientos y las personas se suceden sin repetición y donde no hay lugar ni criterio para regir la experiencia. Tomás se compadece de quienes viven constreñidos por determinadas cargas vitales y toda su existencia gira en torno a imperativos categóricos que él comprime en una frase extraída del libreto del cuarteto op. 135 de Beethoven: es muss sein. Pero un día “encuentra” a Teresa y cree hallar en ella ese es muss sein que, presupone, ha de dar sentido a la vida de cada uno. Por ella pierde la oportunidad de esquivar los excesos del totalitarismo, por ella pierde su trabajo como cirujano, por ella tendrá, poco a poco, que dejar de frecuentar a sus amantes y perder esa libertad, aquella levedad que tanto ansía y a la que, pese a la necesidad de encontrar un es muss sein en su vida, no puede o no sabe renunciar. Tomás culpa a Teresa por todo ello hasta que, de pronto, de improviso, con esa magia casual que sólo la literatura puede imprimir en lo que ha sido, de alguna forma, planificado, cobra sentido la reflexión nietzscheana que, en un principio, resultaba gratuita y fuera de lugar, extraña y de sesgadas pretensiones. Tomás adquiere conciencia de que Teresa, su existencia con ella, su unión, es fruto de “seis ridículas casualidades”, de algo completamente contingente y carente de sentido y de que el único es muss sein que ha habido en su vida era su vocación por la medicina, a la que renunció por “seis ridículas casualidades”... En un instante, quien creyó ser amo de la levedad advierte el peso que tanto su vocación como sus ansias de conquista, ambos escenarios pretéritos de libertad sin peso alguno, acarreaban a su existencia y cómo algo completamente contingente y sin sentido previo se convierte en lo más valioso, más que cualquier imperativo categórico.

¿Qué es lo valioso? ¿Dónde reside el peso de lo que no se sostiene por sí solo? En la decisión de afirmación de lo contingente, que no es capaz de disolver ni ocultar con otras artes, ya inocuas, la precariedad que le es constitutiva y que, a su vez, preña de valor a la decisión misma.

En este sentido, kunderiano o nietzscheano, ningún es muss sein con valor nos es dado y la existencia, de igual modo que la literatura o cualquier otro discurso, oscila entre la levedad y el peso, entre el deseo y el rechazo, la palabra o el silencio... Bulimia existencial en la que Vivir no es más que representar esta tensión e imponer nuestra voluntad de sentido a una existencia que, se la mire como se la mire, nunca nos dejará satisfechos.

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