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domingo, 24 de octubre de 2010

La verdad más allá de nuestras fronteras


Releo una observación (una sentencia de las suyas) de Wittgenstein que, pese a guardar todavía cierta filiación con las ideas fundamentales con que, más tarde, se desarrollaría el positivismo del Círculo de Viena, incluye un matiz que lo distancia de aquella escuela emergente y lo inscribe en la problemática sobre la experiencia en torno a la cual trabajaría hasta su muerte.


“Los resultados de la filosofía son el descubrimiento de algún simple sinsentido y abolladuras que el entendimiento se ha buscado al embestir contra el límite del lenguaje. Ellas, las abolladuras, nos permiten reconocer el valor de dicho descubrimiento.” (Ludwig Wittgenstein: Investigaciones Filosóficas; § 119.)


Como sabréis, quienes me leéis (o intuís), la importancia que doy al lenguaje dentro de todo el campo experiencial de la condición humana sobrepasa, con mucho, la simple expresión fonética del resultado de nuestro procesos cognitivos internos (pensamientos). Ya me habéis leído hacer, más de una vez, observaciones tan extrañas o heterodoxas como que el pensamiento está ahí fuera o que nuestro lenguaje no cumple ninguna tarea subsidiaria al mismo, sino que es, en sí mismo, fundamental para la cognición; que pensamiento y lenguaje son la misma cosa.


Estas ideas no son mías, o lo son en el sentido de que puedo “verlas”, “sentirlas”, y, por ello mismo, “comprender” a quienes, de un modo u otro, han tratado de expresar este límite irrebasable en el pensar/decir. Y Wittgenstein ha sido uno de quienes con más lucidez, nada exenta de oscuridad, por supuesto, nos conminó a adentrarnos y observar este límite mismo del que hablo y a través del cual pretendo hacer un par de observaciones en torno a la experiencia como crítica a cierta moda (yo diría que agónica) de nuestros días.


El arquitecto y lógico austriaco tenía una forma algo excéntrica de exponer sus argumentos, ya difícil, incluso para quienes pertenecemos a la logia, de desentrañar, así que voy a tratar de hilar todo esto para que mis berridos posteriores tengan algo de sentido y no resulten gratuitos.


En primer lugar, como digo, él parte de la conciencia epistémica de que todo nuestro conocimiento es fenoménico en el sentido de que toda nuestra captación del mundo, de la vida, de lo que somos, está determinada cognitivamente, y que, esa determinación, en vez de estar ubicada, como había hecho toda la tradición idealista alemana, en un interior trascendental (en otras palabras: una suerte de sujeto de laboratorio del que todos participamos, que todos somos, como concreciones particulares de esa subjetividad universal), hunde sus raíces en un sistema orgánico, histórico y social como es el lenguaje.


Es el lenguaje el que da-forma y determina nuestra cognición en su relación con los objetos del mundo.


Echando una ojeada más atrás en las Investigaciones Filosóficas concluye:


“Cuando pienso en el lenguaje, no rondan en mi cabeza ‘significados’ al lado de la expresión lingüística; sino que el lenguaje mismo es el vehículo del pensamiento.” (Ludwig Wittgenstein: Investigaciones Filosóficas; § 329.)


Si se “percibe”, se “ve”, esta identidad entre lenguaje y pensamiento, comprendemos, de una vez, por qué afirmaba en el aforismo que he presentado al principio que gran parte de los problemas filosóficos que han preocupado a nuestra especie desde el mismo día en que tuvo tiempo libre para devanarse la cabeza con estas cuestiones no son más que simples malentendidos causados por nuestra natural inclinación a rebasar lo límites del lenguaje (que son los límites del mundo). La tarea de la Filosofía, tal y como la entendía Wittgenstein en su época, no era otra que la de des-hacer estos malentendidos mediante un análisis del lenguaje en su imbricación con la cognición; proyecto que, de alguna manera, estaba siendo iniciado por los miembros del Círculo de Viena cuando se impusieron el programa de diseñar un lenguaje lógicamente perfecto con el que poder referir el estado de cosas del mundo sin caer en estos malentendidos, sin rebasar los límites justos del lenguaje e incurrir en desvaríos metafísicos tan habituales entre quienes sostienen una vivencia religiosa de la vida o entre quienes se suman al saco sin fondo de los orientalismos, ya que, como quienes conocen la filosofía anterior de Wittgenstein antes de reorientarse con la Investigaciones Filosóficas sabrán, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Tractatus; § 5.6).


