sábado, 16 de junio de 2012
Ευρώπη (Europa)
Hace poco más de un mes asistía a una charla-encuentro
organizada con motivo del aniversario del 15 de mayo en Barcelona e impartida
por el economista Arcadi Oliveres. Oliveres se ha convertido en una especie de
estrella mediática para los asamblearios, lo adoran y adulan como a una
estrella del rock, pese a que casi siempre repita, palabra por palabra, el
mismo “texto” y lo amenice con los mismos chistes. Algo que al público (o a sus
grupis) parece no molestar, ya que
todo eso no quita que tenga razón, que sus análisis de la situación financiera
que estamos atravesando sean del todo acertados y que sus amplios conocimientos
en este campo hagan de él un interlocutor imprescindible aquí en Cataluña.
Quiero recordar aquella tarde porque, esta vez, Oliveres,
con la artesanía de quien está acostumbrado a enfrentarse a un público
entregado y sabe medir los tiempos y pulsar el ánimo de su auditorio, introdujo
de forma un tanto tendenciosa al final de la charla, en el turno abierto de
preguntas con el que se daba paso a un debate, una cuestión novedosa a las
numerosas charlas y encuentros en los que a lo largo de este año se ha
prodigado.
Os ubico un poco, el encuentro tenía lugar en las escalinatas
de acceso a la “majestuosa” sede central del BBVA que hay en Plaza Cataluña.
Era domingo 13, la noche anterior varios miembros del movimiento 15M habían
acampado y hecho suya, como hace un año, la céntrica plaza (una ocupación
pactada con el Ayuntamiento, que dio de plazo hasta el día 15 para despejar la
plaza). El día amaneció soleado e hizo que las convocatorias, a decenas, que se
habían organizado fueran secundadas por cientos de vecinos, simpatizantes,
detractores, gente que pasaba por ahí, vendedores ambulantes… La charla de
Oliveres, centrada en cuestiones económicas, había sido programada en el único
lugar de la plaza donde, a esa hora, las cinco de la tarde, protegía la sombra
de los casi 35º que teníamos de media por aquellos días en Barcelona; era un
lugar simbólico (la sede central en Barcelona de uno de los mayores bancos del
país), con un ponente de renombre, aunque intuyo que esa sombra de la que os
hablo tuvo mucho que ver para que casi un millar de personas decidieran asistir
a esa hora a una charla sobre macroeconomía en un día de resaca como aquél (eso
y la Ley de
Atracción de la
Muchedumbre).
Llegados al final de la charla, después de que un
universitario apasionado, que previamente había hecho de maestro de ceremonias,
diera paso al turno abierto de preguntas, Oliveres tomó otra vez el micrófono
como solamente él sabe hacer y pidió orientar el debate siguiente en torno al
futuro del euro. Quienes hayan participado en algún evento masivo de estas
características organizado desde del 15M pueden hacerse una idea de lo que
sucedió: tras unos inagotables segundos en los que todos agachamos la cabeza o
decidimos que debíamos fijar nuestra vista en algún punto lejano en la plaza al
que, hasta el momento, no le habíamos prestado la suficiente atención, y
llegados al momento en el que unos y otros nos miramos con caras de
circunstancia, comenzaron las intervenciones. El primero en hablar fue un tipo
de mediana edad y estética okupa que, tambaleándose con una cerveza en la mano,
agarró el micrófono para decir con voz ronca “yo… soy marxista” (reproduzco con
puntos suspensivos el espacio de tiempo dejado entre el sujeto y el predicado
de la frase tal y como llegó a mis oídos), dicho lo cual devolvió el micrófono
al joven universitario que sonrojado buscaba una esquina donde esconderse o
alguien dispuesto a tomar el micrófono con la intención de continuar con la
línea de debate abierta por Oliveres. Hubo suerte, una chica que conozco,
estudiante de economía, completamente azorada ante un público tan variopinto y
numeroso, dijo… pues eso: que era estudiante de económicas y que no tenía claro
cuál debía ser el futuro del euro o si, de alguna forma, el euro había traído
algo bueno.
Terminada su intervención todos volvimos a mirarnos a las
caras, más de uno hubiera querido decir algo, pero también intuíamos, al menos
yo, que los derroteros a que Oliveres había reconducido el debate estaban más
que cercados y que, en caso de intervención, el debate dejaría de ser un debate
y se transformaría en una disputa ante un interlocutor contra el que no
teníamos nada que hacer y sí mucho que perder. Dicho y hecho, Oliveres, con
cierto desdén, que no sé si muchos pudieron apreciar, volvió a tomar la palabra
y de forma escueta, con un catalán imposible, dijo algo así como que jamás
tendríamos que haber aceptado una moneda única dentro de una unión de países
con economías y regímenes fiscales diferentes, que esto era lo que nos estaba
llevando a la ruina y que la UE
lo mejor que podía hacer era disolverse.
Volvía a casa con unos compañeros de la asamblea de barrio y
daba vueltas a las últimas palabras de Oliveres. Todos, a estas alturas, o al
menos muchos de nosotros, hemos llegado a la conclusión de que la unión
económica ha de ser disuelta sin demora para que cada país pueda afrontar algún
tipo de futuro digno según su propia coyuntura, puesto que no existe ninguna
intención de cooperación por parte de determinados estados de la Unión, temerosamente sumisos
a otros intereses. Pero me negaba, quizá porque yo sí, al menos, albergo ese
sentimiento de pertenencia o identidad, a admitir la disolución de Europa, sea
lo que quiera que sea ser europeo.
