martes, 6 de noviembre de 2012
Raíces
―Bueno,
mire, amigo, no puedo dejarle que se reconcoma a solas. Como ya le he dicho, yo
soy una vieja simple y una metomentodo, pero puede tener confianza conmigo. Si
no tiene ganas de hablarme, lo entiendo. Pero si yo fuera usted, no me estaría aquí
solo, hoy sobre todo. Ese buen amigo suyo, el señor Eusebio, me ha contado una
porción de cosas que no sabía. Espero que no le importe. Yo soy una cotorra,
pero sé callar los secretos de los amigos.
―Si
ya sé que es usted una buena amiga. Es fácil hablar con usted… ¿Sabe que me
llevo a la muchachita joven conmigo a Londres? La novia de mi hijo muerto.
―Me
lo ha dicho el señor Eusebio, y creo que es estupendo para los dos. Nunca he
entendido por qué se quedan aquí los jóvenes si pueden marcharse. Cuando yo era
muchacha, miles y miles se marchaban a ultramar y se hacían una vida allí. Hoy
se quedan aquí y la mayoría de ellos se convierten en unos amargados. Así que
me alegro de que la muchacha tenga el coraje de marcharse, ahora que tiene la
ocasión, antes de que el mundo se le caiga encima.
―¡Pero,
señora Felisa! Usted misma no puede querer que todos los jóvenes se marchen de
aquí.
―No
sé, no sé. Tal vez los mejores, si consiguen salir adelante y no desesperan, es
mejor que se queden. Lo que a mí no me gusta es la gente pudriéndose de asco. No
importa dónde esté uno, con tal de que se encuentre a gusto por dentro; y esto
es lo que es más difícil en este pobre país que Dios ha dejado de su mano.
―Entonces,
¿usted no cree que es malo para la gente que se marchen del sitio en que
nacieron y se han criado? ¿No cree que es una deserción y que a cualquier parte
que vayan, no sirven para nada?
Arturo Barea, La raíz rota (1951), Salto de Página,
2009, pp. 389-390.
Ya sé que me prodigo poco y que cada nueva entrada, junto a
este notorio acceso de melancolía que padezco, suena a despedida, pero, en
principio, no tengo tomada la decisión de cerrar el blog; por ahora prefiero
mantenerlo y escribir para él cuando realmente me apetezca, sin obligación,
solamente cuando tenga algo que decir.
Bien pensado, tampoco hoy tengo mucho que decir (bien pensado, nunca he tenido mucho que
decir). Pero este fin de semana he estado a vueltas con una idea que me
ronda la cabeza desde hace unos años a razón de una novela que me he tenido
apartado de todo lo demás.
Ya os podéis imaginar cómo suceden estas cosas: el tiempo desapacible:
el viento arrastrando objetos calle arriba, el frío y la humedad con que nos ha
despedido el verano…, aliado con un progresivo (esperemos que no sea crónico)
ensimismamiento y la ausencia, en definitiva, de razones vitales para pensar
que formas parte de todo lo que te rodea, propiciaron esta forma de huída, sin
mucho sentido, que suelo adoptar cuando me encierro en la cueva armado con una
cantidad poco saludable de tabaco y un libro que, sin haber leído, ya sabes que
entrará enseguida a formar parte de tu propia experiencia. Esta otra vida, tan
sólo, hecha con palabras.
Y así ha sido.
(¿Ésta es la única
razón por la que quieres hablar de esta novela?)
La lectura de sus últimas páginas se retrasaba y postergaba,
con esa euforia pausada que quienes tienen sus cuerpos hechos a la literatura
reconocen en el acto, con este vacío que va dejando la historia que se acaba y
cuyo fin anuncian los acontecimientos, tan reales, o más, incluso, como las
cosas que suceden al otro lado, absurdas y desordenadas.
No, no sólo se trataba del retorno de un tipo de conciencia,
la del lector, a otra, la común; no era tampoco el temor por un final
anunciado, el del libro y el del fin de semana, con la obligatoriedad de
volver, hoy, a mirar de frente, de nuevo, el espectáculo que nos rodea .
Ya he dicho (me
repito) que el signo es un reto, un desafío hacia el sentido, que se nos
ofrece, o aparece ante nosotros, y ante el que no podemos hacer oídos sordos. Y
sentidos hay tantos como personas y
momentos.
La novela era La raíz
rota (The broken root, 1951) de Arturo Barea. Sí, ¿verdad?, llama la
atención que la primera edición de una novela escrita, o al menos pensada, en
castellano sea inglesa. Más curioso es aún que la primera edición española sea
de 2009, por supuesto póstuma, ya que Barea murió en el 57, exiliado. Existe
una edición castellana previa de 1955 editada en Buenos Aires, pero ésta es la
primera edición realizada en España cotejando ambas primeras ediciones y
cuidando el habla característica del Madrid de la época que, sin duda, Barea supo
emular con maestría a la hora de representar a sus personajes; lo cual es un
lugar común en la literatura de la época (aunque sin llegar al paroxismo de La
Colmena). El resultado es excelente, salvo por la docena
larga de erratas tipográficas (el ejemplar que tengo es de su primera impresión
y desconozco si ha habido otras reimpresiones que los hayan subsanado) y por la
duda que me queda de si, en el original, la voz del narrador omnisciente
mantenía también la impronta de ese deje madrileño, algo que se puede apreciar
en algún párrafo de la novela y que, en algún momento, desconcierta un poco e
interrumpe la lectura. Quienes podáis pagarla, os la recomiendo (si no, siempre
podréis rebuscar por las bibliotecas o perpetrar su hurto en unos grandes
almacenes).
Hace unos años que leí la trilogía por la que Barea se ha
convertido en un escritor medianamente conocido. Y hace años que andaba detrás
de una edición en castellano de esta novela de la que os hablo y que,
supuestamente, cerraba lo que, en realidad, era la tetralogía de La forja de un rebelde.
Cayó en mis manos hace un par de semanas y la tenía
reservada para un fin de semana como el pasado.
Mi primera sorpresa fue el prólogo de Nigel Townson (editor
de varias de sus obras en castellano), advirtiendo del error que supone incluir
esta novela dentro de la trilogía de La
forja de un rebelde. Escuchados sus argumentos, y leída la novela, tengo
que darle la razón: La forja de un
rebelde es una trilogía cerrada en sí misma, puesto que la historia que
cuenta es una historia autobiográfica, mientras que La raíz rota, aunque pretende y aspira a ser autobiográfica,
conforma una autobiografía imposible, ya que Barea jamás pudo vivir los
acontecimientos de los que nos quería hablar y que tan sólo pudo imaginar por
medio de la literatura. La raíz rota
podría haber sido, así, la cuarta parte del experimento de una autobiografía
novelada, tal y como sí lo fueron sus predecesoras, en la que se nos habría de
relatar sus años de exilio y su regreso a España, el reencuentro con sus
raíces… pero Barea nunca pudo escribir esta cuarta parte de La forja de un rebelde porque nunca pudo
regresar a casa, porque el país del que había tenido que huir jamás volvería a
aceptarlo (ni él hubiera podido aceptar en lo que se había convertido). Le
faltaba esta materia experiencial imprescindible para su trabajo
autobiográfico, así que tuvo que contentarse con imaginar otra escritura y otra
novela: una novela en la nos narra cómo creía él que hubiera sido su regreso a
casa. Y ese regreso es imaginado como parte de un saber acumulado en las
historias y experiencias de sus otras tres novelas, exponiendo su visión de la
vida, su conciencia de nuestra condición… y una justificación –y en este
sentido sí que es autobiográfica, porque cualquier autobiografía conforma un
intento de justificación de la conciencia que la escribe- del exilio
autoimpuesto*.
Con lo que no estoy del todo de acuerdo es con el análisis
de Townson; me resulta demasiado simplista, demasiado obvio, y los desafíos,
sobre todo si son poéticos, han de mirar siempre hacia lo alto. Porque La raíz rota no es tan sólo una novela
sobre el desarraigo o sobre la decadencia de una Europa abocada al fascismo o a
la miseria tras varios episodios bélicos que habían degradado en varios
sentidos a buena parte de su población. Más allá de cierto ideario político que
se hace evidente en la novela y del que podemos prescindir (es abierta y
declaradamente socialdemócrata), más allá del desarraigo como un sentimiento de
pérdida irrecuperable, según he interpretado yo, Barea expone toda una
cosmovisión del mundo y de las relaciones humanas mostrando una exaltación del
desarraigo mismo. Iría aún más lejos: parece que Barea está exponiendo a lo
largo de todas estas páginas, quizá embebido por cierta flema inglesa, por ese common sense del que siempre hacen gala
y que marca la personalidad de sus alter
ego, generando, en algún caso, para quien sabe leer, alguna situación
hilarante, toda una teoría de la identidad por medio de una teoría particular
del desarraigo.
