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sábado, 11 de noviembre de 2017

Repúblicas efímeras

“Sin duda, soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros.
Sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará
también taludes de rosas debajo de mis cipreses.”

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra



Camino descalzo, hundiendo los pies en la arena, casi ajeno a la lluvia, ahora mansa, que serpentea como una caricia a destiempo, exactamente estremecedora, por ciertos lugares de la piel, aquellos lindantes al cuello: allí donde se une a la clavícula.

Siento el placer de la omisión y sonrío a la imagen evocada, a sabiendas del estrafalario gesto de complicidad con mis propias perversiones en el que me regodeo.

Un horizonte plateado, difuminado en la bruma, como un paisaje de Turner, advierte a mis espaldas otro espectáculo de furia natural, un nuevo episodio de lluvias torrenciales como las descargadas estos días sobre Barcelona. Pocos son, temerarios o des-patriados, los que pasean esta tarde de otoño por la playa de Bogatell: un grupo de veinteañeros, norteamericanos, que juegan al rugby, borrachos, completamente ajenos a la histeria colectiva propagada por la ciudad; un par de argentinos -supongo- bebiendo mate y platicando sentados en el espigón; y una madre y su hija, que juegan con un teckel color canela junto a las hamacas recogidas de un chiringuito cerrado.

Ha sido la turba, un inmenso oleaje de banderas (de cochinas banderas) desplegadas, en ese sinfín de anatomías corrompidas que es la doxa, la que me ha expulsado de las calles de la ciudad y arrinconado frente al mar. Seguía mi itinerario hacia el gótico, como cada tarde que, frente a los apuntes de la oposición, se me corta la digestión, y me han obstruido el paso a la altura del paseo Lluis Companys al canto de Un velero llamado libertad, mientras patrullas de Mossos les hacían los coros y un tipo grueso, barbado, no como los barbados revolucionarios de ese otro siglo, prolífico en efímeras repúblicas, vendía entradas para participar en la mani. ¡Contribuyamos a la liberación de nuestros camaradas! ¡Visca la Revolució! ¡Amén! ¡Plañideros, a primera fila! ¡Eeeennnndavant!

Me detengo en la orilla y trato de no pensar en nada, de estar, simplemente; absorto en la imagen de mis pies, cada nueva ola, un poco más enterrados en la arena. Pero el teckel, que ha huido de sus dueñas, reclama mi atención trazando cabriolas a mi lado y, de vez en cuando, se encarama a mi pierna. Así que me alejo unos pasos y me dejo caer sobre la arena. Pero no hay manera, me sigue, olfatea mis pantalones y enseguida me lame la mano, que le aparto para terminar de liar un cigarrillo. Pienso en que me gustan los teckel y que no estaría mal tener un perro con el que salir a pasear. Agarro un pedazo de rama húmeda que encuentro en la arena y la lanzo: corre hacia su presa y vuelve hacia mí con ella en la boca meneando los cuartos traseros con expresión de plenitud.

Somos una especie inacabada, como si careciéramos de algo esencial o como si, todas esas otras virtudes que nos distinguen, hubieran logrado anular lo esencial; empeñada en amargarse a sí misma la vida. ¡¿En qué momento abandonamos el paraíso?!

Es una reflexión vaga, que se diluye como la lluvia en la resaca del oleaje conforme la verbalizo en mi mente y vuelvo a lanzar la rama todo lo lejos que puedo para ahuyentar al teckel. En cierta manera, todavía continúa esa otra imagen ocupando el grueso de mis pensamientos; es un recuerdo recurrente, que apenas logro apartar de mi cabeza cada vez que los veo ondear sus banderas. ¿Cuándo sucedió aquello? ¿Fue el otoño pasado, en febrero...? Sucedió durante una de mis últimas “mudanzas”; pero es curioso, no recuerdo si iba o venía: todas las estaciones de paso se parecen demasiado a sí mismas. Recuerdo perfectamente, sin embargo, su rostro, la expresión de sus ojos, el ademán cansado...


*
Era moreno, flaco y moreno, de talla alta; sólo su piel, demasiado pálida, y unos ojos claros, vidriosos, como queriendo salirse de las cuencas, parecían delatar otro origen: alguna república balcánica, quizá. Se le veía nervioso, eludiendo cualquier mirada y dirigiendo la suya, suspicaz y seguramente desorientada, hacia todos los puntos cardinales. Juraría que en un momento murmuró para sí en alguna lengua eslava.