Wittegenstein, como digo, ha sido uno de los tipos más lúcidos de los últimos tiempos y se distanció de esta escuela en cuanto pudo advertir que dicho lenguaje lógico no era posible y pudo comprender que es precisamente esa tendencia a rebasar los límites, esta indeterminación poiética de nuestros lenguajes naturales, lo que hace posible que nosotros, individuos, podamos participar de un mundo de la vida y disfrutar de cierto margen de maniobra creativo. Eso sí, siempre teniendo en cuenta cuáles eran esos límites; razón por la cual él siempre prescribía que, pese a la distancia, su primera obra, el Tractatus Logico-Philosophicus, no debía dejarse de lado, puesto que el séptimo enunciado continuaba teniendo vigencia dentro de su filosofía: “Sobre lo que no podemos hablar debemos guardar silencio” (“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”. Tractatus Logico-Philosophicus, § 7).


Los alemanes, cuya obsesión clasificatoria ha quedado constatada y corroborada en su historia reciente, tienen, claro, palabras para todo y distinguen entre Erfahrung y Erlebnis para designar dos acepciones (entre las muchas otras que podría tener) que también acoge el concepto castellano de “experiencia”.


(Como me he propuesto tratar de dejar de ser el chico malo de la blogosfera, admitiremos que la razón de ello no es que los alemanes, o su lengua, tengan palabras para todo, ni tampoco que hayan "construido" esas dos palabras distintas para marcar esta distancia de sentido gracias a su gran tradición en el estudio en torno al problema de la experiencia. Yo, como soy wittgensteiniano, apuesto a que la razón por la que la experiencia como problema haya sido un asunto central en la Filosofía alemana moderna se debe más bien a la existencia de esta palabras y no al revés… ¿Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, no?)


El caso es que podríamos decir que la Erfahrung puede ser traducida como “experiencia”, en su acepción ordinaria, de un acontecimiento fáctico, ligada a los sentidos, y la Erlebnis como “vivencia”, traducción que en castellano no ha tenido nunca muy buena prensa por el simple hecho de guardar cierta cercanía semántica con nuestra larga, obsesiva y desquiciante tradición místico-religiosa (aunque es la mejor traducción posible, porque señala el ámbito subjetivo en el que se desarrolla, porque implica la transformación del sujeto que la “vive” y porque continúa guardando todas los matices que el concepto de ordinario de experiencia contiene).


La tradición filosófica, como la mística, está repleta de devaneos dialécticos por desentrañar aquellos problemas a que nos conduce la Erlebnis (el sentido del Ser, la Unidad de todas las cosas del Mundo, Dios…), y la tarea de la Filosofía, hoy, repito, en base a ello, consiste en des-hacer-nos de estos desvaríos propios de la experiencia cuando ésta trata de sobrepasar sus propios límites, que son los límites del mundo, los límites del entendimiento o del lenguaje.


Ésta es la razón por la que a un tipo tan sensible como yo le irrita sobre manera toda esta mistificación (evidentemente colonialista; porque nuestra fascinación por lo exótico guarda estrecha relación con nuestra tradición imperialista) y gusto por lo que yo llamo los orientalismos: un refrito de filosofías y religiones orientales; puesto que para empeñarse en ver gigantes donde no hay más que viejos molinos de viento, para eso, me quedo con mis gigantes, no tengo por qué recurrir a los del vecino (a menos que me fascine su exotismo, a menos que represente, una vez más, ese paternalismo imperialista de quien llega frente a la tribu salvaje y lo primero que hace es pintarse, ponerse un tapa rabos y adornar su cuerpo con objetos similares –como si ellos no supieran y vieran a la legua que ese zángano descontextualizado e intempestivo es un extranjero).


Pintarme la piel para hacer el indio, eso, dejé de hacerlo hace algunos años –cuando advertí que aquel palo de escoba no era un caballo y que subido a él no engañaba a nadie, sólo a mí mismo.


Todos estos sucedáneos new age juran ante su caja de inciensos y mirras, o frente a su gran elefante dorado y vestido como un pájaro, participar de una Erlebnis al repetir mantras, practicar la meditación, dejarse diagnosticar y recetar según prácticas chamánicas, alimentarse imitando gastronomías de países donde la Coca-Cola es, hoy día, la máxima expresión de refinamiento y modernidad… todo ello para alcanzar, por medio de estas Erlebnis, una verdad más allá de nuestras fronteras, siempre revestida por ese discurso pseudo-filosófico (no es más que poesía, y de la mala) que tanto esperan de mí quienes descubren tener a nada más y nada menos que un filósofo frente a sus narices.