Trataré de explicarme, no sea que Townson llegue a este
blog, lea esta entrada y ordene ejecutarme. Como digo, Barea tuvo que
“imaginar” cómo hubiera sido ese regreso (Barea dejó una familia en España a la
que no volvió a ver nunca y rehizo su vida en Inglaterra) y, en su forma de
imaginarlo, como ya he dicho antes también, existe una forma de justificación
del hecho de que nunca intentara ese viaje con que fantasea en esta novela. El
personaje de Barea se siente un extranjero en su propia casa, pero es que
quienes habitan su propia casa son también extranjeros para él. Acusa lo que la
literatura y los críticos cursis llaman “la mirada de Ulises”. Pero, muy al
contrario de lo que pueda parecer, su personaje, pese a la desazón y el
desarraigo, no toma la situación de forma trágica, sino que la acepta como algo
inevitable, que se sigue de los acontecimientos y, por tanto, esperado. Las
raíces están rotas, pero esa ruptura también es una liberación; gracias a esa
ruptura, puede el personaje de Barea seguir el rumbo de una vida, quizá
distinta a la que hubiera soñado, pero suya al fin y, por todo ello, querida.
No reconoce a su mujer como una amante, no reconoce a sus hijos como algo suyo;
no, no reconoce la bestialidad y la miseria de las gentes que quedaron en casa…
Y así advierte cómo, la condición humana, cuando se rige según unas leyes
heredadas, que han sido naturalizadas, se ve anulada en su intento de realización
de una identidad propia. Considera Barea, de esta forma, que todo individuo
atraviesa necesariamente un proceso de desarraigo para ser eso mismo, un
individuo consciente y responsable de sus actos. Quienes quedaron en casa,
mantuvieron sus raíces bien hundidas en la tierra en que nacieron y por ello
mismo, puesto que se debían a la necesidad, no podían ser responsables de su
brutalidad, de su des-humanización. Su alter
ego es el único (salvo excepciones) que sabe cómo reaccionar ante el horror
sin paliativos en que se habían convertido las vidas de quienes quedaron, y por
esto es el único que puede y sabe no dejarse llevar por la necesidad; su
desarraigo está justificado y se realiza aún más cuando, su alter ego, reconoce a una hija en la
extraña y a un extraño en sus hijos.
Barea, sin llegar a completar su experimento autobiográfico,
expone, a modo de conclusión, en La raíz
rota una teoría compleja de la identidad y de la condición humanas en las
que Historia siempre ha de imponerse a la Naturaleza y los pactos de amistad quedan,
inevitablemente, por encima de cualquier imperativo natural o ley heredada.
La novela es conmovedora y, conforme se desarrolla la trama,
transmite ese desgarro figurado que supone ver quebradas tus raíces. No
solamente habla de la lejanía o el exilio, puesto que es una historia del
regreso, de un regreso imposible. Es la Historia de una generación que se levantó en
armas por su futuro, de una generación que tuvo que matar y morir para, más
tarde, huir o vivir entre las sombras, rodeados de cadáveres. Es, una vez más,
la historia de otra generación a la que también le robaron su oportunidad.
* Años después de terminada
la guerra, el gobierno militar decretó una amnistía para todos aquellos
exiliados que no tuvieran antecedentes por delito de sangre a la que Barea
“podría” haberse acogido.
Etiquetas:
Arturo Barea,
La forja de un rebelde,
La raíz rota,
seresunverbocopulativo
miércoles, 10 de octubre de 2012
Horror vacui
Hace unos días que quiero hablar(os) sobre el contrato
social, pero es que últimamente no tengo fuerzas ni para sacarme de paseo,
menos aún para perorar, pese a lo sencillo que resulta hacer uso de un par de
paráfrasis para rellenar el fondo de este cuadro en blanco.
Quizá por eso me arriesgo, una vez más y antes que nada, a
hablar de esta otra cosa; sin saber muy bien qué es esto que quiere ser otra
cosa.
(Si lo supieras no
necesitarías escribir(lo).)
(No le escuchéis.)
El caso es que, dado que la atmósfera de la cueva según momentos se me hace
irrespirable, como es evidente, a pasear sí que salgo y sufro y disfruto a
partes iguales, como cualquiera, los pormenores de la estación. El clima está
esquizofrénico pero las temperaturas, todavía, oscilan en tierra de nadie; la
lluvia es educada y se anuncia, unos minutos antes de que se desplome sobre
nuestros cuerpos, con desafiantes nubarrones que se divisan desde cualquier
punto de la ciudad, encaramados a la cima del Tibidabo con fanfarronería. Los
plataneros comienzan a tamizar las ramblas y la Diagonal con los tonos
propios de esta época del año, los colores del ocaso, y la luz, que a primera y
última hora es ingrata, a mediodía es tibia y a veces te recuerda,
dolorosamente, que un día fuiste humano.
Y así ando y transcurren los días y las noches, sobrevolado
por densos nubarrones a paso lento, con los pies en la tierra, sin elevarme
demasiado, ya que padezco acrofobia y los ataques son recurrentes.
Quién no ha sentido alguna vez esta angustiosa dilatación de
la boca del estómago frente al vacío, segundos antes de que la vista se nuble y
un profundo desapego nos invite a la desorientada búsqueda de algo o alguien en
quien apoyarnos para hallar un lugar firme en el que reponernos de una experiencia
que es en sí misma un límite a la experiencia.
Nuestra sensibilidad, al menos la mía, se ve sobrepasada en
estos casos, acostumbrada a esta tierra que quisiera firme bajo sus pies. La
sensación de que el espacio desdibuja sus límites y se ensancha hacia el
infinito, la representación que nos hacemos de nuestro cuerpo (des)ubicado en ese vacío y la
imposibilidad de trazar un eje espacial en el que inscribir nuestro estar-ahí,
desencadenan una respuesta fisiológica similar al ataque común de vértigo, sólo
que, en este caso, no es necesariamente alguna deficiencia determinada por
nuestro oído interno aquello que lo provoca, sino la representación del vacío
mediante la altura.
De niño no era acrofóbico, recuerdo mi cuerpo realizando
acrobacias encaramado a la barandilla de la terraza de un duodécimo piso
mientras los autocares desfilaban ordenados en hilera como pequeñas hormigas
por una amplia avenida de la ciudad en que nací.
La última vez fui incapaz de asomarme siquiera a esa
barandilla. Esta imposible visión del vacío producía en mí una angustia tal que
me hacía perder el control de mi cuerpo y desearme muy lejos, abrazado a la
tierra.
Padezco, diagnosticado por mí mismo, un terror completamente
irracional al viento (no llego a ser anemofóbico) y acrofobia, como os digo.
Éstas son las dos primeras en mi lista de taras.
Se trata de “afecciones” con las que uno, acostumbrado a una
vida que siempre está en otra parte, aprende a vivir; basta con quedarse en
casa un día de viento fuerte, no visitar en exceso el Alt Empordà para evitar
la tramontana, eludir el circo, no
alquilar más allá de un quinto piso y ahorrarse el importe que supone visitar
monumentos altos. Con los aviones, reconozco, sí hay problema y sólo me
arriesgo con trayectos cortos y debidamente sedado; si algún día cruzo el
charco lo haré remando.
El caso es que últimamente, como digo, la instauración y
consolidación del Nuevo Régimen me ha dejado en un lamentable estado de apatía,
solamente interrumpida por alguna rutinaria crisis de altura a que el vacío
ordinario de nuestros días me ha habituado. Hay quienes, ante la exigencia (o
“recomendación”, que es la palabra con que los miembros de la Troika imponen una medida)
de sentirse culpable por algo que no sabemos muy bien cómo hemos hecho, pero,
al parecer, hemos hecho, agachan la cabeza para recoger el estropicio, como un
niño al que se le da una reprimenda y acepta el castigo sin comprender muy bien
qué mal ha cometido. Yo, sin embargo,
de un tiempo a esta parte, vivo con cierta indolencia todo el triste
espectáculo que se desarrolla ante mí, pese a las nauseas de primera hora que
en un comienzo me llevaron a pensar que me hallaba encinta.
