sábado, 11 de noviembre de 2017

Repúblicas efímeras

Sin duda, soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros.
Sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará
también taludes de rosas debajo de mis cipreses.”

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra



Camino descalzo, hundiendo los pies en la arena, casi ajeno a la lluvia, ahora mansa, que serpentea como una caricia a destiempo, exactamente estremecedora, por ciertos lugares de la piel, aquellos lindantes al cuello: allí donde se une a la clavícula.

Siento el placer de la omisión y sonrío a la imagen evocada, a sabiendas del estrafalario gesto de complicidad con mis propias perversiones en el que me regodeo.

Un horizonte plateado, difuminado en la bruma, como un paisaje de Turner, advierte a mis espaldas otro espectáculo de furia natural, un nuevo episodio de lluvias torrenciales como las descargadas estos días sobre Barcelona. Pocos son, temerarios o des-patriados, los que pasean esta tarde de otoño por la playa de Bogatell: un grupo de veinteañeros, norteamericanos, que juegan al rugby, borrachos, completamente ajenos a la histeria colectiva propagada por la ciudad; un par de argentinos -supongo- bebiendo mate y platicando sentados en el espigón; y una madre y su hija, que juegan con un teckel color canela junto a las hamacas recogidas de un chiringuito cerrado.

Ha sido la turba, un inmenso oleaje de banderas (de cochinas banderas) desplegadas, en ese sinfín de anatomías corrompidas que es la doxa, la que me ha expulsado de las calles de la ciudad y arrinconado frente al mar. Seguía mi itinerario hacia el gótico, como cada tarde que, frente a los apuntes de la oposición, se me corta la digestión, y me han obstruido el paso a la altura del paseo Lluis Companys al canto de Un velero llamado libertad, mientras patrullas de Mossos les hacían los coros y un tipo grueso, barbado, no como los barbados revolucionarios de ese otro siglo, prolífico en efímeras repúblicas, vendía entradas para participar en la mani. ¡Contribuyamos a la liberación de nuestros camaradas! ¡Visca la Revolució! ¡Amén! ¡Plañideros, a primera fila! ¡Eeeennnndavant!

Me detengo en la orilla y trato de no pensar en nada, de estar, simplemente; absorto en la imagen de mis pies, cada nueva ola, un poco más enterrados en la arena. Pero el teckel, que ha huido de sus dueñas, reclama mi atención trazando cabriolas a mi lado y, de vez en cuando, se encarama a mi pierna. Así que me alejo unos pasos y me dejo caer sobre la arena. Pero no hay manera, me sigue, olfatea mis pantalones y enseguida me lame la mano, que le aparto para terminar de liar un cigarrillo. Pienso en que me gustan los teckel y que no estaría mal tener un perro con el que salir a pasear. Agarro un pedazo de rama húmeda que encuentro en la arena y la lanzo: corre hacia su presa y vuelve hacia mí con ella en la boca meneando los cuartos traseros con expresión de plenitud.

Somos una especie inacabada, como si careciéramos de algo esencial o como si, todas esas otras virtudes que nos distinguen, hubieran logrado anular lo esencial; empeñada en amargarse a sí misma la vida. ¡¿En qué momento abandonamos el paraíso?!

Es una reflexión vaga, que se diluye como la lluvia en la resaca del oleaje conforme la verbalizo en mi mente y vuelvo a lanzar la rama todo lo lejos que puedo para ahuyentar al teckel. En cierta manera, todavía continúa esa otra imagen ocupando el grueso de mis pensamientos; es un recuerdo recurrente, que apenas logro apartar de mi cabeza cada vez que los veo ondear sus banderas. ¿Cuándo sucedió aquello? ¿Fue el otoño pasado, en febrero...? Sucedió durante una de mis últimas “mudanzas”; pero es curioso, no recuerdo si iba o venía: todas las estaciones de paso se parecen demasiado a sí mismas. Recuerdo perfectamente, sin embargo, su rostro, la expresión de sus ojos, el ademán cansado...