Durante estas semanas no he dejado de pensar en ello y,
releyendo un artículo firmado por Francisco Jarauta en 2010 (“El futuro de
Europa”*), me he animado a mí mismo a escribir esta entrada, quizá como forma
autocomplaciente de convencerme a mí mismo de que sí existe algo así como un
espíritu europeo que, de forma estratégica, aún tiene mucho que decir ante los
nuevos acontecimientos, quizá porque es mi propia identidad la que está en
juego.
La realidad es que Grecia, nuestra idealizada cuna, a la que
hoy dejamos desasistida y a su suerte, mientras unos miran para otro lado y
otros nos lamemos displicentes, pero incapaces de dar un golpe en la mesa, las
heridas, no sólo construyó esta Europa geográfica que hoy en día conocemos,
sino que dio a la Historia
un modelo de pensamiento y un sistema de formas arcaico sobre el cual, mejor o
peor, con mayor o menor suerte, con todas sus taras, ha sido construida la
identidad que puso a Europa como garante o epicentro de la cultura occidental.
Durante siglos así fue, la Historia tuvo un único
centro de protagonismo y fue escrita a la medida y voluntad de una cultura que
se laureó a sí misma como modelo central y único garante de universalidad. Fue
el Proyecto Ilustrado traído por la Modernidad el que dio lugar a una primera
experiencia de Globalización e impuso un único sistema de formas universalizado,
oteando en el horizonte, ante la variabilidad cultural a que se enfrentaban los
colonizadores; constituyéndose a sí misma, en palabras de Francisco Jarauta, en
“centro del saber, del nombrar y del interpretar, [como unidad] de poder y
dominio”. Así es como fue sucediéndose cualquier experiencia colonial:
imponiendo un único modelo que haría de Occidente la cultura dominante de un
mapamundi que, conforme pasaba el tiempo, parecía estrecharse. Pero este modelo
entra en crisis tras la I Gran Guerra
y, aunque durante el periodo de entreguerras, muchos fueron quienes trataron de
re-instaurar la hegemonía europea re-pensando nuestra identidad, tras el
segundo intento de matarnos entre todos, finalizada la
II Gran Guerra, cunde el pesimismo entre
todos aquellos intelectuales o artistas que trataron, quizá en vano, de evitar
que el viejo navío zozobrara y de recomponer lo que Valéry llamó l’esprit de l’Europe.
La vieja Europa, enfrentada a sus propios traumas, que como
viejos fantasmas se apropiaban de la mansión, dividida en bloques, endeudada
con los vencedores, un excéntrico campo abonado al resentimiento, incapaz de
cerrar sus propias heridas que, como los cascotes precipitados de sus más
afamados símbolos, hacían mella en sus calles mientras se anunciaba una
epidemia de hambre y miseria que duraría dos décadas, sufre una grave crisis de
identidad que afecta a todos los campos del conocimiento y que tuvo una
profunda repercusión en el marco político y geoestratégico mundial.
Éste fue el nuevo horizonte neoliberal que ha terminado por
imponerse y ante el que los esfuerzos de Europa por mantener cierto espíritu
heredado de la Revolución
francesa y del Proyecto Ilustrado, dando lugar a lo que hasta hace un par de
años llamábamos el “estado del bienestar” y esas clases medias, que, por
momentos, hicieron enorgullecer a la Socialdemocracia
europea, hoy en día ha entrado una vez más, y parece que por siempre, en
crisis.
Desde el inicio de la Unión, tras toda la retórica ilustrada y
post-revolucionaria con que disfrazaron la forma en que Europa, tratado tras
tratado, claudicaba y perdía su hegemonía ante el Nuevo Orden mundial, el viejo
continente siempre ha centrado todos los debates en torno a cuestiones
domésticas (económicas, políticas y sociales), muchas veces demorando hasta el
exceso su ampliación territorial y la inclusión de muchas de aquellas naciones
que por historia y tradición participaban de ese sentimiento de identidad, y
casi siempre dejando a un lado la reflexión del papel que debía asumir dentro
del Nuevo Régimen, acrecentando, aun más si cabe, esta pérdida de hegemonía en
un marco geopolítico globalizado.
“Pocas épocas como la nuestra se
han visto sometidas a procesos de transformación tan profundos y acelerados que
afectan por igual a sus estructuras económicas, políticas, sociales y
culturales […] un nuevo orden mundial que ha transformado cualitativamente el
sistema de poder heredado de la Segunda
Guerra Mundial.”
Así describe Francisco Jarauta el contexto previo a la
crisis sistémica que hoy nos afecta y que ha sido su detonante. Este Nuevo
Orden mundial al que se enfrentaba Europa no hace mucho, digamos, hace cinco
años, había dado lugar a una seria y preocupante transformación de lo político,
principalmente a la transformación del “espacio” político clásico. Los
estados-nación se habían visto superados (hoy es más que evidente) por instancias
de poder supraestatales, y las decisiones políticas, aquellas conflictos de
interés que sólo podían ser dirimidos en un espacio político (con todo lo que
esto conlleva), estaban siendo sustituidas (y supeditadas) por la nueva lógica
de intereses creados en torno a agentes económicos y financieros. Se trataba,
como vemos, como estamos viendo hoy, de un Mundo gestionado por un sistema de
intereses ajeno por completo a cualquier horizonte histórico o al bien común.