En un principio pensamos que esto podría ser divertido: el
discurso del nosotros y el ellos volvía a hacer de las suyas, las
tropas bárbaras visitaban con pompa y eficacia administrativa los países
afectados, dejando a su paso coches en llamas a modo de barricada en avenidas
con buen ángulo para retransmitir los disturbios en directo…; las neuras de la
población europea comenzaban nuevamente a brotar de profundas y sólidas raíces,
y las deudas históricas e internas de cada país, por momentos, parecían
hacernos pensar que dentro de cinco o diez años la población europea habría
decrecido en número y su pirámide demográfica se habrá invertido nuevamente
después de algún que otro ensayo de guerra civil y un tercer acto solemne del
todos contra todos.
En serio, vivo con apatía todo lo que está sucediendo
porque, aunque ya hacía años que era así, hoy más que nunca he perdido
cualquier esperanza en la condición humana.
… y ahora que la tormenta
se precipita colérica sobre nosotros, cada loco sale a cielo abierto a tocar su
trompeta para competir con su furia.
Cada vez que me asomo y miro el vacío siento la irrefrenable
e irracional atracción de precipitarme en esta inmensidad que, por imposible,
se nos ofrece de manera irresistible.
Quizá por esto es nuestro sentido común el que pergeña
nuestra fobias; ésa ha sido siempre su función: cercenar, para no dar rienda
suelta a nuestros instintos.
(Per cert, oi que jo
sí que sóc una nació?)
domingo, 26 de agosto de 2012
Tachado-(restauración)
La noticia, cuando apenas era todavía noticia, pude leerla online en la madrugada del lunes al martes de esta semana. Escasamente unas líneas, una simple anécdota en la sección de sucesos o noticias curiosas sin demasiada importancia, un breve de relleno firmado por la agencia de noticias Efe, delegación de Aragón.
Yo entonces me aventuré a darle cierta importancia y guardé
la página web porque ya en ese momento comenzaba a elucubrar esta entrada. Esa
noche, y el resto de la semana, la pasé revisando, para su posterior edición,
un arcano y somnoliento manual de maquinaria para ingenieros, gracias a lo cual
podré alimentarme los próximos quince o veinte días. La mañana siguiente, para
mi sorpresa, el asunto había cobrado relevancia y todos los diarios nacionales,
esta vez en sus páginas de Cultura, se hacían eco del hecho. Un día más tarde,
mientras continuaba apartado del resto del mundo como un buen eremita castrado,
la noticia saltaba nuestras fronteras, era recogida por la BBC, gran parte de los diarios
europeos, alguno norteamericano y, al parecer, causaba furor y sorna en las
redes sociales.
Para quienes no sepan a qué me refiero o, todavía (lo dudo),
no hayan escuchado nada sobre el asunto, os lo resumo: una vecina del pequeño
(y, hasta hace una semana, desconocido) pueblo aragonés de Borja había tratado
de “restaurar”, por su cuenta y riesgo, el pequeño fresco que adornaba una de
las paredes del Santuario de la Misericordia. Cecilia
Giménez, que es el nombre de nuestra artista, una septuagenaria de misa diaria,
domingos y fiestas de guardar, cabello ralo y cobrizo, vestido largo con
lunares negros, collar de bisutería, enormes anteojos de pasta marrón, con esos
cristales que parecen parabrisas y que los distinguen de ese otro tipo de gafas
que frecuentan distintos ambientes también artísticos, vive en un sinvivir
desde entonces, aquejada por leves ataques de ansiedad y desvanecimientos,
causados por el revuelo que ha despertado.
Este acontecimiento tiene tal densidad de sentido que se
hace complejo analizarlo en su totalidad. Trataré someramente de puntualizar
algunas cuestiones.
En primer lugar, el afamado Ecce Homo no es más que un fresco, sin apenas reconocimiento artístico
alguno y menos de cien años de antigüedad, pintado por Elías García Martínez,
un tipo y su obra al que, hasta esta semana, a menos que se haya estudiado
Bellas Artes en Zaragoza, donde, imagino, existirá alguna calle, edificio
público o plaza que lleve su nombre, sólo conocían en su casa (y siempre que
fuera con la cara destapada). Existen cientos o millares de murales similares
repartidos por todas las iglesias o santuarios de la Península, Francia o
Italia, tanto o más bellos. Sin ir más lejos, en mi ciudad de origen, hay
frescos de este tipo sobre los que se apoyan los yonquis para inyectarse su
medicina diariamente y datan del siglo xviii.
En segundo lugar: la artista. Cecilia Giménez es mujer de
buenas costumbres, nunca ha dado que hablar en el pueblo, no se le conocen
enemigos y colabora activamente en cuantas actividades públicas sean puestas en
marcha por el interés general. Su única “debilidad”, por llamarla de alguna
manera, ha sido, desde su más tierna infancia, esta temprana inclinación por
las artes, en general, y la pintura, en particular, que su padre, hoy difunto,
nunca logró enderezar. Pero en el pueblo terminaron por aceptar ese pequeño “vicio”
sin importancia, ya que Cecilia sólo hacía uso de sus conocimientos alquímicos
con aceites y pigmentos para inmortalizar arrebatadores jarrones florales al
óleo, bodegones y bucólicas escenas pueblerinas en los llanos, donde las hijas
del alcalde, vestidas con el traje regional, posaban frente a unas cabras para
honor y gloria de su familia y todos sus vecinos. Incluso, cada año, nuestra
incomprendida artista, donaba gran parte de su obra para un rastro o mercadillo
benéfico que se celebraba en la comarca.
Pero a la pobre, e injustamente tratada, Cecilia, había un
asunto que le encogía el corazón, y no era más que el Hecce Homo: esa gran obra del arte sacro firmada por el maestro
Elías García Martínez y que, quizá, siendo niña, pudo contemplar en todo su
esplendor, cuando aún todos sus colores y matices brillaban a la luz de las
velas del santuario y el rostro descarnado de nuestro Señor, con la mirada
orientada al cielo, imploraba clemencia para sus verdugos. ¿Acaso podía ella
permitir que esta genialidad continuara descorchándose por la humedad? ¿Acaso
el abandono gubernamental, comprensible en épocas de vacas flacas, podía pasar
de largo ante la pérdida de una de las grandes obras del patrimonio pictórico
español? No, no podía, y por esta razón se acercó una mañana con sus aceites y
pinturas para restaurar el fresco y devolverlo a su esplendor original y al
lugar de honor que nadie debió arrebatarle nunca. Con el inconveniente, claro
está, de que a media restauración, debido a un asunto de vital importancia,
tuvo que ausentarse del pueblo unos días y postergar su trabajo. A su regreso,
como todos ya sabemos, su intervención había sido descubierta y no pudo
terminar la restauración del fresco, que hoy permanece tal y como es por todos
nosotros conocido.
Leí la noticia el primer día porque venía acompañada de una
pequeña fotografía que mostraba el antes y el después de la intervención. Me
llamó poderosamente la atención porque, en un primer momento, pensé que se
trataba de un Cristo de Munch, y no tenía noticias de que el artista noruego
hubiera pintado jamás un Hecce Homo. Me
detuve en ello porque, pese a no tratarse de una obra desconocida de Munch, era
precioso: ¡un Hecce Homo expresionista!
Más tarde, cuando leía el breve que daba cuenta de lo sucedido, muy al
contrario que mucha otra gente, pese a lo divertido de la historia, supe que me
encontraba ante uno de los mayores acontecimientos artísticos del siglo xx desde que Picasso pintara Les
demoiselles d'Avignon o que Duchamp tuviera la inteligencia y la cara dura de colocar una
taza de váter como obra de arte en una exposición.
*
Quienes
ya me conocéis, sabréis del contencioso que, de forma particular, mantengo con
la práctica artística actual, con sus instituciones y con esta concepción
metafísica del arte que cualquiera que hable del “valor artístico de una obra”
está evidenciando. Detesto la práctica artística de nuestros días, entre otras
cosas, porque pocas actividades tradicionales como el Arte han sabio dejarse
asimilar por el espíritu neoliberal como lo ha hecho Arte contemporáneo, que no
es más que una lonja, un mercado de intercambio, donde los gestos cobran valor
monetario y donde la “cosas” devienen glamorosa mercancía sólo porque algún
iluminado las señala desde el atril.
(Ahora
es cuando todos comenzaréis a odiarme.)
Sí,
me río interiormente de quienes se/me hacen preguntas como qué es el
Arte.
También lo hago cuando alguien pregunta qué es el Bien o la Verdad, pero, en estos casos, si
el que lo pregunta va en serio, me echo a temblar, porque soy consciente de que
me encuentro frente a otro tipo de iluminado aún más peligroso.
Soy
epistemólogo, ya no tengo solución.