Quizá porque ambos fuimos los únicos pasajeros que permanecimos a la intemperie en aquella estación de paso, frente al bar de carretera -yo fumando, absorto en el paisaje mesetario; él temblando, abrazado a la bolsa de mano que di por cierto era su único equipaje, probablemente, todo lo que poseía en la vida, si exceptuamos los recuerdos y otras voces que no callan-. Quizá porque ambos reconocimos cierta familiaridad en el semblante esquivo, o esa opacidad en la mirada que connota la carencia absoluta de expectativas. Quizá porque el sol ya se erguía sobre nuestras cabezas y todos, salvo nosotros dos, aprovecharon el alto en el camino para comer algo, mientras, era evidente, ambos lidiábamos para engañar el hambre... Quizá, por todo esto o por ninguna otra razón en particular, cruzamos la mirada el tiempo suficiente para contárnoslo todo.

Ciertas variaciones de su semblante indicaban mayor serenidad, aunque seguía llamando la atención su obsesión por mirar a todos lados, como si de un momento a otro fuera a aparecer por algún lugar de ese horizonte de pinos y lomas rojizas alguien para amonestarlo. Así que me decidí a acercarme y trabar conversación, pero su gesto de espanto me detuvo a pocos metros del banco en el que permanecía sentado. Sin dar un paso más saqué el tabaco y, mostrándolo, le ofrecí un cigarrillo. Entonces hizo algo que me desconcertó aún más: del bolsillo de la chaqueta, una chaqueta sucia y demasiado fina como para dar abrigo (temblaba, de frío y hambre), con prisas y aspavientos, como tratando de explicarse, sustrajo un pedazo de pan negro, no más grande que la palma de mi mano, envuelto en papel oscuro, y me ofreció una parte.

Tenía hambre, mucha. Mentí. Rodee mi estómago con la palma de la mano, como queriendo indicar que ya estaba lleno, que había comido lo suficiente antes de subir al autobús esa madrugada. Dudo que me creyera, pero no insistió y acabó con el pan mucho antes de que yo, sentado ya en el otro extremo del banco, terminara de liar el cigarrillo que, enseguida, le ofrecí y prendí con mi encendedor mientras él lo parapetaba del aire con una manos largas, heridas, temblorosas. Me miró como miran los niños cuando prueban las natillas por primera vez, y yo le sonreí, con esa sonrisa amarga que esgrimen los adultos cuando están cansados de serlo y quisieran volver a ser niños -o al menos serlo alguna vez.

Ese temblor me era familiar, demasiado, y en cualquier persona que no sea yo indica que debía llevar varios días, también demasiados, sin apenas probar bocado. Le pregunté en inglés de dónde venía y me respondió, como esperaba, en una lengua que no entendía, salpicada de palabras italianas de las que deduje que llevaba varios días cruzando Europa en autobús. Sacó un mapa de la bolsa y me señaló un pueblo de la costa levantina, mientras repetía dos palabras, en su lengua y en italiano, alternativamente. No entendí ninguna de ellas, ahora sé que decía “primo”. Yo señalé en el mapa varios puntos, conforme le explicaba, sin demasiada esperanza por hacerme comprender, y él asintió, muy serio, como si estuviéramos cerrando un gran negocio, como si las lenguas, nuestras lenguas, no fueran una frontera más; como vía de comprensión de algo que no había sido dicho.

Ambos continuamos sentados en silencio observando el paisaje, el ir y venir de coches y camiones por la autopista, adormecidos por el sonido de los grillos y de las ramas de unos plataneros que el viento golpeaba contra sus troncos.

Fue el chófer del autobús, recién salido del bar, quien rompió el silencio: mientras se llevaba un cigarrillo a los labios, sin apenas mirarnos, dijo en un tono monótono “en cinco minutos salimos”. Poco a poco fue desfilando frente a nosotros el resto del pasaje a la vez que nosotros apurábamos nuestros cigarrillos. Los más rezagados, una pareja precedida por sus dos hijos, que subieron las escaleras del autobús a trompicones incordiándose el uno al otro, discutiendo también entre sí:

-Mira que li he dit a la teva mare que no li prepari porqueries als nens, que després s'acostumen i es queixen del menjar ecològic.
-Va, no fotis, serà per un dia...
-És que em fa fàstic, mira-ho.

Noté una tensión, cierta pérdida de equilibrio del contrapeso puesto a cada lado del banco por nuestros cuerpos, cuando aquella mujer amish arrojó el bocadillo a la basura. Me puse en pie, apuré el cigarrillo antes de arrojarlo al suelo y me encogí de hombros mientras asentía con la cabeza; luego subí al autobús. Una vez dentro, desde la luna delantera lo vi acercarse con el bocadillo en la mano.