¿Por qué sufre así Europa? ¿Por qué el espíritu europeo se
ve impotente e incapaz de dar un golpe en la mesa y se deja llevar por un juego
de intereses que nos conducen a la barbarie?; dejando a un lado el hecho de
que, una vez más, sean los de siempre los que, parece, nos van a abocar a una
nueva guerra, como si a los europeos nos encantara, de forma cíclica, matarnos
los unos a los otros, como una cita inexcusable con la historia, como un
campeonato continental de un deporte que, de vez en cuando, todos también
practicamos en nuestras casas, como hacen las culturas mediterráneas en la
noche de san Juan, obligadas a arrojar a la hoguera, a las llamas, las cargas
de todo el año, como forma de purificación para recomenzar una nueva vida.
La razón de todo esto se halla en una paradoja de la que los
europeos no hemos sido del todo conscientes, resultado de habernos engañado a
nosotros mismos. Superada la II Gran
Guerra, Europa entera queda en deuda con EE UU y durante años vive periodos de
escasez y miseria. Su prosperidad económica ha sido reciente; no olvidemos que
hasta hace tres décadas, Alemania no había sido reunificada y que su actual
apogeo económico comienza cuando termina de pagar sus deudas, como país
vencido, a los vencedores. Durante la construcción de la Unión, debido al lugar
estratégico que ocupaba como frontera de los dos bloques, le fueron concedidos
unos privilegios que hicieron valer cada vez que un nuevo tratado era rubricado…
Los factores por los que Europa fue configurada como lo fue durante la segunda
mitad del siglo xx son múltiples y
muy complejos, de modo que podemos ahorrarnos el reparto de poder dentro de la
misma Unión. Lo importante, lo que quisiera destacar, fue el resultado: de
todas estas concesiones, la consecuencia fue, en palabras de Jacques Le Goff,
una unión con un “fuerte poder económico” y un “débil poder político” en un
marco global donde los poderes financieros supranacionales, regido por su
propia lógica de intereses, han secuestrado la potestad decisoria que
anteriormente tan solo era facultativa de los estados-nación mediante
imperfectos e insuficientes, pero más dignos, sistemas de representación. Esta
paradoja es ahora a la que se enfrentan todos los estados-nación del planeta.
Son muchos quienes abogan (Francisco Jarauta cita varias
alternativas y autores) por un cosmopolitismo de orientación kantiana capaz de
reinstaurar lo político, amparado en nuevos espacios jurídicos e
institucionales, dentro de este des-concierto post o supranacional. Y quizá,
entre todo lo que se está escuchando últimamente, sea la salida más digna,
puesto que la otra alternativa es la barbarie, el horror de dejarnos guiar
hacia el abismo sin más orientación que unos intereses particulares carentes de
toda legitimidad para enfocar el futuro de toda una especie.
Escribo esto a pocos días de la posibilidad de que Grecia
decida abandonar la Unión
(pese a las presiones y el intento de influir, con el miedo, por parte de la Troika, en los próximos
resultados electorales que se celebrarán dentro de dos días) o de que la
inviten a marcharse, de que sean los bárbaros quienes se apoderen de Europa en
nombre de la civilización y la legalidad, en nombre de Europa.
Desconozco cuál será o deba ser el futuro de Europa, y mi
ansiedad jamás ha mirado a la capacidad de influencia que ésta pueda llegar a
tener en ese futuro desde un punto de vista geopolítico. Lo cierto es que
pintan bastos. Lo cierto es que, tras Grecia, todas las culturas del
Mediterráneo, las mismas que dieron un día nombre y cara al continente, pueden
verse dejadas a su suerte, excluidas de su propia identidad, expulsadas de su
propia casa. Lo cierto es que, tras todas las reclamaciones, de orientación
ilustrada, que exigen la constitución de Nuevo Orden legal internacional capaz
de restaurar lo político en un nuevo espacio supranacional, la ciudadanía está
exigiendo como alternativa todo lo contrario: capacidad directa de decisión
sobre aquellos asuntos que les incumben; capacidad de autogestionar los
recursos y una radical descentralización del espacio político.
El debate que Oliveres
propuso (¿Europa o no Europa?), creo, trataba de ocultar el auténtico debate: ¿qué
Europa?
En todo esto pensaba hace unos días de vuelta a casa tras la
charla de Arcadi Oliveres. Pensaba en que Europa se merecía a sí misma, en que
valía la pena y en que Europa como proyecto debía ir mucho más allá de una
unión económica, de un club exclusivo de amigos ricos al que solamente pueden
pertenecer aquellos que han pagado puntualmente sus deudas. Pensaba que el
Proyecto Ilustrado ha dado a su fin por agotamiento, por falta de ideas (además
de otras razones más oscuras de las que muchas otras veces os he hablado).
Pensaba que la auténtica paradoja no era la de un poder político supeditado a
un poder económico; pensaba que la paradoja consistía en que quienes tienen la
capacidad y el poder de decisión, quienes detentan el discurso y, por tanto,
marcan la frontera de lo común cuando éste se hace sentido, abogan por un
cosmopolitismo que restituya lo político más allá de cualquier frontera, cuando
la población, todo lo contrario, encabeza de forma legítima la exigencia de
encarnar y protagonizar el espacio político prescindiendo de cualquier
instancia nacional o supranacional.