No pretendo anunciar con esta entrada algo que en más de una ocasión me habéis escuchado, quizá dicho de otra forma o por medio de otros
asuntos. No vengo a revelaros que cualquier aspiración de sentido frente a la
obra de arte (cualquier aspiración de sentido frente a cualquier cosa en
general) no es más que una esperanza metafísica, una presunción de esa
metafísica de la presencia contra la que tanto trabajó Derrida. Que el Arte, en
Occidente haya alcanzado una funcionalidad, que vivamos en una cultura que
santifica determinados signos u objetos significativos para que, posteriormente,
sean reverenciados, y que esta actitud, en nuestros días tenga su
correspondencia mercantil, es algo que se sigue necesariamente de todo este
cúmulo de errores de los que yo, pobre diablo, no os voy a rescatar.
Con el Arte sucede lo mismo que con las otras dos ideas
fundamentales (o fundacionales) de nuestro sistema de formas. Cualquier cultura,
no hay remedio, elabora una idea del Bien, de la Verdad o de la Belleza, y en el caso de
Occidente, son teleológicas, tienen un fin (meta) que las regula y, por ello
mismo, existe un mesianismo en torno a sus prácticas, los agentes y objetos
resultantes de las mismas, por el cual parece que queda justificada esta
vehemencia con que algunos esnobs gesticulan frente a un cuadro, performance, composición conceptual...
Por no hablar de que hasta el más radical y transgresor de los gafa-pastas que
cada noche sufren borrachos su inextricable mundo emocional apoyados en la
barra de algún pub de moda en Gràcia o el Born, continúa empecinado en otorgar
consistencia ontológica a estas ideas.
No es de extrañar, entonces, más allá de estas preguntas
ontológicas que tanto me hacen reír o temblar, que tanto me irritan, que se le
siga rindiendo pleitesía al Arte como institución. Y no es de extrañar, tampoco,
que frente a lo sucedido hayan surgido dos reacciones distintas en su forma,
pero similares en sus presupuestos: quienes ríen ante el Hecce Homo de Cecilia, lo hacen en base a un concepto mimético e
idealista del Arte; quienes se dan coscorrones contra la pared porque no se les
ocurrió hacerlo a ellos y no pueden creerse que una vieja mujer de pueblo haya
podido protagonizar uno de los mayores acontecimientos de vanguardia de este
nuevo siglo, no son muy diferentes. Ambos presuponen que tras la obra, que tras
la práctica artística, se halla una verdad oculta, existe una esencia que
trasciende lo común. Actitud que no se diferencia en nada de la experiencia
religiosa.
Pero no quiero, con esta entrada, elaborar una nueva teoría,
comprensible y coherente, postmoderna del Arte. De hecho, no creo que el
concepto de arte requiera de una teoría. De hecho, sencillamente, deberíamos
tachar nuestro concepto de “arte” y continuar con nuestra agitadas vidas como
si nada. Ahí fuera, la gente se muere de hambre y hay quien se atrevería a
calificarlo de performance.
Lo que sí quisiera, es trazar un paralelismo, para hacer
comprensible el hecho y el valor de un acontecimiento artístico que, todavía,
no ha cesado.
No cabe duda de que el Arte, o lo que nosotros llamamos hoy arte, surgió, en su origen, ligado a la
experiencia religiosa, a lo trascendente: cuando emerge la conciencia primitiva
o, en palabras de Hegel, el Espíritu. Éste es un matiz muy importante para
comprender su deriva a lo largo de sus transformaciones históricas. Pero no es
de esto de lo que quiero hablar. Quiero hablar de la experiencia, de las
condiciones por las cuales existe esa experiencia y de por qué, el hecho
protagonizado por Cecilia, está vinculado a la práctica artística desde su
origen y hace de él todo un acontecimiento artístico.
No sé si alguna vez he escrito aquí que la Historia de la Filosofía es la historia
de la construcción y de la destrucción de un mito. Quienes se dediquen a la
docencia, si comienzan su primera lección con esta frase se habrán metido a su
audiencia en el bolsillo. Algo similar ocurre con la Historia del Arte (algo
similar ocurre con cualquier historia). Pero yo no quiero hablaros de la Historia del Arte, quiero
hablar de cuando el Arte no era una institución, de cuando el Arte carecía de
concepto, de cuando el Arte prescindía de la idea de “autoría” e, incluso, de
cuando Arte no requería, para acontecer, de ningún objeto, más o menos
duradero.
El Arte es sinónimo de “poesía” en el sentido en el que yo
utilizo el término poesía, también el
concepto de escritura.
Imaginemos esta escena: somos un atolondrado individuo
cualquiera de la especie Homo erectus,
somos básicamente carroñeros, fabricamos utensilios y, gracias a una emergente capacidad de
abstracción, establecemos relaciones sociales básicas, que nos ayudan a transmitir
conocimientos y emprender tareas comunes, como coordinarnos para cazar y
repartir la carne de ciertos animales. Matamos, comemos, nos apareamos y
reproducimos, a veces protegemos a los de nuestra especie… y cuando no hay
peligros y tenemos el estómago lleno, holgazaneamos dentro de lo posible. De
igual manera que, para esta forma rudimentaria de comunicación, se requiere una
forma rudimentaria de consciencia, puesto que, sin una teoría interna de la
mente a partir de la cual establecer inferencias por analogía, sería imposible
dicha rudimentaria comunicación, esta tendencia
a dar una “intención” y “sentido” a la conducta de otro de nuestra especie nos
lleva a hacerlo con cualquier cosa, sea un bisonte, un león, un árbol, una
brizna de trigo… o incluso cuatro trazos pigmentados sobre la piel o el taparrabos.
Sí, así de inocentes éramos y seguimos siendo.
Porque esto es lo que hace evidente el Arte y esto es lo que
trata de señalar el arte de vanguardia. Antes he citado a Picasso y a Duchamp,
y no ha sido casualidad. Tradicionalmente se nos cuenta que Picasso compuso y
pintó Les demoiselles d'Avignon en contra de Le bonheur de vivre de Matisse. Al parecer es cierto, cuando
Picasso contempló el cuadro de Matisse, se encerró en su estudio y no salió de
él hasta que no fue capaz de trazar los primeros bocetos de Les demoiselles... Ambos estaban luchando
por destronar, por señalar, por poner en evidencia un mito: cierta concepción
naturalista, mimética del Arte, en base a la reciente autoconsciencia de la
inconmensurabilidad entre el signo (lingüístico, artístico…) y el significado. Les
demoiselles…vienen
a corroborar la ausencia de una gramática universal a todos los lenguajes
artísticos y la imperiosa tendencia epistémica a presuponer que todo ahí es signo de; o, en otras palabras:
que todo lo que hay guarda una intencionalidad y que el artista revela con su
actividad esa intencionalidad, siempre y cuando instrumentalice de forma
adecuada, con pericia, un lenguaje por todos compartido. El cuadro de Matisse
ya era en sí un atrevimiento, cuando Picasso presentó Les demoiselles…hubo quienes comenzaron a
preguntar algo muy común hoy en día en cualquier exposición, museo de Arte
contemporáneo…: ¿Qué diablos significa esto?
En
realidad no significaba nada. Eso lo sabía muy bien Picasso. Por esta razón,
contestó: ahora mismo nada, pero dentro de un tiempo, todo el mundo lo
comprenderá.
Con
su gesto, porque de eso se trataba, de un gesto, estaba destronando un mito,
poniendo en evidencia la contingencia y artificialidad de los lenguajes. El
hecho de que el cubismo se convirtiera en un movimiento y en un lenguaje en sí
mismo, le ha dado la razón a Picasso. Y algo parecido hizo Duchamp: mostrar
cómo la experiencia artística quedaba vinculada a una institución, que era la
que legitimaba o no lo que habría de ser considerado dentro de su categoría.
Ahora
volvamos a nuestro querido Homo erectus. Es todavía joven e inexperimentado, ayuda
a los mayores del clan o la tribu a tareas menores de caza, contribuye a
preparar los utensilios y armas, y, aunque quizá haya otros miembros de la
tribu que están por debajo de él en el escalafón a la hora de repartir la
carne, él suele acceder a la pieza cuando ya ha sido prácticamente descuartizada
y consumida, accediendo a las partes del animal menos sabrosas o nutritivas. De
pronto observa a uno de los jefes del clan jugando con el cráneo del animal
mientras imita el sonido que emite cuando está vivo. Todos temen, por momentos,
que el animal esté vivo. Todos temen al animal. Pero el animal no está ahí, es
el “sentido” de la idea del animal lo que provoca ese temor.
