[Quienes quieran leer un buen artículo sobre estos tres conceptos, pueden echar un vistazo a: Antonio Campillo: “Aión, chrónos y kairós. La concepción del tiempo en la Grecia antigua”, en La(s) otra(s) historia(s), UNED del País Vasco, 3 (1991), pp. 33-70.]
viernes, 1 de junio de 2012
Kayrós (Καιρός)
[Quienes quieran leer un buen artículo sobre estos tres conceptos, pueden echar un vistazo a: Antonio Campillo: “Aión, chrónos y kairós. La concepción del tiempo en la Grecia antigua”, en La(s) otra(s) historia(s), UNED del País Vasco, 3 (1991), pp. 33-70.]
jueves, 17 de diciembre de 2009
Variaciones en una misma melodía
En el mundo clásico
Nuestra noción del Tiempo está necesariamente vinculada, pues, a un concepto sin parangón en el mundo clásico, la idea de “progreso”; responsable directa de nuestra propensión a concebir históricamente nuestros avatares.
Para la humanidad pre-historiadora, el presente era el resultado trágico, una degradación devenida a partir de un punto de partida idealizado, un momento de plenitud que constituía, por ello mismo, un horizonte hacía el que la acción debía estar dirigida. El Tiempo no era más que la abstracción de un ciclo eterno, la secuencia que describía el devenir y retorno, a partir de una inflexión, al lugar de partida.
Fue el judaísmo, por medio de su variante cristiana, la religión que impuso una noción aberrante, con la que aquella concepción del tiempo como una secuencia de ciclos, retorno y variación, fue olvidada, sustituida; encubierta. El presente dejó de estar fundado, orientado, visto e interpretado a partir de un momento pasado, para enfocarse hacia un futuro prometido (bien fuera el Reino de Dios, la venida de un Mesías, la realización del Espíritu, la sociedad justa...). El tiempo dejó de ser considerado como una serie de acontecimientos que se repiten y comenzó a pensarse como horizonte histórico en el que habría de materializarse dicha promesa, en un futuro, distinto, no idéntico, con el pasado. Occidente no es más que una civilización de historiadores empecinados en interpretar, hallar el sentido oculto de la historia, para marcar el camino correcto hacia esa promesa; a ello se vincula nuestra noción de “progreso” y nuestra concepción del tiempo como una sucesión lineal de hechos relacionados de manera causal.
Toda esta historia se enreda, tiene sus vicisitudes, pero no quiero dormir a nadie. El resultado de ella es que, pese a la evidencia de que no sólo los fenómenos naturales tienen sus ciclos, nos resulta difícil pensar nuestras vidas de forma cíclica. Esa idea siniestra de repetirnos, constantemente, a nosotros mismos, de vivir, una y otra vez, el mismo momento, nos resulta aterradora, precisamente, porque la facticidad de lo que se nos presenta nos resulta contraintuitiva, cocha frontalmente con nuestra representación de lo que somos (conciencias independientes y completamente dueñas de sus actos). Pero el hecho es que nos repetimos día tras día a nosotros mimos, con variaciones que, más o menos, están en nuestra mano. Hay quienes se repiten sin más. Nuestras vidas están orquestadas de forma cíclica, anudadas según rituales, fundamentalmente, ligados a cambios estacionales. Repartimos amor y fraternidad con el solsticio de invierno y volvemos a enfrentarnos con los mimos rostros, a sentir los mimos olores, a comer los mismos platos... realizamos una y otra vez los mismos rituales, vinculados, del mismo modo, al equinoccio de primavera o al solsticio de verano. Un día de nuestras vidas podría condensar un año o una vida en sí misma; esto lo supo ver de forma soberbia Virginia Wolf.
Ésta es la lectura que de Nietzsche hizo uno de los tipos más lúcidos que han pasado a la historia del pensamiento del siglo XX. Me refiero a Bataille, que llevó a cabo una lectura antropológica de la oposición que hizo valer el filólogo alemán para confeccionar su tesis sobre la tragedia griega y que sería la base fundamental de toda su filosofía posterior. En El origen de
Este análisis fue extrapolado por Bataille para elaborar lo que sería una visión antropológica de nuestra especie, una serie de rasgos estructurales que, con variables, establecían una función que se repetía en cualquier manifestación cultural de nuestra especie. La oposición, en este caso, está fijada con los conceptos de “derroche” y “ahorro” y la idea es una interpretación de la idea nietzscheana de la que parte: en cualquier sociedad existe un ciclo de ahorro y posterior derroche, ya sea de bienes, de pulsiones... De esta forma, la función que los periodos festivos cumplen dentro del sistema cultural no es más que la de derroche de unos vienes acaparados, descarga de determinadas pulsiones que han sido contenidas, ahorradas, según el ciclo mesura-exceso, orden-desconcierto, ahorro-derroche: Apolo-Dionisos. Por esta razón, aquello que caracteriza a todos los periodos de fiesta, fueran cuales fueran, es la ruptura con el orden de cosas previo, la suspensión de los límites.
