viernes, 20 de junio de 2014

Héroes (II)



Conocí a Guillermo hace más de tres años, durante los días en que Plaza Cataluña se transformó en aquel campamento urbano en pleno centro de Barcelona que muchos conoceréis por vídeos o fotografías. Me fijé en él o, mejor dicho, me llamó la atención porque, en un inicio, igual que yo y muchos otros, acudía solo y, pese a rondar o sobrepasar la cincuentena (soy pésimo para las edades; más tarde supe que tiene unos cuantos años más), solía aguantar, sin doblar el gesto ni sentarse un solo minuto, aquellas tediosas e interminables asambleas multitudinarias celebradas cada noche en la plaza.

Me acostumbré a su figura caminando tranquila, leyendo durante la tarde en un banco, colaborando en alguna actividad o simplemente participando en las encendidas e incendiarias discusiones improvisadas que florecían al vespre al calor de los focos de los turistas, retratándonos como animales de feria, cuando descendían las temperaturas y los habitantes de Barcelona encuentran la excusa perfecta para arrojarse y disputarse con ellos las calles.

Guillermo vestía por aquellos días, lo recuerdo perfectamente, unos vaqueros desgastados, chanclas y camiseta negra. Siempre la misma indumentaria. Pese a la piel morena y quebrada por el tiempo, pese al cabello encanecido que suele llevar recogido con una coleta, sus ojos achinados tenían un brillo y una vitalidad que llamaba la atención y que, supongo, me hicieron errar y considerarlo más joven de lo que realmente era.

Comenzamos a hablar una noche, pocos días después del desalojo de la plaza, en que yo remontaba Paseo de Gràcia y él me abordó preguntando si llevaba la misma dirección. Te he visto estos días por la plaza y…dijo, mientras me invitaba con un gesto de la mano a continuar juntos nuestro camino a Gràcia.

Trabamos amistad a las pocas semanas, cuando volvimos a coincidir, tras la constitución de la Asamblea de la Vila de Gràcia, en uno de los grupos de trabajo que se fueron formando a lo largo de ese verano. Supe que, pese a su acento, no era argentino, sino uruguayo. Su madre emigró con él bajo el brazo a la Argentina cuando apenas tenía cinco o seis años. Siempre he sido un extranjero en todos los lugares en los que he estado. Tras una infancia humilde y plena de lugares comunes, llegó a la conclusión de que cada hombre tiene el deber histórico de contribuir a la revolución y que ésta no es más que la necesaria transformación de las condiciones de vida, me dijo hace pocos días sentados en el banco de una plaza, frente a un plato de comida, poco después de confesarme que hacía semanas que no comía tan bien.

Al parecer comenzó la carrera de Filosofía y Letras en Buenos Aires, cuando ya su vida estaba enteramente comprometida a esta tarea. No llegó a licenciarse, sus grandes pasiones eran –y son-, sin orden establecido, la poesía y las mujeres (que son como lo mismo, viejo), mientras el periodismo se convirtió en su medio de vida. Poco después vino el golpe de estado, las “desapariciones” de amigos, una mujer que se marchó, el miedo a la tortura y a la muerte…; un viaje precipitado a España, un país en el que jamás pudo ejercer la profesión que ejerció durante años en Argentina por carecer de titulación; el whisky sin medida… otra mujer que se marchó, varios y peores trabajos, y, al fin, la indigencia.

Supe todo esto más tarde, cuando llevaba tratando con él casi a diario hacía ya un año. Y por mucho que trato de comprender las razones, nunca jamás podré entender cómo una de las personas más ilustradas, educadas y elegantes que he conocido, dormía, por aquel entonces, cada noche, en la barra de una cantina de barrio a cambio de fregar unos vasos y adecentar el local.

Guillermo recita  Machado o a Sylvia Plaht con la misma facilidad que reflexiona sobre las fallas que han hecho que teoría y praxis, esa extraña pareja, nunca alcancen a darse la mano. Y todo esto lo hace con un tono de voz suave y cadencioso, respetando los silencios con un mimo casi sacramental, para lanzar de improviso esa pregunta que le atormenta, esa pregunta a la que no encuentra respuesta, esa pregunta que siempre necesita plantear en voz alta junto a otro para que la insoportable ausencia de respuesta no dé tanto miedo.

El otro día también me confesaba que toda su vida había tratado de comprender cuáles habrían de ser las condiciones para que aquello que tanto anhelaba sucediera. Hablaba para sí, con un vaso que llenaba a escondidas en la mano, acariciando el sombrero de Panamá con que deambula estos últimos días por Gràcia. De pronto, con un gesto muy serio y mirándome fijamente, lo dijo: no entiendo, se han dado todas las condiciones, pero nada… Todo lo pensado, no vale.

Una tarde de hace dos años lo vi a lo lejos limpiando su ropa en la fuente de la Plaza de la Revolución; con gesto cansado y desaliñado, iba colocando con una delicadeza domésticamente siniestra cada prenda extendida en un banco de la plaza para que secara. Había envejecido veinte años en unos meses. Dormía en la calle. Solía encontrármelo, cada vez menos, casualmente por la biblioteca o por la calle Mozart; rara vez se dejaba caer ya por el Banc Expropiat. No pudo, no supo asumir otras alternativas que se le platearon. La vida en todas sus facetas es siempre necesariamente más compleja de lo que a simple vista pueda parecer; por eso tiendo a sospechar de todo aquel que crea o diga haber encontrado la fórmula y tener la solución a todos los males.

Guillermo es un monumento vivo al fracaso absoluto de la sociedad occidental y del proyecto ilustrado. Su vida, su obcecada existencia, todavía, es un acta notarial del más contundente de los argumentos esgrimidos contra nuestro pasado y contra nuestro futuro. Ayer me despedí de él; no sé cómo había conseguido dinero para un billete a Argentina. Con respuestas vagas, casi con un par de gruñidos, antes de mirarme y encogerse de hombros, consiguió que dejara de interrogarle sobre sus planes o su futuro. Debió de beber durante todo el día, se le notaba nervioso, torpe, incluso. Se acercó, al fin, para decir que se marchaba. Le pregunté si tenía mi dirección de correo, dijo que sí. Me dio la mano y se giró, pero yo había ido a despedirme de Guillermo, no a decirle adiós, así que me salté el guión y le dije anda, dame un abrazo. Hacía dos años que no le brillaban los ojos y el abrazo os aseguro que fue de verdad. Regresaba a Argentina viejo y derrotado y entraba a ocupar un lugar de honor en esta lista mía de héroes sin los cuales, hoy especialmente, esto que llamamos “humanidad” no tendría ningún sentido.


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