Pensaba, en definitiva, en que el mundo, hasta ayer, era muy
aburrido y que, de improviso, nuestra generación se ha convertido en espectador
e invitado de excepción de esta novela caprichosa y sin fin que es la Historia. Pensaba
en una solución, a sabiendas de que los problemas, los acertijos, nunca tienen
solución, simplemente se crean o se enuncian. Pensaba en que el futuro se
dirimiría en los próximos meses, que probablemente no estaba escrito y que,
pese al despotismo y fe ciega con que gobiernos e instancias nos estaban
abocando a la miseria, al mismo tiempo tampoco existía la intención de llevarnos
al precipicio, al cruce de caminos que suele arrastrar al mamífero a dejarse
cazar o luchar hasta la muerte. Pensaba que Plaza Cataluña, una vez más, era
una burbuja, y que todos aquellos que pasaban la tarde sentados en las
abarrotadas terrazas de Rambla Cataluña ni tan siquiera podían entrever las
tribulaciones con que me dejaba llevar y retomaba el camino a casa con cierta
apatía. Pensaba, memos mal, que había hecho bien en callarme; que mi timidez
ante las masas, en esta ocasión, había sido buena consejera. Pensaba en mi mañana
y no veía nada, e incluso pensaba que era demasiado joven para eso y que era
una pena. Pensaba también en lo cansado que me encuentro, cuando todo esto no
ha hecho más que empezar.
Pensaba en que últimamente todos nos las vemos con
sentimientos encontrados.
Barcelona, 15 de junio
de 2012
* El artículo de Paco fue
publicado por Le Monde diplomatique
en diciembre de 2010, nº 182. Desconozco si puede encontrarse en Internet, pero
yo tengo un PDF y se lo puedo adjuntar por mail a quien desee leerlo.
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viernes, 8 de junio de 2012
Estampas: fundido en Vapor, Hierro y Vidrio
El Parc de la
Ciutadella es de los pocos lugares de Barcelona por los que,
parece, no pasa el tiempo. Dejando a un lado a los grupos de erasmus borrachos
que sestean en sus jardines o a los vecinos que lo frecuentan a menudo –yo
mismo, en otra época, viví a dos manzanas de allí y acudía a menudo–, aún
guarda para sí cierta nostalgia decimonónica, con sus jardines delimitados por
amplios bulevares y arboledas, glorietas, lagos y cascadas, y esa imagen de
recinto ferial con que, observando las fotografías de la época, fue inaugurado.
Cierto es que tanto sus pabellones como el paseo de entrada
al recinto, que encabeza un ecléctico Arc del Triomf de ladrillo rojizo,
terroso, remachado con cerámicas y piedra labrada, todo el complejo, en
definitiva, de la Exposición Universal
de 1888 que se levanta en este sector de la ciudad lindante con lo que fue un
barrio de pescadores, hoy convertido en pasarela de moda y espacio de juegos y
frivolidades para los hijos de la burguesía europea, y la imponente Estació de
França, conforma un enclave irreal. Muy al contrario que la sobriedad grisácea
de los arcos del triunfo que coronan las grandes avenidas que confluyen
en la Corte
madrileña, o los entornos del Parque del Retiro y el Palacio Real, cuyo carácter
monumental respondía a la necesidad de una época de orgullo imperial que se
vanagloriaba objetivamente de sí misma, ajena al mismo tiempo a su propia
decadencia anunciada, la construcción de estos espacios en la Ciudad Condal responde al
empeño y desquite de una burguesía que trataba de ganar con este tesón un
“estatuto” que anulara o encubriera su origen comercial y plebeyo, esa riqueza
ganada con el esfuerzo y el sudor que supone adular a quienes te desprecian,
congraciarse y arrodillarse para recoger cada moneda y volcar esa frustración
en quienes tienes a sueldo, remedando, transfiriendo las maneras observadas, y que
desde entonces ha rivalizado con esa otra riqueza usurpada a la fuerza, con las
armas o matrimonios de conveniencia, que se enseñoreaba como dominio o derecho
de sangre.
Por esta razón se evapora como ensoñación e irrealidad, casi
como una cortina tenue de humo: porque sus jardines y bulevares son de
miniatura, y porque sus piedras talladas en serie, salidas de cercanas canteras
que nunca sobrepasaron los lindes de la provincia, contienden con toda su
amalgama con aquellos estilos arquitectónicos observados en sus viajes de
negocios y placer a las grandes capitales europeas a las que siempre quisieron
emular, escenificando ese carácter de decorado cinematográfico o de cartón-piedra
que hoy podemos contemplar, horrorizados, en parques de atracciones o complejos
de ocio cuya función consiste en encapsular la experiencia del viajero,
eliminando todo aquello que hace del viaje una experiencia.
El gesto es el mismo, y sólo las circunstancias, el aura que
el tiempo ha sellado en estas piedras, y la suerte o la pericia de algún
artesano anónimo, ingeniero civil o arquitecto relativamente desconocido hacen
que estos lugares se yergan de forma más orgullosa y bella, incluso, que
aquellos con los que, en su día, quisieron acomplejadamente competir.