Posiblemente no hubiéramos vuelto a dirigirnos la mirada el resto del viaje, si no fuera porque cuando faltaban apenas unos metros para que el autobús entrara en la autovía, unos gritos me sacaron del ensimismamiento habitual y el autobús volvió a detenerse. Al parecer, “alguien del autobús” le había robado su tablet a una chica con cara de desequilibrada que pataleaba por el pasillo con los sentidos desbocados y euforia inquisidora en la mirada.

-Disculpe, ni la compañía ni yo mismo nos hacemos responsables de los objetos que puedan ser sustraídos durante el trayecto. Lo he avisado por megafonía antes de bajar, ¿no lo ha escuchado usted? Por eso las puertas se cierran. Hemos salido todos.
-¿Seguro que las ha cerrado bien? Ése no ha entrado en el bar -señalando al pobre diablo que, en ese momento, daba cuenta del bocadillo que había recogido de la basura.

Todas las miradas, también la mía, se dirigieron a él. Quisiera decir que fue impresión mía, pero juraría que la mujer que había arrojado el bocadillo a la basura (la amish) y que, seguro, lo había reconocido, hacía una mueca de asco mientras atraía hacia sí a uno de sus hijos y lo abrazaba, como queriendo protegerle de no sé qué peligro. Era imposible que pudiera entender lo que sucedía, pero el caso es que todos le miraban y que todos, por supuesto, ya habían emitido un veredicto.

No pude evitarlo, sonreí, me puse en pie, la miré enfebrecido, chulesco (lástima no haber tenido un cigarrillo entre los labios -¡jodido mundo aséptico!-) y le comenté con tono desafiante que yo tampoco había entrado en ese bar, que por esa regla de tres había dos, no un sólo sospechoso.

-Mire, no podemos perder aquí todo el día, usted puede poner una denuncia cuando llegue a su destino o como vea... Pero el autobús estaba cerrado y nadie ha podido entrar.
-¿Y si me la ha robado antes de bajar? ¿Eh?

Salí al pasillo, con mi mochila en la mano, la abrí y le enseñé todo lo que llevaba dentro; hice un gesto indicando que una tablet no cabía en los bolsillos de mis vaqueros. Posteriormente, acompañado de un murmullo y ante la mirada divertida del chófer del autobús, me dirigí hacia él (al único del pasaje al que al parecer la determinación con la que estaba haciendo lo que estaba haciendo le daba cierta seguridad, pues seguía completamente desconcertado, aunque no dejaba de masticar el bocadillo), le indiqué con la mano que tenía que coger su bolsa y asintió con la cabeza. La abrí. Sólo había algo de ropa sucia, un mapa de carreteras manoseado y un ejemplar enmohecido de Guerra y Paz en ruso, esloveno o lo que fuera. Se la devolví. Me disculpé, por todo ellos, en castellano.

Quiero creer que comprendió y aceptó mis disculpas, que comprendió que simplemente había escogido el autobús equivocado y que los pobres diablos como nosotros siempre estamos en manos del destino: del autobús equivocado o del capricho de una manada gregaria, ignorante e iletrada; que si él no hubiera subido en aquel autobús, no cabe duda que hubiera sido yo el acusado, que por eso fui yo el primero en enseñar el contenido de mi mochila... No lo sé. Lo vi apearse del autobús más tarde, con la cabeza gacha y los brazos pegados al cuerpo, sin dirigir la mirada hacia atrás, hasta confundirse en el tumulto de la estación.


*
Evoco este episodio absorto, con la mirada puesta en las huellas que mis pies han trazando en la arena y que las olas, con nuevas y profundas sacudidas, van borrando.

El teckel, hace rato, ha vuelto con sus dueñas; de fondo escucho sus ladridos y alguna risotada de la niña. El grupo de norteamericanos se marchó hace un par de cigarrillos, pero los dos argentinos del espigón continúan con su charla; también fuman.

La risa de la niña y ese camino de huellas tachadas me hacen recordar el pasaje de Nietzsche en el que se identifica la cualidad artística del übermensch con el espíritu infantil. La referencia de Nietzsche, al atribuir a Heráclito la metáfora del niño jugando en la arena, por lo visto, está equivocada. Hace poco leí un artículo de una filóloga en el que afirmaba que la metáfora, realmente, al parecer, pertenecía a Homero. Cosas de la intertextualidad. Nietzsche conocía ambos pasajes, el de Heráclito y el de Homero, por supuesto, y al escribir el suyo de memoria atribuyó la metáfora a Heráclito. Un simple despiste, mera economía discursiva, pues ambos, hacían referencia a la misma idea: esa capacidad infantil por inventar un juego y, una vez concluido, volver a empezar o inventar uno nuevo; esa forma inocente que tienen los niños por el jugar en sí mismo, más allá del juego concreto; esa plasticidad con la que son capaces de mirar hacia adelante, sin anclarse eternamente al pasado: de renovarse en cada oscilación de ese juego eterno, de esa construcción- destrucción que es en sí misma la Vida.