Indiferentemente
de que uno de los jefes del clan haya utilizado el colmillo de su presa como
colgante con un sentido u otro, lo cierto, es que todo aquél que lo contempla,
le otorga un sentido, el que sea. Se trata, como vemos, de una condición
epistémica, y lo importante de ella es que funciona como una semilla, como una
huella: a partir de entonces, el joven querrá imitar al jefe, querrá “ganarse”
el trofeo y tener su propio colgante. Qué importa el sentido que tuviera la
primera vez, si es que tuvo alguno: cada repetición fomenta el sentido. El
signo es un reto, como alguna vez he dicho; nos mira y nos insta al sentido.
El
Arte, cuando no era Arte, antes de Platón, era vanguardista en todos los
sentidos: autodiegético y deconstructivo con el significar. El Arte, tras las
vanguardias, como institución, carece de sentido, y como práctica, debería
quedar relegada, como lo estuvo antes de Platón, al anonimato y discurrir
ordinariamente ante nuestras vidas (para hacerlas más gratas, en algunos casos,
y como homenaje a toda esta grandiosa puesta en escena que es la Humanidad).
Cecilia
no pretendía que su nombre y su imagen dieran la vuelta al mundo. No requería
para sí ningún reconocimiento.
Ahora
imaginemos, un Homo neanerthalensis o sapiens, da igual. No hace muchos
días que lograron cruzar un macizo montañoso y han arribado a un valle de clima
templado. Junto a unas cuevas adivinan vestigios de asentamientos anteriores,
probablemente de individuos de su misma especie o de una u otra,
respectivamente. De pronto, en las paredes de una de las cuevas, observan unos
trazos y de igual manera que los espíritus de la Naturaleza les “hablan”
con indicios, es el espíritu del Hombre (de un individuo o su clan) el que
ahora les está contando algo (del mismo modo que los vestigios del asentamiento
les contaban otras cosas). Nuestro amigo se acerca y recorre con la yema del
dedo los trazos, “pinta”, mentalmente, sobre la huella del otro, que más tarde
reproducirá, imitará, a partir del sentido por él creado, con la intención de
“restaurar” su sentido.
Quién
sabe cuál fue el sentido primero.
Quién
sabe qué nos hace presuponer que hubo un sentido.
Todo
esto, lo único de los que nos habla es de nuestra ansias de sentido, no de
ningún sentido en concreto. Cecilia, con su gesto, nos ha “recordado” que los
mitos, de vez en cuando, hay que volver a destruirlos, porque hasta sus propias
ruinas devienen una y otra vez mito, porque cualquier sentido se fundamenta en
el olvido y la huella.
Etiquetas:
Arte,
Borja,
Cecilia Giménez,
Elías García Martínes,
estética,
Hecce Homo,
seresunverbocopulativo
martes, 7 de agosto de 2012
Fragilidad
Hay cualidades que se les arrebatan a las cosas.
(Tú también eres una
cosa.)
Se las fuerza con nuestra herramienta más eficaz, la mirada;
como si doblegando al más débil fuéramos capaces de enmendar nuestra impotencia.
Hay quienes reconocen oscuras razones en nuestras artes
bibliotecarias con el mundo y las cosas; aunque, sencillamente, somos incapaces
de vivir en este mundo de pliegos faltos de numeración y legajos sin catalogar.
De esta manera procede el bibliotecario: enumera cada
disciplina, asigna un valor al nombre, etiqueta todos los volúmenes y sacude
los suspiros que, como polvo, quedan atrapados entre sus páginas con el
desconcierto y temor a que este vínculo nonato entre el nombre y el número
resista a las, en el fondo, infecundas artes de su magia ilustrada.
Así ha sido desde aquel instante olvidado en que cruzamos el
umbral sin retorno, forzando los límites del mundo, para tallar con cinceles
sobre piedra las palabras o imágenes con que el sonido de cada cosa, cuando el
mundo aún “parecía” tener voz, configuraba la forma de lo que siempre fue
informe.
… y los nombres
trocaron palabras, y las palabras se adjudicaron los nombres.
Y después de todo ello… vino el silencio; un silencio
ensordecedor, dispuesto de palabras y voces que no callan, y mienten, como
solamente las palabras se atreven a mentir, con esa mendacidad con que la sal
cristaliza formando caprichosas figuras cuando desciende la marea de una playa
ignota.
¿Fue entonces cuando
olvidamos su origen?
Sí, fue entonces.
*
Hay cualidades, también, que las cosas nos ocultan.
… porque las cosas, cuando (nos) hablan, cuando concedemos la palabra al mundo que nos rodea,
también mienten.
(Pero mienten para sí,
a su manera, para mostrarse a sí mismas.)
De forma que esta reserva, que ese rubor, es su mayor
revelación.
Así dan cuentan, sin querer darnos cuenta, de todo aquello
que las hace únicas, para mostrar la extremada delicadeza de su singularidad.
Todo aquello que no puede ser reducido, más que a sí mismo,
todo cuanto se resiste a la palabra, es el ámbito de lo innombrado.
Y este ahí que se
esfuerza por llamar nuestra atención, que se nos ofrece de forma desinteresada,
esta entrega amatoria, constituye la
Vida, alumbrarla en mayúsculas.
*
Sólo basta anular la mirada para comenzar a ver.
(¡Si fuera tan
sencillo…!)
De pronto, todas aquellas cualidades esenciales de las cosas
se tornan secundarias, e incluso el diamante desvela su fragilidad.
La fragilidad no es una cualidad de las cosas, la fragilidad
es una condición imprescindible para la
Vida, puesto que sin ella, no (nos) harían falta palabras o nombres, puesto que sin ella, no
habría nada que expresar… no habría
cosas.
La expresión -cualquier enunciado-, por básica que sea,
guarda el temor de todo lo que hay ante su fragilidad, a la vez que nos
muestra, velado, el único prodigio de estar vivo: esa constancia en el decir,
esta obstinada manera de ocultar(nos),
esa implacable forma de estar-a-la-vista, de permanecer ahí, con que se
despliega lo que trasciende al ser,
el modo último de lo primigenio.
El carnaval comienza con la palabra, con la que la máscara
entabla un relato convincente mediante un diálogo consigo misma, y aunque todos
sabemos que, tras ello, se oculta lo perecedero, los más frágil, depositamos toda
nuestra atención en su armazón, olvidando que el mayor milagro es ese mismo
acontecer.
Y es así como tomamos consciencia del prodigio de estar
vivos: cuando la fragilidad de todo lo que nos rodea, de improviso, se hace
latente.
*
El ente es el cuerpo, y este cuerpo no soy yo. Yo es la palabra con que configuramos la
unidad y expresamos el deseo de permanencia del ente que es el cuerpo.
Del mismo modo que envolvemos cuidadosamente con papel de
periódico los utensilios delicados para la mudanza antes de introducirlos a
cada uno en su caja correspondiente, el yo
protege y disimula esa fragilidad mucho antes de asignarse a sí mismo el lugar
“que le corresponde”.
Y esta correspondencia
se hace necesaria siempre y cuando supere cualquier prueba de fuego frente a la
palabra.
Mientras el nombre da cuerpo al ente que descubre su
fragilidad, es la palabra, con su dialéctica de locos, la que pretende ocultar
el inicio, o aquello que da lugar a cualquier sonido, con este batiburrillo que
llamamos logos.
Y nos consolamos con la afirmación de que en el principio
fue el verbo, como tristes advenedizos compitiendo por un nuevo título
nobiliario, para olvidar que nosotros y todo lo que nos rodea tiene su razón en
la fragilidad, que es esta fragilidad el origen del Ser y que la combinación de
unos átomos de hidrógeno, oxígeno y carbono, con esa proporcionalidad tan
carismática, no es más que un milagro poético, una forma de decir que todo
cuanto se sostiene a nuestro alrededor, es contingente y reversible, en todo caso
irrepetible, necesariamente fugaz.
Está en todas partes, siempre (en-todo-)ahí; rara vez nos apercibimos de ella.
Pocas ocasiones nos la recuerdan y nos hacen declamar, con
esa carencia arrítmica de quien ha vuelto a contemplar por unos segundos eso que
siempre está a la vista y en contadas ocasiones se deja mirar, una palabra,
fonéticamente hablando, preciosa, cuyo significado tizna de valor y sentido
este ejercicio bizantino que supone abrir los ojos cada mañana.
*
A veces nuestros cuerpos se rompen, y la es la enfermedad lo
que nos despierta a este insondable. A veces es una imagen lejana, en un país
que desconocemos, del que sólo hemos oído hablar por guías y relatos de viaje,
del que sólo tenemos constancia por fotografías de algún conocido frente a un
monumento, la que nos recuerda eso que nos hace a todos compañeros de armas y
nos ayuda a comprender la suerte que nos acompaña cada día; la única verdad de
nuestra condición.