*
Era moreno, flaco y moreno, de talla alta; sólo su piel, demasiado pálida, y unos ojos claros, vidriosos, como queriendo salirse de las cuencas, parecían delatar otro origen: alguna república balcánica, quizá. Se le veía nervioso, eludiendo cualquier mirada y dirigiendo la suya, suspicaz y seguramente desorientada, hacia todos los puntos cardinales. Juraría que en un momento murmuró para sí en alguna lengua eslava.

Quizá porque ambos fuimos los únicos pasajeros que permanecimos a la intemperie en aquella estación de paso, frente al bar de carretera -yo fumando, absorto en el paisaje mesetario; él temblando, abrazado a la bolsa de mano que di por cierto era su único equipaje, probablemente, todo lo que poseía en la vida, si exceptuamos los recuerdos y otras voces que no callan-. Quizá porque ambos reconocimos cierta familiaridad en el semblante esquivo, o esa opacidad en la mirada que connota la carencia absoluta de expectativas. Quizá porque el sol ya se erguía sobre nuestras cabezas y todos, salvo nosotros dos, aprovecharon el alto en el camino para comer algo, mientras, era evidente, ambos lidiábamos para engañar el hambre... Quizá, por todo esto o por ninguna otra razón en particular, cruzamos la mirada el tiempo suficiente para contárnoslo todo.

Ciertas variaciones de su semblante indicaban mayor serenidad, aunque seguía llamando la atención su obsesión por mirar a todos lados, como si de un momento a otro fuera a aparecer por algún lugar de ese horizonte de pinos y lomas rojizas alguien para amonestarlo. Así que me decidí a acercarme y trabar conversación, pero su gesto de espanto me detuvo a pocos metros del banco en el que permanecía sentado. Sin dar un paso más saqué el tabaco y, mostrándolo, le ofrecí un cigarrillo. Entonces hizo algo que me desconcertó aún más: del bolsillo de la chaqueta, una chaqueta sucia y demasiado fina como para dar abrigo (temblaba, de frío y hambre), con prisas y aspavientos, como tratando de explicarse, sustrajo un pedazo de pan negro, no más grande que la palma de mi mano, envuelto en papel oscuro, y me ofreció una parte.

Tenía hambre, mucha. Mentí. Rodee mi estómago con la palma de la mano, como queriendo indicar que ya estaba lleno, que había comido lo suficiente antes de subir al autobús esa madrugada. Dudo que me creyera, pero no insistió y acabó con el pan mucho antes de que yo, sentado ya en el otro extremo del banco, terminara de liar el cigarrillo que, enseguida, le ofrecí y prendí con mi encendedor mientras él lo parapetaba del aire con una manos largas, heridas, temblorosas. Me miró como miran los niños cuando prueban las natillas por primera vez, y yo le sonreí, con esa sonrisa amarga que esgrimen los adultos cuando están cansados de serlo y quisieran volver a ser niños -o al menos serlo alguna vez.

Ese temblor me era familiar, demasiado, y en cualquier persona que no sea yo indica que debía llevar varios días, también demasiados, sin apenas probar bocado. Le pregunté en inglés de dónde venía y me respondió, como esperaba, en una lengua que no entendía, salpicada de palabras italianas de las que deduje que llevaba varios días cruzando Europa en autobús. Sacó un mapa de la bolsa y me señaló un pueblo de la costa levantina, mientras repetía dos palabras, en su lengua y en italiano, alternativamente. No entendí ninguna de ellas, ahora sé que decía “primo”. Yo señalé en el mapa varios puntos, conforme le explicaba, sin demasiada esperanza por hacerme comprender, y él asintió, muy serio, como si estuviéramos cerrando un gran negocio, como si las lenguas, nuestras lenguas, no fueran una frontera más; como vía de comprensión de algo que no había sido dicho.