Observando mis huellas, que prácticamente han desaparecido, me embarga una profunda melancolía y advierto lo difícil que es, en muchas ocasiones, ser nietzscheano. Apago el cigarrillo y recojo las colillas que he ido amontonando. Al levantarme, el teckel vuelve a acercarse y comienza a olisquear la arena donde he estado sentado. Arrojo las colillas al contenedor y sacudo con las palmas de la mano la arena de mis pantalones, humedecidos. Ambos, la niña y el teckel se me acercan.

-Vols jugar amb nosaltres.

La miro a los ojos, serio, y le respondo un altre dia, avui no puc. Hace un mohín y agacha los ojos. Trato de expiar mi brusquedad con una sonrisa, pero no surte mucho efecto, así que le saco la lengua con la más payasa de todas mis muecas. Ríe, le muda el rostro. Les guiño un ojo y les doy enseguida la espalda.

De vuelta a casa, subiendo por Marina, me felicito por haber cambiado de aires y por haber decidido venirme a vivir cerca del mar. En el horizonte, tras la silueta de la Sagrada Familia, se observan las colinas de la Teixonera, Carmel, Guinardó... cubiertas de nubes negras. Efímeras repúblicas.

Aprieto el paso, me espera la lluvia.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Variaciones en una misma melodía


En el mundo clásico la Historia no constituía una disciplina, tal y como actualmente la concebimos, a causa de la representación que del tiempo habían fundado aquellas civilizaciones.


Nuestra noción del Tiempo está necesariamente vinculada, pues, a un concepto sin parangón en el mundo clásico, la idea de “progreso”; responsable directa de nuestra propensión a concebir históricamente nuestros avatares.


Para la humanidad pre-historiadora, el presente era el resultado trágico, una degradación devenida a partir de un punto de partida idealizado, un momento de plenitud que constituía, por ello mismo, un horizonte hacía el que la acción debía estar dirigida. El Tiempo no era más que la abstracción de un ciclo eterno, la secuencia que describía el devenir y retorno, a partir de una inflexión, al lugar de partida.


Fue el judaísmo, por medio de su variante cristiana, la religión que impuso una noción aberrante, con la que aquella concepción del tiempo como una secuencia de ciclos, retorno y variación, fue olvidada, sustituida; encubierta. El presente dejó de estar fundado, orientado, visto e interpretado a partir de un momento pasado, para enfocarse hacia un futuro prometido (bien fuera el Reino de Dios, la venida de un Mesías, la realización del Espíritu, la sociedad justa...). El tiempo dejó de ser considerado como una serie de acontecimientos que se repiten y comenzó a pensarse como horizonte histórico en el que habría de materializarse dicha promesa, en un futuro, distinto, no idéntico, con el pasado. Occidente no es más que una civilización de historiadores empecinados en interpretar, hallar el sentido oculto de la historia, para marcar el camino correcto hacia esa promesa; a ello se vincula nuestra noción de “progreso” y nuestra concepción del tiempo como una sucesión lineal de hechos relacionados de manera causal.


Toda esta historia se enreda, tiene sus vicisitudes, pero no quiero dormir a nadie. El resultado de ella es que, pese a la evidencia de que no sólo los fenómenos naturales tienen sus ciclos, nos resulta difícil pensar nuestras vidas de forma cíclica. Esa idea siniestra de repetirnos, constantemente, a nosotros mismos, de vivir, una y otra vez, el mismo momento, nos resulta aterradora, precisamente, porque la facticidad de lo que se nos presenta nos resulta contraintuitiva, cocha frontalmente con nuestra representación de lo que somos (conciencias independientes y completamente dueñas de sus actos). Pero el hecho es que nos repetimos día tras día a nosotros mimos, con variaciones que, más o menos, están en nuestra mano. Hay quienes se repiten sin más. Nuestras vidas están orquestadas de forma cíclica, anudadas según rituales, fundamentalmente, ligados a cambios estacionales. Repartimos amor y fraternidad con el solsticio de invierno y volvemos a enfrentarnos con los mimos rostros, a sentir los mimos olores, a comer los mismos platos... realizamos una y otra vez los mismos rituales, vinculados, del mismo modo, al equinoccio de primavera o al solsticio de verano. Un día de nuestras vidas podría condensar un año o una vida en sí misma; esto lo supo ver de forma soberbia Virginia Wolf.