A veces tiemblan frente al espejo, ante a la marca de la
enfermedad. Otras se dirigen seguros, con un pitillo en la boca y la altanería de
quien sabe que la suerte está echada, hacia el improvisado cadalso (siempre un
muro en ruinas a las afueras de un ciudad en llamas). En otras ocasiones, homines sumus, entre gritos o sollozos,
se dejan arrastrar de cualquier manera, horrorizados ante su propia y
redescubierta fragilidad, incapaces frente a un final de cuya certeza nos han
hablado y ahora es algo más que una certeza. A veces ofrecen resistencia, otras
muestran orgullo y miran de frente a sus verdugos. A veces quisiéramos apartar
la mirada. A veces tomamos consciencia de que esas escenas pueden reproducirse
en nuestra propia casa.
La Vida
sólo busca su oportunidad, y el auténtico prodigio, el verdadero milagro, como
ya dije una vez, parafraseando el título del film de Emir Kusturica, es que no
sucumba a su propia fragilidad.
sábado, 16 de junio de 2012
Ευρώπη (Europa)
Hace poco más de un mes asistía a una charla-encuentro
organizada con motivo del aniversario del 15 de mayo en Barcelona e impartida
por el economista Arcadi Oliveres. Oliveres se ha convertido en una especie de
estrella mediática para los asamblearios, lo adoran y adulan como a una
estrella del rock, pese a que casi siempre repita, palabra por palabra, el
mismo “texto” y lo amenice con los mismos chistes. Algo que al público (o a sus
grupis) parece no molestar, ya que
todo eso no quita que tenga razón, que sus análisis de la situación financiera
que estamos atravesando sean del todo acertados y que sus amplios conocimientos
en este campo hagan de él un interlocutor imprescindible aquí en Cataluña.
Quiero recordar aquella tarde porque, esta vez, Oliveres,
con la artesanía de quien está acostumbrado a enfrentarse a un público
entregado y sabe medir los tiempos y pulsar el ánimo de su auditorio, introdujo
de forma un tanto tendenciosa al final de la charla, en el turno abierto de
preguntas con el que se daba paso a un debate, una cuestión novedosa a las
numerosas charlas y encuentros en los que a lo largo de este año se ha
prodigado.
Os ubico un poco, el encuentro tenía lugar en las escalinatas
de acceso a la “majestuosa” sede central del BBVA que hay en Plaza Cataluña.
Era domingo 13, la noche anterior varios miembros del movimiento 15M habían
acampado y hecho suya, como hace un año, la céntrica plaza (una ocupación
pactada con el Ayuntamiento, que dio de plazo hasta el día 15 para despejar la
plaza). El día amaneció soleado e hizo que las convocatorias, a decenas, que se
habían organizado fueran secundadas por cientos de vecinos, simpatizantes,
detractores, gente que pasaba por ahí, vendedores ambulantes… La charla de
Oliveres, centrada en cuestiones económicas, había sido programada en el único
lugar de la plaza donde, a esa hora, las cinco de la tarde, protegía la sombra
de los casi 35º que teníamos de media por aquellos días en Barcelona; era un
lugar simbólico (la sede central en Barcelona de uno de los mayores bancos del
país), con un ponente de renombre, aunque intuyo que esa sombra de la que os
hablo tuvo mucho que ver para que casi un millar de personas decidieran asistir
a esa hora a una charla sobre macroeconomía en un día de resaca como aquél (eso
y la Ley de
Atracción de la
Muchedumbre).
Llegados al final de la charla, después de que un
universitario apasionado, que previamente había hecho de maestro de ceremonias,
diera paso al turno abierto de preguntas, Oliveres tomó otra vez el micrófono
como solamente él sabe hacer y pidió orientar el debate siguiente en torno al
futuro del euro. Quienes hayan participado en algún evento masivo de estas
características organizado desde del 15M pueden hacerse una idea de lo que
sucedió: tras unos inagotables segundos en los que todos agachamos la cabeza o
decidimos que debíamos fijar nuestra vista en algún punto lejano en la plaza al
que, hasta el momento, no le habíamos prestado la suficiente atención, y
llegados al momento en el que unos y otros nos miramos con caras de
circunstancia, comenzaron las intervenciones. El primero en hablar fue un tipo
de mediana edad y estética okupa que, tambaleándose con una cerveza en la mano,
agarró el micrófono para decir con voz ronca “yo… soy marxista” (reproduzco con
puntos suspensivos el espacio de tiempo dejado entre el sujeto y el predicado
de la frase tal y como llegó a mis oídos), dicho lo cual devolvió el micrófono
al joven universitario que sonrojado buscaba una esquina donde esconderse o
alguien dispuesto a tomar el micrófono con la intención de continuar con la
línea de debate abierta por Oliveres. Hubo suerte, una chica que conozco,
estudiante de economía, completamente azorada ante un público tan variopinto y
numeroso, dijo… pues eso: que era estudiante de económicas y que no tenía claro
cuál debía ser el futuro del euro o si, de alguna forma, el euro había traído
algo bueno.
Terminada su intervención todos volvimos a mirarnos a las
caras, más de uno hubiera querido decir algo, pero también intuíamos, al menos
yo, que los derroteros a que Oliveres había reconducido el debate estaban más
que cercados y que, en caso de intervención, el debate dejaría de ser un debate
y se transformaría en una disputa ante un interlocutor contra el que no
teníamos nada que hacer y sí mucho que perder. Dicho y hecho, Oliveres, con
cierto desdén, que no sé si muchos pudieron apreciar, volvió a tomar la palabra
y de forma escueta, con un catalán imposible, dijo algo así como que jamás
tendríamos que haber aceptado una moneda única dentro de una unión de países
con economías y regímenes fiscales diferentes, que esto era lo que nos estaba
llevando a la ruina y que la UE
lo mejor que podía hacer era disolverse.
Volvía a casa con unos compañeros de la asamblea de barrio y
daba vueltas a las últimas palabras de Oliveres. Todos, a estas alturas, o al
menos muchos de nosotros, hemos llegado a la conclusión de que la unión
económica ha de ser disuelta sin demora para que cada país pueda afrontar algún
tipo de futuro digno según su propia coyuntura, puesto que no existe ninguna
intención de cooperación por parte de determinados estados de la Unión, temerosamente sumisos
a otros intereses. Pero me negaba, quizá porque yo sí, al menos, albergo ese
sentimiento de pertenencia o identidad, a admitir la disolución de Europa, sea
lo que quiera que sea ser europeo.
Durante estas semanas no he dejado de pensar en ello y,
releyendo un artículo firmado por Francisco Jarauta en 2010 (“El futuro de
Europa”*), me he animado a mí mismo a escribir esta entrada, quizá como forma
autocomplaciente de convencerme a mí mismo de que sí existe algo así como un
espíritu europeo que, de forma estratégica, aún tiene mucho que decir ante los
nuevos acontecimientos, quizá porque es mi propia identidad la que está en
juego.
La realidad es que Grecia, nuestra idealizada cuna, a la que
hoy dejamos desasistida y a su suerte, mientras unos miran para otro lado y
otros nos lamemos displicentes, pero incapaces de dar un golpe en la mesa, las
heridas, no sólo construyó esta Europa geográfica que hoy en día conocemos,
sino que dio a la Historia
un modelo de pensamiento y un sistema de formas arcaico sobre el cual, mejor o
peor, con mayor o menor suerte, con todas sus taras, ha sido construida la
identidad que puso a Europa como garante o epicentro de la cultura occidental.
Durante siglos así fue, la Historia tuvo un único
centro de protagonismo y fue escrita a la medida y voluntad de una cultura que
se laureó a sí misma como modelo central y único garante de universalidad. Fue
el Proyecto Ilustrado traído por la Modernidad el que dio lugar a una primera
experiencia de Globalización e impuso un único sistema de formas universalizado,
oteando en el horizonte, ante la variabilidad cultural a que se enfrentaban los
colonizadores; constituyéndose a sí misma, en palabras de Francisco Jarauta, en
“centro del saber, del nombrar y del interpretar, [como unidad] de poder y
dominio”. Así es como fue sucediéndose cualquier experiencia colonial:
imponiendo un único modelo que haría de Occidente la cultura dominante de un
mapamundi que, conforme pasaba el tiempo, parecía estrecharse. Pero este modelo
entra en crisis tras la I Gran Guerra
y, aunque durante el periodo de entreguerras, muchos fueron quienes trataron de
re-instaurar la hegemonía europea re-pensando nuestra identidad, tras el
segundo intento de matarnos entre todos, finalizada la
II Gran Guerra, cunde el pesimismo entre
todos aquellos intelectuales o artistas que trataron, quizá en vano, de evitar
que el viejo navío zozobrara y de recomponer lo que Valéry llamó l’esprit de l’Europe.