Ambos continuamos sentados en silencio observando el paisaje, el ir y venir de coches y camiones por la autopista, adormecidos por el sonido de los grillos y de las ramas de unos plataneros que el viento golpeaba contra sus troncos.

Fue el chófer del autobús, recién salido del bar, quien rompió el silencio: mientras se llevaba un cigarrillo a los labios, sin apenas mirarnos, dijo en un tono monótono “en cinco minutos salimos”. Poco a poco fue desfilando frente a nosotros el resto del pasaje a la vez que nosotros apurábamos nuestros cigarrillos. Los más rezagados, una pareja precedida por sus dos hijos, que subieron las escaleras del autobús a trompicones incordiándose el uno al otro, discutiendo también entre sí:

-Mira que li he dit a la teva mare que no li prepari porqueries als nens, que després s'acostumen i es queixen del menjar ecològic.
-Va, no fotis, serà per un dia...
-És que em fa fàstic, mira-ho.

Noté una tensión, cierta pérdida de equilibrio del contrapeso puesto a cada lado del banco por nuestros cuerpos, cuando aquella mujer amish arrojó el bocadillo a la basura. Me puse en pie, apuré el cigarrillo antes de arrojarlo al suelo y me encogí de hombros mientras asentía con la cabeza; luego subí al autobús. Una vez dentro, desde la luna delantera lo vi acercarse con el bocadillo en la mano.

Posiblemente no hubiéramos vuelto a dirigirnos la mirada el resto del viaje, si no fuera porque cuando faltaban apenas unos metros para que el autobús entrara en la autovía, unos gritos me sacaron del ensimismamiento habitual y el autobús volvió a detenerse. Al parecer, “alguien del autobús” le había robado su tablet a una chica con cara de desequilibrada que pataleaba por el pasillo con los sentidos desbocados y euforia inquisidora en la mirada.

-Disculpe, ni la compañía ni yo mismo nos hacemos responsables de los objetos que puedan ser sustraídos durante el trayecto. Lo he avisado por megafonía antes de bajar, ¿no lo ha escuchado usted? Por eso las puertas se cierran. Hemos salido todos.
-¿Seguro que las ha cerrado bien? Ése no ha entrado en el bar -señalando al pobre diablo que, en ese momento, daba cuenta del bocadillo que había recogido de la basura.

Todas las miradas, también la mía, se dirigieron a él. Quisiera decir que fue impresión mía, pero juraría que la mujer que había arrojado el bocadillo a la basura (la amish) y que, seguro, lo había reconocido, hacía una mueca de asco mientras atraía hacia sí a uno de sus hijos y lo abrazaba, como queriendo protegerle de no sé qué peligro. Era imposible que pudiera entender lo que sucedía, pero el caso es que todos le miraban y que todos, por supuesto, ya habían emitido un veredicto.

No pude evitarlo, sonreí, me puse en pie, la miré enfebrecido, chulesco (lástima no haber tenido un cigarrillo entre los labios -¡jodido mundo aséptico!-) y le comenté con tono desafiante que yo tampoco había entrado en ese bar, que por esa regla de tres había dos, no un sólo sospechoso.

-Mire, no podemos perder aquí todo el día, usted puede poner una denuncia cuando llegue a su destino o como vea... Pero el autobús estaba cerrado y nadie ha podido entrar.
-¿Y si me la ha robado antes de bajar? ¿Eh?

Salí al pasillo, con mi mochila en la mano, la abrí y le enseñé todo lo que llevaba dentro; hice un gesto indicando que una tablet no cabía en los bolsillos de mis vaqueros. Posteriormente, acompañado de un murmullo y ante la mirada divertida del chófer del autobús, me dirigí hacia él (al único del pasaje al que al parecer la determinación con la que estaba haciendo lo que estaba haciendo le daba cierta seguridad, pues seguía completamente desconcertado, aunque no dejaba de masticar el bocadillo), le indiqué con la mano que tenía que coger su bolsa y asintió con la cabeza. La abrí. Sólo había algo de ropa sucia, un mapa de carreteras manoseado y un ejemplar enmohecido de Guerra y Paz en ruso, esloveno o lo que fuera. Se la devolví. Me disculpé, por todo ellos, en castellano.