Ésta es la lectura que de Nietzsche hizo uno de los tipos más lúcidos que han pasado a la historia del pensamiento del siglo XX. Me refiero a Bataille, que llevó a cabo una lectura antropológica de la oposición que hizo valer el filólogo alemán para confeccionar su tesis sobre la tragedia griega y que sería la base fundamental de toda su filosofía posterior. En El origen de la Tragedia griega, Nietzsche ofrece una visión del mundo griego, para la época en que fue escrito (si no recuerdo mal, lo años setenta del siglo XIX), descabellada: aquella Grecia esplendorosa de Pericles que comenzamos a representarnos en los siglos XV y XVI, con su canon de belleza, sus antiguas escuelas de filosofía y la blancura de sus esculturas y arquitectura... era una tergiversación de lo que fue el mundo clásico. Nietzsche ofrece una visión radicalmente distinta: la Grecia de los rituales dionisiacos, la de los autores trágicos, la de los filósofos oscuros, la que decoraba con colores vivos sus edificios y obras de arte. Su tesis central, a grandes rasgos, consistía en que Grecia no podía ser identificada con el espíritu apolíneo, basado en el orden y la forma, pero tampoco, exclusivamente, con el espíritu dionisiaco, que pretendía la ruptura con el estado de cosas apolíneo. En este sentido, la apertura sensorial con que el griego acudía a ver representar y vivir la catarsis de la obra trágica no era contradictoria con el canon de belleza que nos había llegado ni con el orden geométrico que sus obras de arte nos trasmitían. Ambos espíritus constituían la doble cara de un pueblo y la Tragedia cristalizaba esa tensión; un equilibrio perdido de una humanidad por la que Nietzsche siempre sentirá cierta nostalgia.


Este análisis fue extrapolado por Bataille para elaborar lo que sería una visión antropológica de nuestra especie, una serie de rasgos estructurales que, con variables, establecían una función que se repetía en cualquier manifestación cultural de nuestra especie. La oposición, en este caso, está fijada con los conceptos de “derroche” y “ahorro” y la idea es una interpretación de la idea nietzscheana de la que parte: en cualquier sociedad existe un ciclo de ahorro y posterior derroche, ya sea de bienes, de pulsiones... De esta forma, la función que los periodos festivos cumplen dentro del sistema cultural no es más que la de derroche de unos vienes acaparados, descarga de determinadas pulsiones que han sido contenidas, ahorradas, según el ciclo mesura-exceso, orden-desconcierto, ahorro-derroche: Apolo-Dionisos. Por esta razón, aquello que caracteriza a todos los periodos de fiesta, fueran cuales fueran, es la ruptura con el orden de cosas previo, la suspensión de los límites.


Tras unos meses recogiendo la cosecha y proveyéndonos para el invierno, antes, nos debemos un exceso... hasta la próxima primavera, claro.



[Disculpar por la perorata.]



*****


El peso más grande


¿Qué ocurriría si, un día o una noche, un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: “Esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión -y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas y así también este instante y yo mismo-. ¡La eterna clepsidra de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito del polvo!”? ¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te ha hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: “Tú eres un dios y jamás oí nada más divino”? Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa: “¿Quieres esto otra vez e innumerables veces más?” pesaría sobre tu obrar como el peso más grande! O también, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que ésta última, eterna sanción, este sello? (Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, 341).


Al contrario que la algarabía de filosofías orientales que se nos ofertan de saldo, el tono sacerdotal, condescendiente y carente de tensión sanguínea de la moda New Age o los eclécticos e inefables manuales de autoayuda, Nietzsche, Friedrich Nietzsche, el más desenfadado de los trágicos, el más plañidero de todos los optimistas y el más temperamental de los hombres mansos, marca el camino de una renovada actitud vital que nada sabe de doctrinas de mercadillo o sonrisa por estandarte, ni menos aún de vidas sin pasado o de pasados enclaustrados en vitrina, con calzador.


El Tiempo, su tiempo y nuestro tiempo, ha de ser el fantasma que aliente nuestra conciencia de lo que ha-sido y ahora-es, como imagen mental, producto de nuestra memoria. Sin origen ni brújula, el viaje trueca en camino.


El enigma está servido.