Me detengo frente al L’Hivernacle, uno de las edificaciones
modernistas más románticas –en un sentido fuerte, no vulgar– de Barcelona. La
obra es del arquitecto Josep Amargós i Samaranch, quien, siguiendo la moda
industrial de la época, al estilo del Crystal Palace levantado en Hyde Park
para la primera Exposición Universal (Londres, 1851), y contemporánea a la Torre Eiffel (en un principio
iba a ser construida en Barcelona en lugar del Arc del Triomf), edificada para
la exposición que se celebraría en París un año más tarde, utilizó en su
construcción como materiales principales el hierro y el vidrio. Estos mismos materiales
de vanguardia serían más tarde los elegidos para la construcción de la bóveda
de la Estació
de França, a pocos metros de la
Ciutadella, unos años más tarde, entrado el nuevo siglo,
corroborando el carácter industrial con que Barcelona quiso abrir sus puertas de pleno a la
modernidad y al "desarrollo" de los nuevos tiempos.
El pabellón está compuesto por tres naves, dos laterales
completamente cerradas, y una tercera central, de mayor altura y abierta en su
parte delantera y trasera. Fue proyectado para cumplir la función de
invernadero que acogería la exposición botánica con plantas de origen tropical,
cultivadas o traídas expresamente para la exposición y que, a causa de la condiciones
climáticas de la Ciudad Condal,
no hubieran resistido a la intemperie del recinto ferial.
Detenerse unos minutos bajo la sombra de alguno de los árboles
que hay en su entorno o sentado en la pequeña escalinata que da acceso a su
interior es un viaje en sí mismo; un viaje a la época industrial, a su tiempo,
que rememora aquella fe ciega en el desarrollo y la ciencia, para observar en
la distancia, como a través de un espejo, a los que fuimos (nosotros) y ahora
son otros, aquellos que en las bellísimas fotografías de época mostraban esa
sonrisa bobalicona ante la velocidad vaporosa de los nuevos tiempos, ante la
gran fiesta del Hombre; es también un viaje al periodo romántico, como quien
deambula melancólico por el escenario de algún cuadro de Friederich, sabedor de
nuestra impotencia, quizá, en este caso, no solamente frente a la fuerza de la
naturaleza sino frente al destino; un viaje por la historia de esta ciudad, por
la historia que hizo de ésta una pequeña gran ciudad, por la historia de otras
ciudades que le sirvieron de modelo; un viaje íntimo, también, por mi historia
reciente, recordando otro que fui, en otra época, quizá la más feliz de mi vida.
También los espacios son capaces de concentrar, en su
inmensa densidad de sentido, un tiempo pleno, un tiempo que atraviesa otros
tiempos, que nos transporta a otros espacios y que nutre nuestra mirada para
embellecer lo que siempre quiso ser bello sin advertir que así lo fue.
Los trenes que arriban a la Estació de França ya no
emiten vapores que ascienden, hasta diluirse, en la atmósfera; el plástico ha
sustituido al hierro y las ventanas de doble cristal nos aíslan del exterior en
vez de dejar traspasar la luz que antes entibiaba las alcobas. Las miradas ya
no ven, sólo se dejan llevar. A veces te preguntas, cuando paseas o te dejas
caer por los jardines de la
Ciutadella, si aún queda alguien que, al atravesar este
parque, sufra similar transformación. Quieres pensar que sí, que cualquiera de
ellos no haya venido simplemente a pasar la tarde; quieres pensar que alguien,
ya sabes, alguna vez ha vuelto a pasar su dedo para arrastrar el polvo de ese
vidrio y volver a asomarse al pasado. Por qué no.
viernes, 1 de junio de 2012
Kayrós (Καιρός)
Aunque últimamente tengo demasiada hambre
como para gastar las pocas energías que me deja esta precariedad existencial a
la que nos ha abocado el Nuevo Régimen en cierto tipo de cavilaciones, hoy voy
a perorar, y de lo lindo. De modo que le recomiendo al funcionario de turno que
se prepare un café, tenga un diccionario a mano y se lo tome con paciencia; que
esto no viene en la
Wikipedia y quizá haya que leer entrelíneas para poder
encausarme por mis palabras.
Lo cierto es que hace un par de días pasaba
la tarde asomado al estanque de un parque lejano a casa, al que no sé muy bien
cómo llegué tras una de mis arriesgadas huidas por la Ciudad de los Prodigios
perseguido por un sol asesino, preguntándome si esos peces de colores que
agonizaban en sus “lozanas” aguas serían comestibles, hasta que tuve la lucidez
de darme cuenta de que, si así fuera el caso, no quedaría ni un solo pez de
color en ese estanque. Permanecía absorto en mis tribulaciones, de vez en
cuando liaba un cigarrillo y por momentos sentía la honda necesidad de
zambullirme en el agua con la más que sesgada intención de no volver a salir
nunca de ella. Varias razones me lo impedían: una era que esos peces escuálidos
parecían tener la misma hambre que yo, o quizá más, y una cosa es morir ahogado
y otra bien distinta es dejarte devorar por una docena de peces anaranjados a
la vista de un octogenario amarrado a una silla de ruedas que empujaba una
adolescente ecuatoriana; otra era que el estanque apenas medía medio metro de
profundidad y la última es que, por alguna inextricable razón del destino, de
pequeño asistí a clases de natación.
De pronto sentí un arrebato, un vahído tan
repentino como insuficiente para dejarme en el sitio de una vez por todas y
salir en los diarios por algo que esta vez sí habría hecho: morirme. No era más
que un pequeño golpe de calor, una bajada de tensión y una señal inequívoca de
que salir a pasear con treinta grados de (in)justicia
y el estómago vacío por esta ciudad es una forma más que efectiva de retar al
destino.
¿Acaso estaba yo retando al destino?