Quiero creer que comprendió y aceptó mis disculpas, que comprendió que simplemente había escogido el autobús equivocado y que los pobres diablos como nosotros siempre estamos en manos del destino: del autobús equivocado o del capricho de una manada gregaria, ignorante e iletrada; que si él no hubiera subido en aquel autobús, no cabe duda que hubiera sido yo el acusado, que por eso fui yo el primero en enseñar el contenido de mi mochila... No lo sé. Lo vi apearse del autobús más tarde, con la cabeza gacha y los brazos pegados al cuerpo, sin dirigir la mirada hacia atrás, hasta confundirse en el tumulto de la estación.


*
Evoco este episodio absorto, con la mirada puesta en las huellas que mis pies han trazando en la arena y que las olas, con nuevas y profundas sacudidas, van borrando.

El teckel, hace rato, ha vuelto con sus dueñas; de fondo escucho sus ladridos y alguna risotada de la niña. El grupo de norteamericanos se marchó hace un par de cigarrillos, pero los dos argentinos del espigón continúan con su charla; también fuman.

La risa de la niña y ese camino de huellas tachadas me hacen recordar el pasaje de Nietzsche en el que se identifica la cualidad artística del übermensch con el espíritu infantil. La referencia de Nietzsche, al atribuir a Heráclito la metáfora del niño jugando en la arena, por lo visto, está equivocada. Hace poco leí un artículo de una filóloga en el que afirmaba que la metáfora, realmente, al parecer, pertenecía a Homero. Cosas de la intertextualidad. Nietzsche conocía ambos pasajes, el de Heráclito y el de Homero, por supuesto, y al escribir el suyo de memoria atribuyó la metáfora a Heráclito. Un simple despiste, mera economía discursiva, pues ambos, hacían referencia a la misma idea: esa capacidad infantil por inventar un juego y, una vez concluido, volver a empezar o inventar uno nuevo; esa forma inocente que tienen los niños por el jugar en sí mismo, más allá del juego concreto; esa plasticidad con la que son capaces de mirar hacia adelante, sin anclarse eternamente al pasado: de renovarse en cada oscilación de ese juego eterno, de esa construcción- destrucción que es en sí misma la Vida.

Observando mis huellas, que prácticamente han desaparecido, me embarga una profunda melancolía y advierto lo difícil que es, en muchas ocasiones, ser nietzscheano. Apago el cigarrillo y recojo las colillas que he ido amontonando. Al levantarme, el teckel vuelve a acercarse y comienza a olisquear la arena donde he estado sentado. Arrojo las colillas al contenedor y sacudo con las palmas de la mano la arena de mis pantalones, humedecidos. Ambos, la niña y el teckel se me acercan.

-Vols jugar amb nosaltres.

La miro a los ojos, serio, y le respondo un altre dia, avui no puc. Hace un mohín y agacha los ojos. Trato de expiar mi brusquedad con una sonrisa, pero no surte mucho efecto, así que le saco la lengua con la más payasa de todas mis muecas. Ríe, le muda el rostro. Les guiño un ojo y les doy enseguida la espalda.

De vuelta a casa, subiendo por Marina, me felicito por haber cambiado de aires y por haber decidido venirme a vivir cerca del mar. En el horizonte, tras la silueta de la Sagrada Familia, se observan las colinas de la Teixonera, Carmel, Guinardó... cubiertas de nubes negras. Efímeras repúblicas.

Aprieto el paso, me espera la lluvia.

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