Su contingencia, su precariedad formal o maleabilidad como condición de ser-imagen-de-lo-que-ha-sido-y-ya-no-es, sólo puede ser tratada de superar en su afirmación y en el deseo de ser esto-presente y no otra-cosa. Cualquier valor de ser, adquiere su eternidad en la autoafirmación de quienes quieren esto otra vez e innumerables veces; en esto consiste el vitalismo.


Todo lo demás es una neurosis. (¿Me estoy repitiendo?)


¿Quiere esto decir que la Historia, la memoria, nunca podrá ser maestra de la vida, que, por muchos esfuerzos que empeñemos, nunca, de modo alguno, podremos dejar de repetirnos a nosotros mismos?


Bonita pregunta, pero aquí, este demonio que en la más solitaria de mis soledades me conmina a vivir mi vida aún otra vez e innumerables veces no me pregunta sobre mi futuro, sino sobre mi pasado, o lo que podría ser mi pasado; sobre la genealogía de lo que ahora-es. Ya he hablado de todo esto: sólo la voluntad, ante la contingencia de lo afirmado, puede preñar de valor la decisión que carece de criterios para sí misma; sólo una vida o un acontecimiento que pueda regirse bajo este principio merece la pena vivirla o realizarlo una e innumerables veces.


Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien.


(... ¡ojo! Ninguna interpretación de una partitura es igual a sí misma.)


viernes, 4 de diciembre de 2009

En silencio


Hoy daba vueltas en torno a este concepto; mejor dicho, en torno a la fuerza significativa del silencio. Recorría este camino tantas veces frecuentado, giraba en falso, me extraviaba o entraba en callejones sin salida: una manera como cualquier otra de salir a pasear.


Resulta complicado recorrer un tren con el mismo tren que has de recorrer.


Vuelta a empezar.


En todo este galimatías hay una cuestión que siempre me resulta, de alguna manera, “significativa”, de la que siempre parto, precisamente porque marca un hiato, un silencio, y suele ser omitida o pasada por alto: por lo general, nuestra concepción natural, intuitiva, sobre la significación, la comunicación y el lenguaje nada tiene que ver con su funcionamiento real. Tratando, estéril, de tantear una teoría o dar con una explicación, me decía a mí mismo que no debía extrañarme de esa manera, ya que el lenguaje es la base de todo lo demás, de todo aquello que concierne a nuestra condición; una condición, como siempre digo, manufacturada, cuya enhiesta estructura es tan alta y compleja como débiles sus cimientos y vigas.


Un castillo de naipes, dentro de una vitrina, en medio de un huracán. Ésta es nuestra condición.


Hoy estoy espeso, echemos mano al libro...


¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal. (F. Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.)


De igual modo que se nos hace imposible poder desentrañar los mecanismos del sueño mientras dormimos, todo lo que concierne a nuestra vida en común está entrelazado, conformado y dirigido por el lenguaje, es lenguaje; en palabras de Heidegger, “nuestra morada”. A simple vista bastaría con salir al exterior, posicionarse en un lugar cuya perspectiva nos ofrezca una panorámica de la casa y... Voilà, ya tenemos las respuesta que cientos de tipos aburridos y con mucho tiempo libre llevan buscando desde hace ya más de dos mil seiscientos años: hemos contemplado el ser, podemos dar respuesta a la pregunta fundamental con la que, una vez resuelta, tendremos el secreto del Bien y del Mal, la fórmula imposible de la felicidad y toda nuestra vida humana cobrará sentido en cuestión de segundos mecidos en esta epifanía. ¿Qué es ser? (¡ups!) Sólo que hay un problema; fuera, ahí fuera, apenas podemos soportar unos instantes, y no sólo por el desarraigo y la soledad que su vacío, la intemperie, amigablemente nos proporciona, sino, porque ahí fuera, todo está oscuro; sólo dentro de nuestra morada podemos mantener las ascuas vivas que iluminan esta estancia, entrar en calor: delimitar los contornos, distinguir las figuras, concretar los detalles de lo que se nos ofrece... fuera de ella, nuestra percepción, la reflexión, todo nuestro instrumental de aprehensión sencillamente no es, queda clausurado; razón por la cual, dicha experiencia ni tan siquiera conforma una experiencia, puesto que, para comunicarla, requerimos del lenguaje y nos alejamos, años luz, de ella. Si tuviera que expresarla, de alguna manera, su grafía sería ésta: des-estar/des-apercibirnos.


No hay manera, apenas nos queda encogernos de hombros y permanecer en silencio.