Sí, en eso pensé, en el destino, y, como
algunos ya sabéis que soy un pervertido, mientras arrojaba una piedra al
estanque, de manera inconsciente pronuncié una palabra extranjera y vino a mi
mente una de la Tesis de Filosofía de la Historia de Walter
Benjamin. Me arrastraba de vuelta a casa cuando pergeñaba la idea: por fin
tenía algo sobre lo que escribir que pocos entenderán del todo y que quizá, por
ello mismo, lograra poner en guardia a los funcionarios del Departament d’Interior
(o mejor aún, a los del Ministerio, que éstos sí dan de cenar) y vuelvan a
invitarme a pasar otra noche de lujuria en la Comisaría de Les Corts
encerrado en alguna estancia individual sin vistas al callejón.
La palabra que dijo aquél que era yo cuando
arrojaba la piedra al estanque reverberaba en mi mente y yo sonreía a cada
momento en el camino de vuelta a casa, deseando tener en mis manos papel y
pluma para escribirla: Kayrós (καιρός). Mientras tanto, porque
aunque mi cuerpo se arrastre por el suelo, mi mente siempre vuela, ya sabéis,
hacia las nubes, replanteaba conceptualmente el problema del tiempo, de la
temporalidad; que, como me habréis escuchado alguna vez, es un concepto
fundamental en la filosofía contemporánea, para la filosofía en general.
Siempre lo ha sido. Todo esto en voz baja, para mí, quiero decir; un tipo
arrastrándose y sonriendo solo por la calle ya llama lo suficientemente la
atención, y que me guste pernoctar en comisarías porque a veces dan de cenar no
quiere decir que así desee hacerlo en algún psiquiátrico.
Venga, ahora en serio, voy a intentar
plantear lo que vino a mi cabeza aquella tarde y, luego, quien quiera entender
que entienda, pero que nadie me acuse de haber proclamado nada, que yo soy
pirrónico y esas cosas son de mal gusto.
Ya me habréis escuchado decenas de veces que
el hecho clave que determina el tránsito de una cultura oral (poético-retórica)
a una cultura escrita (lógico-dialéctica) fue el desdoblamiento de lo que hay
en una dualidad que quiebra y nos distancia, aún más si cabe, del mundo de las
cosas, estableciendo jerarquías, categorías, órdenes… Todo esto hace referencia
a la invención de lo Absoluto, de lo Eterno: presunción de una trascendencia,
de una “presencia” que sobrepasa y atraviesa, al mismo tiempo, todo lo que nos
es dado. Y en todo esto, el concepto de “tiempo” es transcendental (en un
sentido vulgar y en un sentido kantiano).
Me explico: en las culturas orales, el
pensamiento mítico determina que es la voluntad de los dioses (o los espíritus
de las cosas) la que gobierna todo lo que hay; eran los dioses quienes decidían
dónde habría de caer el rayo o en qué momento daría a su fin la sociedad en que
uno vivía. En otras palabras, eran los dioses o los espíritus quienes gobernaban
la naturaleza (physis) o el destino
de los hombres, el destino de la pólis.
Al producirse esta ruptura, queda establecido que el ámbito de lo humano es
contingente y mutable, sometido a la temporalidad, a khrónos (xρόνος); mientras que el ámbito de
la physis, de la naturaleza, responde
a leyes inmutables, eternas, y su tiempo es aión (aίών).
Ambos términos, khrónos y aión,
designaban por igual al tiempo; aunque uno de ellos, khrónos, hacía referencia a la infinita sucesión de presentes, de
intervalos consecutivos y cuantificables de tiempo, y el otro, aión, señalaba un continuo estar, la
eterna simultaneidad del Ser. Esto tuvo consecuencias ontológicas y
epistemológicas que pasaré de largo, a menos que sean necesarias para la idea
que quisiera exponer (si es que hay alguien que no se haya asustado y salido
corriendo a estas alturas). Lo importante, para este caso, es que dicha
distinción categorial dio lugar, por supuesto, a una jerarquía, donde aión correspondía al tiempo originario,
y khrónos era el resultado de una
copia, era lo originado (por esta razón, evidentemente, toda la ontología
platónica establecía que aión hacía
referencia al Ser y era el tiempo de la physis,
y que khrónos regía el tiempo de los
hombres, mutable, contingente…).
En resumidas cuentas, el mundo griego, la
nueva episteme que estaba tomando forma, había pensado el Tiempo, a partir de
entonces, en su relación con la
Eternidad, como copia o imagen degrada de ella. Por esta
razón, khrónos, era objeto de la
episteme y podía hacerse Ciencia en torno a él; puesto que los sucesivos
“presentes” o “instantes” de que estaba compuesto el tiempo cronológico hacían
referencia velada al instante (nyn)
inmóvil y eterno del aión (que,
jerárquicamente, desde un punto de vista cognoscitivo, lo trascendía).
¿Qué tiene que ver el kayrós, el término que acompañaba mis pasos aquella tarde, con todo
esto?
Éste era un tercer término que hacía
referencia también al Tiempo, pero carecía de privilegios y fue dejado a un
lado por el pensamiento griego porque de él no se podía hacer Ciencia
(episteme) y sólo era dado a las opiniones (dóxai).
Un kayroí o Kayrós no es el tiempo objetivo, físico o cuantificable (khrónos), ni un tiempo subjetivo o
psíquico, también medible; es un intervalo de tiempo breve que destaca por su
“cualidad” de ser una ocasión propicia, una oportunidad adecuada que pasa o no
de largo ante nosotros.