Se equivocan.


De entre todas sus verdades de mercadillo de jueves por la mañana, la que más me irrita es la creencia y la experiencia ligada a ella (propagada habitualmente por los cada vez más prolíficos y santorales manuales de autoayuda) de quienes afirman que sonriendo y manteniendo una actitud positiva, esta “energía positiva” (¡ups!) te será revertida (piensa como agua y serás agua, déjate abrazar por el viento y volarás como un pájaro que fluye, como el agua, cuando eres agua… bla, bla, bla, bla, bla). De origen oriental, esta creencia parte de la base psicológica de que cuando tienes una actitud negativa ante un acontecimiento, dicha actitud influye en tu capacidad de “actuación” para provocarlo o desencadenarlo; lo cual es cierto: una actitud negativa, en el sentido de “yo no creo que pueda…”, puede provocar que ni siquiera lo intentes, o no con todo el empeño, pero de ahí a afirmar que si quieres algo y te mentalizas, ese algo, se materializará media un abismo. En otras palabras, esta creencia parte de una concepción mágica, característica de las sociedades primitivas y común entre los niños, de que los acontecimientos pueden ser persuadidos según una normas, un conjuro o un ritual (como cuando las tribus autóctonas de Norteamérica bailaban determinada danza para persuadir al dios de la lluvia, o como cuando el alcalde de la ciudad en que nací se viste el traje negro y saca en romería a nuestra patrona en abril –un mes de las lluvias, tradicionalmente- para que no haya sequía esa primavera).


Pero es que yo soy un puñetero descreído y tengo siempre, muy presente, dónde quedan mis límites, los de mi entendimiento y los del mundo. Yo, a mi manera, también tengo mis Erlebnis, experiencias en torno a esos límites del lenguaje y de mí mismo como frontera de ese mundo, del lenguaje, que me han ayudado a comprender la creación (subjetiva) de estas mismas experiencias; razón por la cual ya no necesito ser atado a ningún mástil para hacer oídos sordos a cualquier canto de sirena.


Su canto siempre llega a mis oídos, pero se descompone en cuanto escucho su gramática adecuadamente como un barco de papel arrojado para remontar el río.


No hay ninguna verdad más allá de nuestras fronteras (sólo el vacío, o la nada; experiencias que tratan de sobrepasar los límites mismos de la experiencia).


Quizá tenía toda la razón el bueno de Benjamin y la pobreza de nuestra experiencia moderna ha dado lugar a ese agonismo con el que hoy en día, quienes han dejado de lado la tradición místico-religiosa de su propia cultura, acuden como domingueros en caravana a las tiendas para turistas occidentales y comprar sus nuevas y exóticas Erlebnis: estampas místicas, conceptos religiosos y rituales imposibles con los que llenar una existencia insoportablemente vacía.



martes, 22 de junio de 2010

Κάθαρσις


Este término griego (κάθαρσις / kátharsis) puede ser traducido al castellano y a nuestras otras lenguas modernas como “purga” o “purificación”. Es un concepto muy antiguo, cuyo probable origen hunde sus raíces en el principio de los tiempos, en nuestro origen, pues somos nosotros la materia y la excusa del tiempo. Con distintas denominaciones, ha existido la práctica catártica en gran parte de los pueblos primitivos, estrechamente ligada al chamanismo, y con la misma función fue desarrollada por la cultura helena.


Con anterioridad a que Aristóteles la redescubriera en su Poética para atribuirle una finalidad última a la re-presentación trágica, el término katharma era utilizado por la escuela hipocrática, del mismo modo que en la tradición chamánica, para referir al objeto causante de un mal: el katharma era aquello que había que expulsar, bien fuera un humor corporal maligno, bien fueran las tensiones del alma, por medio de la música (en el caso de los pitagóricos) u otras artes, para recobrar el equilibrio perdido con la irrupción del katharma.


Ésta es la razón por la que René Girard (un tipo de esos que malgastan su tiempo en cosas poco rentables o productivas) trabajó con el concepto hasta dar con una estructura funcional que se repetía en todas las culturas que le dieron y dan uso: kátharsis es “expulsión”: bien fueran tensiones, humores, objetos..., fuera lo que fuera, la catarsis consistía en la expulsión de un mal del espíritu o del cuerpo en la relación, difícil, problemática y peliaguda, que ambos mantenían.


