sábado, 13 de noviembre de 2010

Siente a un pobre a su mesa


Según mis amigos de la RAE (quienes, por cierto, estrenan nueva ortografía –y me temo que, como suele ocurrir, nadie ha quedado contento; ni los de fuera, ni (todos) los de dentro), un esperpento hace referencia al hecho “grotesco o desatinado”; su etimología es incierta, y no creo que venga mucho al caso, ya que su uso, desde principios del siglo xx está condicionado por la lectura que de este término hizo Valle-Inclán, quien bautizó con él este género crítico y literario inaugurado con Luces de Bohemia (1920).


Valle-Inclán tomó prestada esta voz popular, que hacía referencia a lo espantoso, a lo feo o grotesco (ligada al juicio estético, como vemos), para designar un nuevo tipo de obra teatral con la que pretendía, mediante una “deformación grotesca de la realidad”, como ya hizo Goya con la serie de Los Caprichos, poner en marcha una crítica de esa sociedad de la que era reflejo (deformado).


La transposición, la ironía, el sarcasmo…, los desplazamientos, en definitiva, como forma de crítica han sido un lugar común, bien frecuentado, a lo largo de la historia por las mentes más lúcidas; me vienen ahora a la cabeza Luciano de Samosata, Erasmo de Rotterdam, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo… (existen varios estudios críticos que tratan todos estos casos en particular y alguno, incluso, los enlaza –alguno de ellos- trazando una visión diacrónica de este asunto). También Valle, que expone por medio de su personaje, Max Estrella, la idea de base de esta estética:



max: Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.

don latino: ¡Estás completamente curda!

max: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

don latino: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!

max: España es una deformación grotesca de la civilización europea.

don latino: ¡Pudiera! Yo me inhibo.

max: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

don latino: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.

max: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.

don latino: ¿Y dónde está el espejo?

max: En el fondo del vaso.

don latino: ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!

max: Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.*



Si alguno se está preguntando a qué viene todo esto, es porque no sabe o todavía no ha leído (o no es lo suficientemente intuitivo) que esta madrugada ha muerto Luis García-Berlanga, uno de los grandes directores de cine europeo del siglo xx, autor de cintas con las que he crecido y que han enriquecido de manera extraordinaria mi universo estético y mi forma de mirar, mostrándome la risa, la estrategia de reírse de uno mismo, de la condición humana, como forma de comprensión; como fármaco y dardo bien afilado contra esta cultura decadente que es la nuestra; como manera de fortalecerse ante el adversario y su superioridad en número; como forma de huída siempre adelante (siempre, ¿verdad?).


Me vienen tantas a la cabeza: Esa pareja feliz (1952), Bienvenido Mr. Marshall (1953), Los jueves, milagro (1957), Plácido (1961), El verdugo (1963), la serie de La escopeta nacional (77-82) o La vaquilla (1985).


Y es que Berlanga, parece, toma el testigo y hace suyas las palabras de Max Estrella y de Valle: España como deformación de Europa, como lugar donde se concentran todas aquellas contradicciones y fantasmas de la cultura occidental-europea, donde los castillos siempre son de arena y donde bajo los adoquines, no hay manera, nos tropezamos con calzadas aún más antiguas y más costosas aun de levantar. Y así lo quiso mostrar un tipo lo suficientemente lúcido como para jugar, junto con su amigo, y guionista de gran parte de su obra, Rafael Azcona, con la censura franquista durante lustros y salir bien parado. Su ironía era tan fina y su lenguaje tan rico que, leía hace un tiempo, los censores, cuando se las tenían que ver con un guión suyo o de Azcona (o de ambos), se tiraban de los pelos porque, según cuentan, Berlanga podía filmar una cinta en la que tanto el guión como los diálogos parecían, a simple vista, completamente asépticos, pero en un plano de apenas unos segundos de la Gran Vía madrileña, se les escapaba la imagen de un obispo saliendo del burdel a la hora de la siesta.


Berlanga fue un libertario, así solía definirse en las entrevistas, y un vitalista, así es como se nos ha mostrado en su cine. Ha sido el primer director español, y creo que el único, que se ha atrevido a retratar nuestra guerra civil en tono de comedia; uno de los pocos que supo plantarle cara al nuevo imperio estadounidense, pasando por encima del franquismo como un niño travieso al que nadie entiende y al que, por eso mismo, dejaban hacer, y presentar su cinta al Festival de Cannes (leí en una ocasión que, de no ser por la crítica que se hacía en ella al gobierno de EE UU, Bienvenido Mr. Marshall hubiera podido ganar ese año el premio a la Mejor Película y otros tantos más, incluso podría haber optado a los Oscar); un visionario crítico con las formas emergentes de "caridad" occidental, su hipocresía… Sus personajes, auténticos antihéroes, hermosos a manos llenas, son tipos anónimos, inocentes, inmersos en tramas que los superan y que, inevitablemente, terminarán con sus sueños. Sus interminables planos secuencia, repletos de personajes, de voces, en los que nadie calla, representando esa algarabía que es la existencia: cientos de voces al tiempo en una coreografía donde nadie es escuchado, pasarán a la historia del cine, junto a nombres como los de Chaplin, Fellini, De Sica, Visconti, Godard, Truffaut, Welles…


Poniendo el neorrealismo al servicio del esperpento, nos mostraba un camino mejor: el amor por la vida y la comprensión de nuestra condición como forma de profundizar en este grotesco sinsentido de todo lo absurdo que nos rodea.


Todos somos Plácido.


(Ésta era su verdad.)


Mientras tanto, ya saben, estas próximas navidades, no duden en sentar a un pobre a su mesa (y qué mejor si es austrohúngaro).



*
Ramón María del Valle-Inclán, Luces de Bohemia, xii.

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