Mientras que los otros términos que hacían
referencia al Tiempo podían ser formalizados, del Kayrós sólo podemos desentrañar sus cualidades para así comprender
qué es un kayroí, que en ningún caso
se deja aprehender. Trataré de enumerar estas cualidades lo más sucintamente
posible:
(i)
El Kayrós es un momento que destaca
por su excepcionalidad. Al contrario que los instantes o presentes infinitos de
que está compuesto el tiempo cronológico, que se suceden de forma regular y
necesaria, el Kayrós rara vez
acontece.
(ii) El Kayrós comprende una ocasión fugaz y
pasajera, que se resiste a ser apresada; esta ausencia de constancia y
extensión confirma la paradoja de que siempre, desde un punto de vista
experiencial, y éste es el drama, pertenezca al pasado o al porvenir y no pueda
ser objeto de conocimiento.
(iii) Como forma
de Tiempo, el Kayrós afecta tanto a
su medida física como psíquica; desde un punto de vista objetivo, no puede ser
desligado de una estado de cosas que lo hace propicio, y desde un punto de
vista cualitativo es una sensación interna, subjetiva, la que determina el kayroí, la ocasión propicia.
Su carácter singular e irreductible, su excepcionalidad y
fugacidad, vinculadas a una experiencia subjetiva, hacen que no pueda ser
predicho de antemano y, por tanto, se resiste a ser formalizado, a dejarse
aprehender como fenómeno; y ésta fue la razón por la que se vio “apartado” al
ámbito de la dóxa, de lo variable.
Sin embargo, posteriormente, fue adquiriendo cierta relevancia de la mano de
dos de las grandes religiones monoteístas, las cuales le otorgaron un estatuto
de “verdad” que más tarde influiría en la interpretación que del Kayrós haría Walter Benjamin para sus
reflexiones sobre la historia.
La violencia que ejerce la razón instrumental o el
pensamiento lógico-dialéctico sobre el mundo de las cosas, la conciencia
lingüística de nuestra edad post-ilustrada, ha dado lugar a un replanteamiento
de estas jerarquías cognoscitivas heredaras de la más añeja tradición
idealista. Desde la postmodernidad, muchos afirmamos la incognoscibilidad de
todo lo que nos rodea (de hecho, lo que afirmamos es que todo lo que nos rodea
no demanda para sí interpretación alguna, no reclama un sentido para sí, pues
su única verdad es su ahí, y éste no
nos incumbe), la inconmensurabilidad de los discursos, mientras señalamos el
concepto de “verdad” como algo dado al juego del lenguaje y no como vía de
aprehensión de un mundo más allá de lo que nos parece. Pero la tradición
religiosa (que más tarde sería heredada, en su vertiente idealista, por el
pensamiento ilustrado, alcanzando a la filosofía de la historia hegeliana o al
materialismo neomarxista), distanciándose de esta vía cognoscitiva, mantiene
las jerarquías en torno a lo que nos es dado conocer. Por esta razón aprecian
en el kayroí una manifestación de
algo ontológicamente más consistente que cualquier otra verdad aprehendida por
las vías cognoscitivas habituales. Dichos acontecimientos, según su
interpretación, no se nos resistirían (y por esta razón fueron desvinculados
del ámbito de objetos de la episteme griega) porque fueran incognoscibles o
inaprensibles, sino porque como acontecimientos prescinden del sujeto, son
autónomos a nuestra advertencia de ellos, y son ellos los que se nos revelan,
se dicen a sí mismos, y reclaman nuestra atención, estableciendo así un vínculo
esencial entre aión y kayrós que para los griegos era
problemático.
Ahora entendemos (o eso espero, que se entienda), por qué en
occidente, kayrós siempre ha estado
vinculado al momento de la redención, a la manifestación de Dios en la Historia, en el caso de
las religiones monoteístas. También comprendemos, de esta forma, que el
idealismo hegeliano entendiese la
Historia como una necesaria consecución dialéctica del
Absoluto, que, de alguna forma, ya venía manifestándose veladamente en los
sucesivos estadios del Espíritu. De la misma manera no se nos hace ahora tan
extraña la tesis de Heidegger de que la Historia de occidente es la historia del
ocultamiento y revelación del ser; del mismo modo, aunque tras una reducción
materialista, el marxismo y sus posteriores interpretaciones veían en la lucha
de clases, y en su superación, una vez alcanzado cierto grado de autoconciencia
(nótese que esta condición mantiene cierta semejanza con las vías pautadas de
ascensión a la verdad religiosa), mediante la victoria de la clases dominada
sobre la clase dominante, el final de la historia tal y como la habíamos
conocido (la realización del Espíritu, en términos hegelianos). Benjamin, lo
único que hizo fue destapar ese sesgo idealista del pensamiento neomarxista y
dotarlo de un aparato discursivo cercano al discurso religioso (en este caso el
judaísmo), para hacer notar así aún más el carácter mesiánico que siempre ha
guardado esta interpretación del kayrós.