Aristóteles, que era un tipo listo, aunque nunca cursara un Master en Relaciones Internacionales, supo percibir la función que el elemento catártico de las representaciones trágicas que se llevaban a cabo en la cultura helena desempeñaba entre sus ciudadanos. Observó que el terror (phobos) y la compasión (eleos) que la trama y el héroe trágico despertaban entre los espectadores, lograba un efecto catártico, expulsando dichas pasiones, purificando, psicológicamente, al individuo, cuya empatía con el héroe lo hacían formar parte de la tragedia, congraciándose con la misma humanidad de la que participaba el héroe trágico.


Dicha función, como bien supo apreciar otro que nunca aspiró a granjearse las simpatías de sus contemporáneos (sí, Nietszche), no era meramente social, no tenía por cometido único restablecer un orden social alterado; pues el efecto catártico, de igual forma que en la tradición chamánica, tenía una orientación fisiológica: las pulsiones, las tensiones corporales, eran sublimadas, por medio de una ritual social (la magia del chamán, la música, la medicina o la representación trágica), en el individuo. Era el individuo y no la sociedad el beneficiario de la catarsis, y la cultura, sólo, de forma indirecta, mediante la purificación del individuo, obtenía algún provecho y se plegaba al individuo.



***


Estos días, por si alguien no ha tenido noticias hasta el momento, se juega el Mundial de fútbol. Quienes seguís otros blog, webs o diarios más serios, sesudos e ilustrados que éste, sabréis o habréis leído decenas de argumentos en contra de la funcionalidad de ese evento que mantiene alterada y ocupada a la masa. Y es cierto, es cierto que el presupuesto de algunos clubes de fútbol supera el PIB de algunas naciones del planeta, que las cifras que giran en torno a este deporte (por derechos televisivos, de imagen, publicitarios...) son desproporcionadas para un juego de pelota (o de pelotas). Sí, es cierto, estoy de cuerdo: no tiene mucho sentido “olvidar” nuestros problemas actuales y refugiarnos en un simple y baladí juego de pelotas, como digo; menos aún cuando, entre bambalinas, nuestra cultura se tambalea (aceptemos que a nuestros gobiernos les interesa tenernos “ocupados” discutiendo sobre una patada o un balón que volaba alto). Es cierto que poca parte de esos beneficios generados irán destinados al país en el que se celebran; que ese dinero podría ir destinado a otras acciones sociales más útiles, como subirle el sueldo a los oenegistas o doblar su número, con el fin de poblar de turistas profesionales países en guerra, recién salidos de ella o en visos de..., subvencionar la edición de manuales de autoayuda, inyectar botox en torno a los labios a las clases bajas europeas para que transmitan ese optimismo que nuestra economía necesita que se contagie o para un cambio de sexo de toda la población masculina de este planeta para que por fin, sólo compuesta por seres superiores, mujeres, la Humanidad alcance el Absoluto hegeliano al que algunos antropomorfos de nuestra especie parecen no contribuir.


Todo ello es cierto, pero sucede una cosa: los post-modernos somos como moscas cojoneras, chicos-malos, portadores de malas vibraciones, provocadores con la cara dura suficiente como para decir cosas que no se adecuan a la doxa actual. Sí, señores y señoras, yo no soy un ilustrado, y no por falta de formación.


Sí, no están mal los mundiales; cumplen una función catártica (los deportes de masas la cumplen). Todos hemos visto la película (que, por cierto, todo hay que decirlo, Eastwood tiene trabajos mucho mejores que éste último, diría más, Invitus no es una gran película) o leído el libro en el que está basada, y sabemos o “comprendemos” lo que pudo significar la victoria de Sudáfrica en aquel mundial de rugby. También hemos escuchado o leído a algunos historiadores explicar cómo la victoria de la Alemania Federal en el mundial del noventa supuso un bálsamo para todo un país dividido y acomplejado (por ser el causante de una de las últimas matanzas en serie llevadas a cabo por nuestra especie) desde hacía casi cincuenta años, para la renovación de la identidad alemana y para su desarrollo económico posterior (sí, los mismos que ahora hostigan y dictan medidas económicas en patio ajeno).