En torno al silencio, aparte de la paja mental que me acabo de hacer en público, observo una paradoja: sucede que aquello que quisiéramos decir, esto que más ansiamos poder expresar, no puede ser dicho, momento en que el silencio nos induce al desasosiego; por contra, en algunos casos, precisamente en aquellos en que preferimos permanecer callados, por las razones que sea, eso que tratamos de ocultar es dicho por el silencio. En el primer caso, el silencio es signo de una carencia o de una imposibilidad, en el segundo, el silencio es signo lingüístico, gesto cargado de significación, de lo que nuestras palabras, en el caso de ser dichas, sólo tratarían de enmascarar y, por ello mismo, callamos; lo cual revela sin tapujos la naturaleza del signo lingüístico y el juego de contrapesos que se ponen en marcha cada día, cuando salimos del sueño para vivir somnolientos, entre tanteos y juegos de poder: juegos de palabras.


Hay silencios muy elocuentes.


Pensaba en todo esto desde un principio, confieso, con una imagen cinematográfica en mente y recordaba la relación de los dos personajes que la protagonizan, marcada por el silencio. El film se titula El tercer hombre, está dirigido por Carol Reed, con guión de Graham Greene, y la escena en cuestión está interpretada por Joseph Cotten y Alida Valli; él representa a un escritor americano al que no se le ocurre otra cosa que acudir a una ciudad europea, Viena, tras la segunda gran guerra, en busca de trabajo; ella encarna a la antigua amante de un amigo de él, precisamente el mismo que lo animó a presentarse en Viena con la promesa de un trabajo. Él no es más que un escritor de novelas baratas –así es como él mismo se describe- que, cuando llega a la ciudad, se encuentra con que su amigo ha muerto... El hecho es que, en determinado momento, él comienza a sospechar que su amigo ha podido ser asesinado y, presto, como los personajes de sus novelas, a descubrir al asesino, entabla amistad con la que fue su amante. Como dos y dos son cuatro, las protagonistas de aquellas películas solían ser muy bellas y los hombres cuando estamos solos en una ciudad, borrachos, desesperados y enfurecidos somos capaces de todo, hasta de enamorarnos, sucede lo previsible. En este contexto que, espero, para quienes han tenido la paciencia de leer hasta este punto, no os haya aburrido demasiado, transcurre la escena: nuestro don Juan, al que le ha picoteado un dedo un loro y ha engarzado con la borrachera del día anterior una nueva borrachera con todo el dinero que le quedaba, acude al apartamento de ella para despedirse... en cierto momento él se insinúa a la chica, bueno, miento, directamente le revela que está enamorado de ella –lo sabe- y ésta permanece en silencio. La frase es de él: Hay silencios muy elocuentes.


Esta escena nos traslada, a través del silencio, a la última escena del film. Los protagonistas se encuentran en el segundo entierro que presencian en una semana del mismo hombre; esta vez el hombre sí es el amante de ella y, esta vez, a ambos, los separa un abismo en el mismo encuadre. Frente a frente, no hay manera de romper esa distancia. En la siguiente secuencia, en una avenida arbolada que se pierde allí, donde el punto de fuga, él decide bajar de un automóvil para esperarla a ella, que se acerca andando, lentamente, pero con paso decidido, hacia la cámara; él está en primer plano, si no recuerdo mal –describo de memoria-, a la izquierda del encuadre, apoyado en un automóvil. Cuando ella alcanza su altura, gira a la derecha, tomando una curva imaginaria, y sale del plano.





Hay silencios que acogen una mayor densidad semántica que cualquier desfile de palabras.


(Por cierto, el primer silencio se debe a que ella no había olvidado todavía a su amigo; el segundo a que él, llegados a cierto momento, y por razones ajenas a ambos, lo había matado...)