Tras unos meses recogiendo la cosecha y proveyéndonos para el invierno, antes, nos debemos un exceso... hasta la próxima primavera, claro.
[Disculpar por la perorata.]
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El peso más grande
¿Qué ocurriría si, un día o una noche, un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: “Esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión -y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas y así también este instante y yo mismo-. ¡La eterna clepsidra de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito del polvo!”? ¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te ha hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: “Tú eres un dios y jamás oí nada más divino”? Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa: “¿Quieres esto otra vez e innumerables veces más?” pesaría sobre tu obrar como el peso más grande! O también, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que ésta última, eterna sanción, este sello? (Friedrich Nietzsche,
Al contrario que la algarabía de filosofías orientales que se nos ofertan de saldo, el tono sacerdotal, condescendiente y carente de tensión sanguínea de la moda New Age o los eclécticos e inefables manuales de autoayuda, Nietzsche, Friedrich Nietzsche, el más desenfadado de los trágicos, el más plañidero de todos los optimistas y el más temperamental de los hombres mansos, marca el camino de una renovada actitud vital que nada sabe de doctrinas de mercadillo o sonrisa por estandarte, ni menos aún de vidas sin pasado o de pasados enclaustrados en vitrina, con calzador.
El Tiempo, su tiempo y nuestro tiempo, ha de ser el fantasma que aliente nuestra conciencia de lo que ha-sido y ahora-es, como imagen mental, producto de nuestra memoria. Sin origen ni brújula, el viaje trueca en camino.
El enigma está servido.
Su contingencia, su precariedad formal o maleabilidad como condición de ser-imagen-de-lo-que-ha-sido-y-ya-no-es, sólo puede ser tratada de superar en su afirmación y en el deseo de ser esto-presente y no otra-cosa. Cualquier valor de ser, adquiere su eternidad en la autoafirmación de quienes quieren esto otra vez e innumerables veces; en esto consiste el vitalismo.
Todo lo demás es una neurosis. (¿Me estoy repitiendo?)
¿Quiere esto decir que
Bonita pregunta, pero aquí, este demonio que en la más solitaria de mis soledades me conmina a vivir mi vida aún otra vez e innumerables veces no me pregunta sobre mi futuro, sino sobre mi pasado, o lo que podría ser mi pasado; sobre la genealogía de lo que ahora-es. Ya he hablado de todo esto: sólo la voluntad, ante la contingencia de lo afirmado, puede preñar de valor la decisión que carece de criterios para sí misma; sólo una vida o un acontecimiento que pueda regirse bajo este principio merece la pena vivirla o realizarlo una e innumerables veces.
Non, rien de rien
Non, je ne regrette rien.
(... ¡ojo! Ninguna interpretación de una partitura es igual a sí misma.)
jueves, 26 de noviembre de 2009
Ciudades imposibles
Tonteaba con uno de los pocos libros que suelen decorar mi mesilla u ocupar los bajos de la cama allá donde voy –yo no compro libros, pesan mucho, ocupan espacio y el espacio es muy caro y, por lo general, nunca sé dónde estaré el mes que viene- y al que tengo especial cariño, por lo que hay escrito en su primera página, la de cortesía, la que sale de imprenta en blanco...
Las ciudades invisibles de Italo Calvino (Ediciones Siruela, Madrid, 2006) es de esos libros ligeros a simple vista, simpáticos, bien escritos, que puedes llevar a todas partes y leer en cualquier momento. Está compuesto por textos que apenas si ocupan una página y que conforman, a su vez, preciosas imágenes de ciudades oníricas, utópicas o contrautópicas; lo difícil es discernir cuál es cuál.
Ése es el juego al que nos desafía Calvino.
Desde su constitución como concepto, la utopía sólo ha tenido lugar allí donde el eje espacio-temporal se extienden hacia la elipse: en la ficción. De hecho, hace ya algunos siglos que la literatura es el único bastión de la humanidad, el único espacio de libertad -cuidado con esta palabra- que nos queda; puesto que sólo con ella es posible dar orden y concierto, sacar a la luz y dar rienda suelta a nuestros deseos, ilusiones, pesadillas y frustraciones... a nuestra humanidad, al fin y al cabo.
Más allá, sólo podemos agarrarnos a esta asepsia hospitalaria que nos rodea.