La vieja Europa, enfrentada a sus propios traumas, que como
viejos fantasmas se apropiaban de la mansión, dividida en bloques, endeudada
con los vencedores, un excéntrico campo abonado al resentimiento, incapaz de
cerrar sus propias heridas que, como los cascotes precipitados de sus más
afamados símbolos, hacían mella en sus calles mientras se anunciaba una
epidemia de hambre y miseria que duraría dos décadas, sufre una grave crisis de
identidad que afecta a todos los campos del conocimiento y que tuvo una
profunda repercusión en el marco político y geoestratégico mundial.
Éste fue el nuevo horizonte neoliberal que ha terminado por
imponerse y ante el que los esfuerzos de Europa por mantener cierto espíritu
heredado de la Revolución
francesa y del Proyecto Ilustrado, dando lugar a lo que hasta hace un par de
años llamábamos el “estado del bienestar” y esas clases medias, que, por
momentos, hicieron enorgullecer a la Socialdemocracia
europea, hoy en día ha entrado una vez más, y parece que por siempre, en
crisis.
Desde el inicio de la Unión, tras toda la retórica ilustrada y
post-revolucionaria con que disfrazaron la forma en que Europa, tratado tras
tratado, claudicaba y perdía su hegemonía ante el Nuevo Orden mundial, el viejo
continente siempre ha centrado todos los debates en torno a cuestiones
domésticas (económicas, políticas y sociales), muchas veces demorando hasta el
exceso su ampliación territorial y la inclusión de muchas de aquellas naciones
que por historia y tradición participaban de ese sentimiento de identidad, y
casi siempre dejando a un lado la reflexión del papel que debía asumir dentro
del Nuevo Régimen, acrecentando, aun más si cabe, esta pérdida de hegemonía en
un marco geopolítico globalizado.
“Pocas épocas como la nuestra se
han visto sometidas a procesos de transformación tan profundos y acelerados que
afectan por igual a sus estructuras económicas, políticas, sociales y
culturales […] un nuevo orden mundial que ha transformado cualitativamente el
sistema de poder heredado de la Segunda
Guerra Mundial.”
Así describe Francisco Jarauta el contexto previo a la
crisis sistémica que hoy nos afecta y que ha sido su detonante. Este Nuevo
Orden mundial al que se enfrentaba Europa no hace mucho, digamos, hace cinco
años, había dado lugar a una seria y preocupante transformación de lo político,
principalmente a la transformación del “espacio” político clásico. Los
estados-nación se habían visto superados (hoy es más que evidente) por instancias
de poder supraestatales, y las decisiones políticas, aquellas conflictos de
interés que sólo podían ser dirimidos en un espacio político (con todo lo que
esto conlleva), estaban siendo sustituidas (y supeditadas) por la nueva lógica
de intereses creados en torno a agentes económicos y financieros. Se trataba,
como vemos, como estamos viendo hoy, de un Mundo gestionado por un sistema de
intereses ajeno por completo a cualquier horizonte histórico o al bien común.
¿Por qué sufre así Europa? ¿Por qué el espíritu europeo se
ve impotente e incapaz de dar un golpe en la mesa y se deja llevar por un juego
de intereses que nos conducen a la barbarie?; dejando a un lado el hecho de
que, una vez más, sean los de siempre los que, parece, nos van a abocar a una
nueva guerra, como si a los europeos nos encantara, de forma cíclica, matarnos
los unos a los otros, como una cita inexcusable con la historia, como un
campeonato continental de un deporte que, de vez en cuando, todos también
practicamos en nuestras casas, como hacen las culturas mediterráneas en la
noche de san Juan, obligadas a arrojar a la hoguera, a las llamas, las cargas
de todo el año, como forma de purificación para recomenzar una nueva vida.
La razón de todo esto se halla en una paradoja de la que los
europeos no hemos sido del todo conscientes, resultado de habernos engañado a
nosotros mismos. Superada la II Gran
Guerra, Europa entera queda en deuda con EE UU y durante años vive periodos de
escasez y miseria. Su prosperidad económica ha sido reciente; no olvidemos que
hasta hace tres décadas, Alemania no había sido reunificada y que su actual
apogeo económico comienza cuando termina de pagar sus deudas, como país
vencido, a los vencedores. Durante la construcción de la Unión, debido al lugar
estratégico que ocupaba como frontera de los dos bloques, le fueron concedidos
unos privilegios que hicieron valer cada vez que un nuevo tratado era rubricado…
Los factores por los que Europa fue configurada como lo fue durante la segunda
mitad del siglo xx son múltiples y
muy complejos, de modo que podemos ahorrarnos el reparto de poder dentro de la
misma Unión. Lo importante, lo que quisiera destacar, fue el resultado: de
todas estas concesiones, la consecuencia fue, en palabras de Jacques Le Goff,
una unión con un “fuerte poder económico” y un “débil poder político” en un
marco global donde los poderes financieros supranacionales, regido por su
propia lógica de intereses, han secuestrado la potestad decisoria que
anteriormente tan solo era facultativa de los estados-nación mediante
imperfectos e insuficientes, pero más dignos, sistemas de representación. Esta
paradoja es ahora a la que se enfrentan todos los estados-nación del planeta.
Son muchos quienes abogan (Francisco Jarauta cita varias
alternativas y autores) por un cosmopolitismo de orientación kantiana capaz de
reinstaurar lo político, amparado en nuevos espacios jurídicos e
institucionales, dentro de este des-concierto post o supranacional. Y quizá,
entre todo lo que se está escuchando últimamente, sea la salida más digna,
puesto que la otra alternativa es la barbarie, el horror de dejarnos guiar
hacia el abismo sin más orientación que unos intereses particulares carentes de
toda legitimidad para enfocar el futuro de toda una especie.
Escribo esto a pocos días de la posibilidad de que Grecia
decida abandonar la Unión
(pese a las presiones y el intento de influir, con el miedo, por parte de la Troika, en los próximos
resultados electorales que se celebrarán dentro de dos días) o de que la
inviten a marcharse, de que sean los bárbaros quienes se apoderen de Europa en
nombre de la civilización y la legalidad, en nombre de Europa.
Desconozco cuál será o deba ser el futuro de Europa, y mi
ansiedad jamás ha mirado a la capacidad de influencia que ésta pueda llegar a
tener en ese futuro desde un punto de vista geopolítico. Lo cierto es que
pintan bastos. Lo cierto es que, tras Grecia, todas las culturas del
Mediterráneo, las mismas que dieron un día nombre y cara al continente, pueden
verse dejadas a su suerte, excluidas de su propia identidad, expulsadas de su
propia casa. Lo cierto es que, tras todas las reclamaciones, de orientación
ilustrada, que exigen la constitución de Nuevo Orden legal internacional capaz
de restaurar lo político en un nuevo espacio supranacional, la ciudadanía está
exigiendo como alternativa todo lo contrario: capacidad directa de decisión
sobre aquellos asuntos que les incumben; capacidad de autogestionar los
recursos y una radical descentralización del espacio político.
El debate que Oliveres
propuso (¿Europa o no Europa?), creo, trataba de ocultar el auténtico debate: ¿qué
Europa?
En todo esto pensaba hace unos días de vuelta a casa tras la
charla de Arcadi Oliveres. Pensaba en que Europa se merecía a sí misma, en que
valía la pena y en que Europa como proyecto debía ir mucho más allá de una
unión económica, de un club exclusivo de amigos ricos al que solamente pueden
pertenecer aquellos que han pagado puntualmente sus deudas. Pensaba que el
Proyecto Ilustrado ha dado a su fin por agotamiento, por falta de ideas (además
de otras razones más oscuras de las que muchas otras veces os he hablado).
Pensaba que la auténtica paradoja no era la de un poder político supeditado a
un poder económico; pensaba que la paradoja consistía en que quienes tienen la
capacidad y el poder de decisión, quienes detentan el discurso y, por tanto,
marcan la frontera de lo común cuando éste se hace sentido, abogan por un
cosmopolitismo que restituya lo político más allá de cualquier frontera, cuando
la población, todo lo contrario, encabeza de forma legítima la exigencia de
encarnar y protagonizar el espacio político prescindiendo de cualquier
instancia nacional o supranacional.