jueves, 12 de noviembre de 2009

Abtrünnigkeit


Transcribo a continuación la traducción de un texto inédito en castellano del ensayista austriaco Josef Werner. Nacido en 1878 y olvidado por la crítica y la historia, Werner, medievalista y doctor en teología, miembro, posteriormente, del partido anarquista alemán, fue hallado muerto en la madrugada del 3 de noviembre de 1929 en la ciudad de Berlín bajo un soportal y abrazado a la carpeta que contenía los legajos con los que más tarde fue compuesta su única obra, misteriosa y apenas comprendida, Die Passagen der Wüste. Tras una “crisis febril”, según sus propias palabras, causada por las lecturas de la obra del filólogo alemán Friedrich Nietzsche, se distanció, definitivamente, de la teología y la fe para alistarse, como activista radical, en su juventud, en ambientes anarquistas. Aquí se le pierde la pista, algunos comentaristas de su obra especulan con que se refugió en la bohemia berlinesa y malvivió desempañando diversos trabajos, como corrector en un diario local, marchante de falsas obras de arte o, sencillamente, mendigo. Los textos que componen Die Passagen der Wüste apenas pueden ser clasificados por ningún canon y pertenecen a esa tradición fronteriza con la que el Ensayo como género ha cobrado carta de naturaleza durante el siglo xx y logrado emanciparse del ámbito académico sin dejarse, por supuesto, fagocitar por los géneros de ficción, las memorias o la autobiografía. Se trata de textos cortos, oscuros, a medio camino entre, especulamos, episodios bibliográficos y reflexiones sobre la época, la historia y el devenir de nuestra especie. El presente pasaje, “Abtrünnigkeit”, está fechado una semana antes de su muerte; plagado de referencias imposibles de delimitar, apenas podemos afirmar que contenga vivencias del propio Werner ni, menos aún, trazar una hipótesis sobre los sujetos a los que está referido; si es que existe dicha referencia. Hay quienes proponen que, con él, este ensayista austriaco estaba esbozando, como si de un visionario se tratara, una crítica a las relaciones humanas, a la incomprensión, a la incomunicación y a los acontecimientos que se sucederían posteriormente en Alemania y que, de alguna manera, continúan sucediendo en nuestros días, en nuestras ciudades, en nuestras costas; en definitiva, en nuestras fronteras.



Disidencia


Se asemeja el frío, con matices, al hambre: cuando no viene de nuevo, no basta con una simple manta para calmarlo. No es posible desasirse de esta sensación; de alguna manera, oscura, forma parte de nosotros: somos frío y hambre.


Ambos, como manifestación o advertencia, señalan el rastro de una carencia fundamental o de una negación reiterada; ansias que, quizá, los narcóticos puedan calmar, pero, en ningún caso, lograrán sanar.


Tanto el frío como el hambre anuncian una parte de lo vivo que se desvanece, a falta de cuidado o atención; esa porción de nosotros que se extingue y que no podrá ser ya repuesta, como un mal condicionamiento del que sólo podemos ser conscientes y con el que tratamos de lidiar a cada instante; porque ningún ahora puede ser reemplazado por cualquier mañana y de vanas promesas sólo se nutren quienes no aman realmente la vida.


El llanto en la madrugada del niño no atendido es una carencia que retorna, como frustración inevitable, cada madrugada del hombre que será; sus yagas, como durezas, configurarán su escafandra.


Todo lo contrario, la fiebre es un síntoma inequívoco de la victoria de estar vivo, de la batalla que se libra en un interior al que podemos o no permanecer ajenos. La temperatura ascendente, el susurro escalofrío, las sienes retumbantes y el pajizo del mentón, roto y amoratado, por la frontera de las mejillas escarpadas del guerrero, anuncian la furia, la terca resistencia o la insolencia, una vez más, de quien se niega, disidente, a enfundar su espada, replegar las tropas y arrojar su estandarte colina abajo.


Ellos gobernarán esta torre de su homenaje, festejarán nuestra ausencia y danzarán ebrios sobre nuestro escudo de armas; malversarán este legado de conducta no correspondida, retozarán sobre nuestro lecho, allanarán nuestras alcobas, yacerán con nuestras amantes y éstas se postrarán a sus pies...


Dejadlos,

ellos no saben, apenas intuyen, confiados; nunca estuvieron en un campo de batalla y desconocen la mirada cómplice de quien, más que temer, ama la vida y, por ello mismo, mira de frente, ofrece su mano, sin testigos ni acta notarial, da su vida y regala palabras que sólo pueden ser dichas en silencio: nuestra lengua originaria.


Ellos desconocen que ni una ni dos contiendas hacen la guerra.


Héroe es quien se revuelve mientras le quede aliento y sabe que cualquier victoria tendrá su mañana, extensión del ayer que nunca cesa.


A quienes sobreviven con lo puesto, sólo les queda asirse a sus recuerdos, su equipaje más valioso, donde macera el germen de esta fiebre.


Ni esta noche ni nunca, ya, bastará con detener a los sospechosos habituales; faltan empalizadas para contener nuestra fronteras.


Esta fiebre se transmite por el aire, ya no es suficiente con mirar hacia otro lado; de frío y hambre se nutre nuestro carácter, nuestra arrogancia.



[Berlín, 26 de octubre de 1929]


(Josef Werner: “Abtrünnigkeit”, Die Passagen der Wüste [1950].)