Durante unos días, nosotros, aves de rapiña, depredadores, asesinos endémicos, dejamos de un lado la política (que, como todos sabemos, no es más que la guerra común encauzada por otros medios), el corre que te pillo tras las armas de destrucción masiva, las amenazas veladas, el chantaje reiterado..., y sublimamos nuestras rencillas, envidias, miedos, odios... viendo a once tipos en buen estado de forma correr detrás o delante (algunos no corren, es cierto) de una pelota de playa y abrazarse y tocarse como nunca harían en público si no fueran vestidos con un uniforme de fútbol siempre que ese objeto redondo, al parecer, entra entre los tres palos. Enemigos irreconciliables libran una batalla en la que al final no habrá ningún muerto (bueno, no siempre ocurre eso); a su término, los vencidos lloran y los ganadores... también, pero de alegría (como la vida misma); y una vez concluido todo este circo, la vida, con sus miserias, su ordinariez, su ser-eternamente-lo-mismo, vuelve a lo que no puede dejar de ser: una tragedia constante repleta de momentos catárticos, sucesos horribles, injusticias palmarias y alguna que otra alegría no prevista pero que, de vez en cuando, te reconcilia con la vida misma y con todo lo que somos como especie.


No insulten al juego mis queridos amigos enciclopédicos, moralistas trasnochados o déspotas con carné y autorización judicial; no lo hagan: ningún juego es, por sí mismo, bueno o malo; somos nosotros quienes advertimos bondad o maldad en las cosas; somos nosotros, jugadores, quienes hacemos el juego. A mí tampoco me entusiasma el fútbol, pero me gustan las catarsis colectivas, en las que reyes y jefes de gobierno saltan y se impregnan del sudor de cientos de individuos sin rostro que, por un día, unas horas, ¡qué estúpido!, alcanzan el Olimpo.


¿No han visto a los sudafricanos, cómo celebran un protagonismo que nunca tienen? ¿No han visto cómo la selección de un pueblo humillado durante siglos planta cara a quienes los tiranizan cada día? ¿No han visto a esos niños embobados ajenos a la cámara que los enfoca y transmite su ilusión, como un conjuro, hacia medio mundo? ¿No han visto el campo abonado de posibilidades que estos eventos proporcionan para el ajuste de cuentas?


El día trece del mes que viene todo volverá a su lugar, al orden sin derecho; Sudáfrica a la violencia, el hambre y la inseguridad; otros, a nuestras deudas, miserias, deberes, frustraciones y planes de salvación; los menos, quienes nunca deben adquirir protagonismo los días de fiesta, a su estrado para dictar sentencia y ley y sostener el desorden con el que nos ordenan.


Por ello mismo, si los veis caer, si presentís su impotencia; si vuestra hambre y vuestra furia contenida os hacen más fuertes y peligrosos, no los compadezcáis en la derrota o el llanto. Ellos no lo harán el día trece.


martes, 1 de junio de 2010

Revancha o muerte


Siempre he pensado que, de todas aquéllas, son dos las ideas más horrendas, peligrosas y eficaces –aunque su rentabilidad siempre es relativa- a que ha dado lugar la cultura occidental. Éstas eran las ideas de Dios (uno y único) y la moderna idea de Patria. En nombre de ambas se han llevado a cabo las mayores aberraciones planificadas que ha sido capaz de cometer nuestra especie desde el mismo momento en que el bosque del que surgimos comenzó a transformarse en la sabana en la cual comenzó esta historia –probablemente la historia más grandiosa que pudiera contarse y que nunca podrá ser contada, porque tras el Hombre olvidamos a sus protagonistas.


Me equivocaba; las ideas no son más que una excusa, un simple ardid del que nos valemos para justificar o dignificar, según se mire, las razones por las que somos capaces de hostigar, vejar, humillar y asesinar a un pueblo o un grupo de personas, indefensas y en clara desigualdad, cualquiera.


Podemos parapetarnos tras nuestras razones


(“[...] la razón de la sinrazón que a mi razón se hace [...]”)


pero, en el fondo, tras nuestras ganas de matar o nuestras matanzas, televisadas o no, sólo se esconde el miedo.


(... y aun todavía es así.)


Ante una amenaza cualquiera, de entre todas las estrategias que podemos observar en la naturaleza, los mamíferos superiores, por lo general, responden a dos patrones de conducta concretos: la huída o el ataque. Llevamos jactándonos varios siglos de que a estas dos estrategias nuestra especie ha añadido una variante: la comunicación o interacción con el objeto o sujeto del cual parte la amenaza sentida con el fin de resolver la oposición; en definitiva: la dialéctica.