Pensaba, en definitiva, en que el mundo, hasta ayer, era muy
aburrido y que, de improviso, nuestra generación se ha convertido en espectador
e invitado de excepción de esta novela caprichosa y sin fin que es la Historia. Pensaba
en una solución, a sabiendas de que los problemas, los acertijos, nunca tienen
solución, simplemente se crean o se enuncian. Pensaba en que el futuro se
dirimiría en los próximos meses, que probablemente no estaba escrito y que,
pese al despotismo y fe ciega con que gobiernos e instancias nos estaban
abocando a la miseria, al mismo tiempo tampoco existía la intención de llevarnos
al precipicio, al cruce de caminos que suele arrastrar al mamífero a dejarse
cazar o luchar hasta la muerte. Pensaba que Plaza Cataluña, una vez más, era
una burbuja, y que todos aquellos que pasaban la tarde sentados en las
abarrotadas terrazas de Rambla Cataluña ni tan siquiera podían entrever las
tribulaciones con que me dejaba llevar y retomaba el camino a casa con cierta
apatía. Pensaba, memos mal, que había hecho bien en callarme; que mi timidez
ante las masas, en esta ocasión, había sido buena consejera. Pensaba en mi mañana
y no veía nada, e incluso pensaba que era demasiado joven para eso y que era
una pena. Pensaba también en lo cansado que me encuentro, cuando todo esto no
ha hecho más que empezar.
Pensaba en que últimamente todos nos las vemos con
sentimientos encontrados.
Barcelona, 15 de junio
de 2012
* El artículo de Paco fue
publicado por Le Monde diplomatique
en diciembre de 2010, nº 182. Desconozco si puede encontrarse en Internet, pero
yo tengo un PDF y se lo puedo adjuntar por mail a quien desee leerlo.
Etiquetas:
15M,
Europa,
Francisco Jarauta,
Grecia,
manifestaciones de mayo,
seresunverbocopulativo
viernes, 8 de junio de 2012
Estampas: fundido en Vapor, Hierro y Vidrio
El Parc de la
Ciutadella es de los pocos lugares de Barcelona por los que,
parece, no pasa el tiempo. Dejando a un lado a los grupos de erasmus borrachos
que sestean en sus jardines o a los vecinos que lo frecuentan a menudo –yo
mismo, en otra época, viví a dos manzanas de allí y acudía a menudo–, aún
guarda para sí cierta nostalgia decimonónica, con sus jardines delimitados por
amplios bulevares y arboledas, glorietas, lagos y cascadas, y esa imagen de
recinto ferial con que, observando las fotografías de la época, fue inaugurado.
Cierto es que tanto sus pabellones como el paseo de entrada
al recinto, que encabeza un ecléctico Arc del Triomf de ladrillo rojizo,
terroso, remachado con cerámicas y piedra labrada, todo el complejo, en
definitiva, de la Exposición Universal
de 1888 que se levanta en este sector de la ciudad lindante con lo que fue un
barrio de pescadores, hoy convertido en pasarela de moda y espacio de juegos y
frivolidades para los hijos de la burguesía europea, y la imponente Estació de
França, conforma un enclave irreal. Muy al contrario que la sobriedad grisácea
de los arcos del triunfo que coronan las grandes avenidas que confluyen
en la Corte
madrileña, o los entornos del Parque del Retiro y el Palacio Real, cuyo carácter
monumental respondía a la necesidad de una época de orgullo imperial que se
vanagloriaba objetivamente de sí misma, ajena al mismo tiempo a su propia
decadencia anunciada, la construcción de estos espacios en la Ciudad Condal responde al
empeño y desquite de una burguesía que trataba de ganar con este tesón un
“estatuto” que anulara o encubriera su origen comercial y plebeyo, esa riqueza
ganada con el esfuerzo y el sudor que supone adular a quienes te desprecian,
congraciarse y arrodillarse para recoger cada moneda y volcar esa frustración
en quienes tienes a sueldo, remedando, transfiriendo las maneras observadas, y que
desde entonces ha rivalizado con esa otra riqueza usurpada a la fuerza, con las
armas o matrimonios de conveniencia, que se enseñoreaba como dominio o derecho
de sangre.
Por esta razón se evapora como ensoñación e irrealidad, casi
como una cortina tenue de humo: porque sus jardines y bulevares son de
miniatura, y porque sus piedras talladas en serie, salidas de cercanas canteras
que nunca sobrepasaron los lindes de la provincia, contienden con toda su
amalgama con aquellos estilos arquitectónicos observados en sus viajes de
negocios y placer a las grandes capitales europeas a las que siempre quisieron
emular, escenificando ese carácter de decorado cinematográfico o de cartón-piedra
que hoy podemos contemplar, horrorizados, en parques de atracciones o complejos
de ocio cuya función consiste en encapsular la experiencia del viajero,
eliminando todo aquello que hace del viaje una experiencia.
El gesto es el mismo, y sólo las circunstancias, el aura que
el tiempo ha sellado en estas piedras, y la suerte o la pericia de algún
artesano anónimo, ingeniero civil o arquitecto relativamente desconocido hacen
que estos lugares se yergan de forma más orgullosa y bella, incluso, que
aquellos con los que, en su día, quisieron acomplejadamente competir.

Me detengo frente al L’Hivernacle, uno de las edificaciones
modernistas más románticas –en un sentido fuerte, no vulgar– de Barcelona. La
obra es del arquitecto Josep Amargós i Samaranch, quien, siguiendo la moda
industrial de la época, al estilo del Crystal Palace levantado en Hyde Park
para la primera Exposición Universal (Londres, 1851), y contemporánea a la Torre Eiffel (en un principio
iba a ser construida en Barcelona en lugar del Arc del Triomf), edificada para
la exposición que se celebraría en París un año más tarde, utilizó en su
construcción como materiales principales el hierro y el vidrio. Estos mismos materiales
de vanguardia serían más tarde los elegidos para la construcción de la bóveda
de la Estació
de França, a pocos metros de la
Ciutadella, unos años más tarde, entrado el nuevo siglo,
corroborando el carácter industrial con que Barcelona quiso abrir sus puertas de pleno a la
modernidad y al "desarrollo" de los nuevos tiempos.
El pabellón está compuesto por tres naves, dos laterales
completamente cerradas, y una tercera central, de mayor altura y abierta en su
parte delantera y trasera. Fue proyectado para cumplir la función de
invernadero que acogería la exposición botánica con plantas de origen tropical,
cultivadas o traídas expresamente para la exposición y que, a causa de la condiciones
climáticas de la Ciudad Condal,
no hubieran resistido a la intemperie del recinto ferial.
Detenerse unos minutos bajo la sombra de alguno de los árboles
que hay en su entorno o sentado en la pequeña escalinata que da acceso a su
interior es un viaje en sí mismo; un viaje a la época industrial, a su tiempo,
que rememora aquella fe ciega en el desarrollo y la ciencia, para observar en
la distancia, como a través de un espejo, a los que fuimos (nosotros) y ahora
son otros, aquellos que en las bellísimas fotografías de época mostraban esa
sonrisa bobalicona ante la velocidad vaporosa de los nuevos tiempos, ante la
gran fiesta del Hombre; es también un viaje al periodo romántico, como quien
deambula melancólico por el escenario de algún cuadro de Friederich, sabedor de
nuestra impotencia, quizá, en este caso, no solamente frente a la fuerza de la
naturaleza sino frente al destino; un viaje por la historia de esta ciudad, por
la historia que hizo de ésta una pequeña gran ciudad, por la historia de otras
ciudades que le sirvieron de modelo; un viaje íntimo, también, por mi historia
reciente, recordando otro que fui, en otra época, quizá la más feliz de mi vida.
También los espacios son capaces de concentrar, en su
inmensa densidad de sentido, un tiempo pleno, un tiempo que atraviesa otros
tiempos, que nos transporta a otros espacios y que nutre nuestra mirada para
embellecer lo que siempre quiso ser bello sin advertir que así lo fue.
Los trenes que arriban a la Estació de França ya no
emiten vapores que ascienden, hasta diluirse, en la atmósfera; el plástico ha
sustituido al hierro y las ventanas de doble cristal nos aíslan del exterior en
vez de dejar traspasar la luz que antes entibiaba las alcobas. Las miradas ya
no ven, sólo se dejan llevar. A veces te preguntas, cuando paseas o te dejas
caer por los jardines de la
Ciutadella, si aún queda alguien que, al atravesar este
parque, sufra similar transformación. Quieres pensar que sí, que cualquiera de
ellos no haya venido simplemente a pasar la tarde; quieres pensar que alguien,
ya sabes, alguna vez ha vuelto a pasar su dedo para arrastrar el polvo de ese
vidrio y volver a asomarse al pasado. Por qué no.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)