Pensaba en todo esto y en otras cosas más, digo, tonteando con el libro, haciéndole la corte, por supuesto, proyectando, como no, el rostro del deseo... ya sabéis: perfilar con la mirada, definir con el recuerdo y ver con la imaginación. En eso estaba... releyendo y releyéndome, cuando, advierto que, y sin que sirva de precedente, “parecía” que esta aporía en la que me hallaba estaba, embriaguez isomórfica, referida en el libro; un libro, como digo, que, a simple vista, no parecía contener un mensaje unitario, una tesis definida, desde luego, menos aún sistemática.
De hecho, siempre he pensado que para expresar la imposibilidad de todo lo anterior -de hallar una tesis fundamental sobre la que construir un sistema de pensamiento capaz de abarcar la totalidad de la vida humana y, a su vez, dar respuesta a los problemas que se nos plantean-, lo último que debe hacerse es redactar un texto con esas mismas características que trate de “decir” lo que no se muestra con el gesto. Dicha idea, por ello mismo, sólo puede expresarse como gesto, bien sea de forma asistemática, bien sea a la manera expresionista.
Calvino lo adereza, en este caso, con sal y pimienta.
Cuál es la aporía que nos plantean estas ciudades invisibles.
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Las ciudades y la memoria. 2
Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos. (p.23.)
Aquí se entrecruzan ambas ideas: lo deseado y lo temido; pero también nos advierte de cómo algunas incoherencias de la memoria dan alas al deseo, en la superficie, mientras barruntan amenazas aterradoras, en los bajos fondos (siempre); nos habla sobre aquello que se-sabe y que, a su vez, no-es-sabido, y de cómo ambas cosas pueden llegar a constituir un mismo fenómeno. Lo temido, en este caso, no es la imposibilidad del deseo en sí, sino el desajuste entre lo deseado y el sujeto volitivo; cuando el producto del deseo forma ya parte de la memoria, es sólo Memoria. En ese momento, todo está perdido.
Isidora, la ciudad soñada, es la ciudad de sus deseos de juventud; una vez alcanzada, sólo arribando a ella, logra comprender el hombre que mientras soñaba, lo único que de verdad anhelaba era aquello que se perdería inevitablemente: la juventud. En tal caso, el feliz encuentro no es más que un darse cuenta de que Isidora era un deseo imposible: el de una juventud eterna; porque la ciudad soñada lo contenía joven y a Isidora llega en edad avanzada. ¿O es la memoria quien cree que aquella ciudad lo contenía joven?
Es estúpido desear lo que ya se tiene; el recuerdo sigue intacto, de igual forma que el deseo, quien ha cambiado es el sujeto del deseo, que olvidó que Isidora fue su deseo.
Cuidado con lo que deseas... siempre podría hacerse realidad.
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Las ciudades y la memoria. 4
Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en el recuerdo. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y ventanas de las casas, aunque no haya en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir, imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve caños, la torre de cristal del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, la estatua del ermitaño y el león, el baño turco, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como un armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria.
Pero inútilmente emprendí viaje para visitar la ciudad: obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció.
En este caso nos enfrentamos con una densidad aún mayor (toda una tradición epistemológica sufre en zarpazo definitivo con esta sola imagen): nos hallamos ante un recuerdo, el de una ciudad, que, a su vez, sirve para recordar. Obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor cumple una doble función maldita: es capaz de mantener en nuestra memoria todos y cada uno de los acontecimientos, nombres y artefactos que fuimos disponiendo en torno a ella..., pero, a su vez, este recuerdo que sirve para recordar, queda petrificado, esculpido en mármol puro, pulido y resguardado contra el viento... Tanto es sólo Recuerdo, que hemos olvidado que fuimos nosotros quienes erigimos este mausoleo; tanto es Recuerdo, que sólo existe realmente como objeto del recuerdo que se nos da, una vez más, en su desajuste con el objeto temporal.
El recuerdo no es más que la imagen de un cadáver al que hemos cubierto para ignorar su descomposición.
Con el recuerdo se anticipa el olvido.
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Aporía
(i) Nuestro deseo de las cosas no versa sobre las cosas mismas; pero las cosas mismas, sin deseo, apenas pueden ser percibidas, pues no logran calar hondo en nuestros sentidos.
(ii) Más allá del tiempo, las cosas logran permanecer, alcanzan la eternidad; pero, inevitablemente, por ello, no nos corresponden, se elevan, hasta parecerse sólo a sí mismas, hasta no reconocerlas ni mirándolas de frente.
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Para ciertas cosas nunca dejaré de ser kantiano.
Pensamientos sin contenido son vacíos; intuiciones sin concepto son ciegas.