¿Qué tipo de lenguaje podríamos utilizar con un chico de dieciséis años que presenció siendo niño cómo una bomba de mortero o un edificio sepultaba y mataba, de forma arbitraria, caótica y negligente, a su única familia? ¿Con qué lenguaje podremos persuadir a una persona que, tras estos acontecimientos, la única vida que conoce es el Estado de Excepción, fraguado en el odio, por entre cloacas y túneles fronterizos, malviviendo del contrabando, y la represalia siempre jadeando tras su nuca?


Hay días en que pienso que, pese a caminar erguidos, construir una estructura simbólica como es el lenguaje y realizar complejas actividades especializadas, no deja de haber un mamífero superior en nosotros que, ante la amenaza, o en defensa de sus intereses, sencillamente, huye, si no se ve capaz de salvar el pellejo, o lucha, a vida o muerte, con su contrincante. Y, como todos sabemos, el vencedor legará sus genes e instituirá los mitos.


Sin duda, tras el complejo juego de intereses que gira en torno al conflicto en Oriente medio, se halla una lógica aún más cruda, eso sí, más sofisticada, humana hasta los huesos: esas gentes no pueden alcanzar el reconocimiento y gestionar una legalidad y un ejército propio; son hijos del odio y ningún pueblo sabe mejor que el hebreo que ese odio sólo se sublima matando.


Hace poco más de un año, el ejército que representa al estado de Israel, volvió, una vez más, a bombardear indiscriminadamente la Franja de Gaza; la legalidad internacional lo permitió, también, una vez más. Por cada soldado o civil hebreo muerto en esta contienda que se extiende años en el tiempo, familias y poblados repletos de palestinos son desalojados, ocupados o asesinados. Éste es el lenguaje de la legalidad internacional; la misma lengua, el silencio, que escuchamos hace cuatro años cuando el mismo ejército bombardeó el sur del Líbano.


Hace apenas dos años, las bolsas de todo el mundo se desplomaron, arrastradas por una caída en Wall Street. Los inversores de medio mundo habían estado jugándose nuestro futuro como les da la gana y contaminaron, con sus inversiones, a la banca mundial. Toda nuestra generación ha quedado hipotecada de por vida, socavando el poder adquisitivo de la clase media europea y retrotrayéndolo a índices de mitad del siglo pasado. La legalidad internacional ha guardado silencio y cerrado filas para sostener lo que ha día de hoy comienza ya a ser insostenible.


Dentro de este estado de cosas, lo político ha dejado de constituir un ámbito de acción ciudadana para transformarse en una forma de vida, profesionalizada, y en la institución mediante la cual el mismo estado de cosas se parapeta y perpetúa. Los gobiernos ya, hace mucho, dejaron de representar a la ciudadanía para trabajar en la defensa y mantenimiento del mismo sistema que los sostiene.


Ha hecho falta que el ejército de Israel golpee y dispare contra cuatro oenegistas para que Naciones Unidas convoque de urgencia a su asamblea y los países miembros llamen a consultas a sus embajadores. Estos cooperantes obtendrán pasado mañana una nueva plaza con la que seguir viajando a cuerpo de rey por el mundo sosteniendo, brazos en alto, banderas de colores, mientras mañana y pasado, las familias, los niños que corretean descalzos jugando con pistolas por las calles sin asfaltar de Gaza, continuarán muriendo, arrojando piedras tras el muro, nutriéndose con arroz cocido cada día y prometiendo a Alá aquello que sólo quienes carecen de futuro son capaces de prometer: revancha o muerte.


Tenía toda la razón Walter Benjamin al escribir que “No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de una barbarie”, puesto que sí, la Historia, desde su inicio, ha sido, como vemos, un texto escrito con sangre; la sangre de los olvidados, de quienes murieron haciendo cola por un pedazo de pan con su cartilla en la mano, de quienes nunca fueron retratados para la pinacoteca real; la sangre de los mismos que nunca comprendieron las extrañas lenguas de sus verdugos ni el silencio que envuelve a la matanza.


Su agonía, como digo, siempre queda enmudecida por el rugido de los festejos nocturnos de los vencedores en la noche sobre el campo de batalla. Esa misma agonía que, como un murmullo, a veces podemos escuchar en el tupido e intrincado bosque de la memoria cuando, por fin, calla el silencio.




(“... y yo escogí la enfermedad

y escogí el frío

pero no equivocaré,

no equivocaré el camino.”)



* (Fotografía) Reuters.