Tesis XV
La
conciencia de hacer saltar el continuum de la historia es propia de las
clases revolucionarias en el instante de su acción. La Gran Revolución
introdujo un nuevo calendario. El día que comienza un nuevo calendario funciona
como un concentrador histórico del tiempo. Y, en el fondo, es ese mismo día el
que vuelve una y otra vez bajo la figura de los días festivos, que son días de
rememoración. O sea, que los calendarios no miden el tiempo como relojes. Son
monumentos de una conciencia histórica de la que parece que en Europa ya no
queda la menor huella desde hace cien años. Todavía en la Revolución de julio se
registró un incidente en el que esta conciencia impuso su derecho. Cuando llegó
el atardecer del primer día de lucha sucedió que, en diversos lugares de París,
independientemente y de forma simultánea, se disparó contra los relojes de las
torres. Un testigo ocular, que quizás deba su clarividencia a la rima, escribió
entonces:
“Qui
le croirait! On dit, qu’irrités contre l’heure
De
nouveaux Josués au pied de chaque tour,
Tiraient
sur les cadrans pour arrêter le jour”.
[¡Quién
lo iba a creer! Se dice que irritados con la hora
Nuevos
Josués al pie de cada torre,
Disparaban
a los relojes para detener el día.]
Pese a ello (el mesianismo), Benjamin da en la clave, y así
lo expresa, sobre el kayroí como
fenómeno, construyendo de esta forma una crítica demoledora en torno a nuestro
concepto vulgar de tiempo (Heidegger ya había hecho previamente otro tanto),
que se dirige como un dardo envenenado hacia otro concepto que la tradición
neomarxista o hegeliana no podrían perdonar: el concepto de progreso. Leyendo
(o releyendo) esta XV tesis sobre la historia, se hace evidente que el Tiempo,
que el tiempo de los Hombres, nada tiene que ver con el tiempo cronológico;
algo que es aún más evidente cuando tratamos la historia. Cierto que, según yo
interpreto, esto no es así porque de alguna forma esos días del calendario de
los que habla Benjamin tengan o contengan cierta estatuto de verdad en su
acontecer. Quizá, su valor sea el mismo que él daría a la tarea del traductor,
que es, igualmente, la tarea del poeta.
Benjamin fue muy consciente, a la hora de perfilar sus
Tesis, que la conciencia (fuera vital, fuera histórica), como la memoria, era
el resultado de una reconstrucción, que todos los acontecimientos guardan una
cualidad hermética y que, como tales, siempre supondrán un límite para aquellos
que ansían conocer. Ésta era la razón por la que la tarea del traductor estaba
legitimada y sus resultados alcanzaban el mismo valor que su “original”, puesto
que tachaba el concepto de “origen”. En cierta manera, así lo veo, así lo vio él:
el Hombre siente la imperiosa necesidad de dar sentido y, en un mundo carente
del mismo, cualquier intento honesto sin pretensiones de univocidad queda, de
esta forma, legitimado.
El Kayrós guarda
relación con la experiencia poética en este aspecto: en la ruptura espacio
temporal que posibilita que dos momentos distanciados en el tiempo, autónomos,
inconmensurables, adquieran un sentido para el sujeto experiencial que los
escribe; porque vivir no es más que escribir una vida y en este sentido todos
somos poetas.
Expurgado de toda trascendencia, todos hemos vivido y
guardado como memoria pequeños retazos, kayroí,
que han determinado nuestras vidas: momentos adecuados, propicios a la decisión
y que impelen a la acción; experiencias fugaces que algunos dejan pasar y que
sólo los más valientes, aquellos que miran a la vida con los ojos abiertos de
par en par, supieron domeñar.
Con anterioridad he dicho que una de sus cualidades era
paradójica: pese a ser un acontecimiento presente, como fenómeno se nos
presenta como una oportunidad pasada (aprovechada o no) o futura (que ansiamos
o anhelamos). Y es esta cualidad y nuestras ansias de sentido, de ser dueños de
nuestras vidas, afrontando la decisión, la que nos impulsa a buscar sus signos,
los indicios, por herméticos que sean, (ha establecer una ciencia que no puede
ser tal) de este acontecimiento que, más allá de cualquier sesgo religioso, nos
redime, con nosotros mismos y con la Historia (cuando el acontecimiento trasciende al
individuo e implica a toda una cultura, cuando la acción requiere de una acción
colectiva).
Creo que puedo jactarme de haber sabido intuir a lo largo de
mi vida en qué momentos no había lugar a dudas sin que pasaran de largo, al
menos por lo que a mí respecta. Y por ello mismo, como el daimon de La Gaya Ciencia,
siempre he repetido: volvería a vivir mi vida tal y como la he vivido así, una
e innumerables veces. Y este drama anunciado que es mi destino (nuestro
destino) no me hará cambiar de opinión. Pero la otra tarde, mientras lanzaba
aquella piedra al estanque y mi conciencia se nublaba por unos segundos, tuve
la intuición, de que, no yo, sino todos, nos hallamos frente a un nuevo Kayrós.
De vuelta a casa, me asaltó la pregunta, la misma cuestión
que me acompaña últimamente: ¿tengo noticia de encontrarme ante el momento
propicio porque todos lo hemos dejado escapar? ¿Acaso se nos ha ido? ¿O soy
igual de intuitivo para los acontecimientos históricos como lo soy para los
acontecimientos vitales?
Es muss sein!
[Quienes quieran leer un buen artículo sobre estos tres conceptos, pueden echar un vistazo a: Antonio Campillo: “Aión, chrónos y kairós. La concepción del tiempo en la Grecia antigua”, en La(s) otra(s) historia(s), UNED del País Vasco, 3 (1991), pp. 33-70.]
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